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RELATOS

Harkaitz Cano: El turista perpetuo

domingo 30 de julio de 2017, 16:09h
Harkaitz Cano: El turista perpetuo

Seix Barral. Barcelona, 2017). 240 páginas. 18,50 €. Libro electrónico: 9, 99 €.

Por Francisco Estévez

Hay otras literaturas de enorme interés mucho más cerca de lo que pensamos. Están entre nosotros y forman parte de esta vieja península a la deriva. Nos obstinamos en dar la espalda a la bella lengua portuguesa y apenas llegan en traducción algunos ecos donde cabe resaltar, de entre los jóvenes más pujantes, las poderosas voces de Gonçalo M. Tavares o José Luis Peixoto, pero pasan de puntillas clásicos rotundos como Alberto Pimienta y su siempre actual Discurso sobre el hijo-de-puta (Pepitas de calabaza, 2014). Más gravosos son los pocos casos de traducción de la literatura en gallego y, en especial, de la literatura en lengua vasca, donde son tan necesarias por razones que a nadie escapan. No huelga recordar el sempiterno problema de traducciones de esta “literatura bonsái”, como se ha calificado no con total precisión, aunque da idea del tamaño y del cuidado que precisan las letras vascongadas, pero a buen seguro hay, y habremos, público interesado. Acuda el interesado sobre estas cuestiones al mapa nítido con coordenadas precisas de la narrativa y poesía en éuskaro detallado en los continuos trabajos de Jon Kortazar.

De entre las voces contemporáneas vascas que trascienden con éxito sus montañas al español coincidieron en edición española la novela Lo que mueve el mundo de Kirmen Uribe -a la que aquí prestamos atención debida en su momento- y Twist, de Harkaitz Cano (2013). La coincidencia temporal podría dar cuenta de la buena temperatura literaria en el País Vasco. Harkaitz Cano es autor de enorme valía pero frente a la novela Twist, notable aunque ya conocida, visite el lector con paladar su Circo de invierno (Pamiela, 2013, Neguko zirkua, 2005) donde una amplia diversidad temática y de enfoques permitía al guipuzcoano saltar y trascender con lucidez los límites del cuento para describir una atmosfera común en unos relatos excelentes en su mayoría.

Traducido por su propia muñeca, este año llega al español El turista perpetuo (Beti oporretan, 2015), otro volumen de relatos, sin duda el fuerte narrativo de Cano. El aparente hilo conductor de los 14 textos aquí enhebrados toma como metáfora el falso tiempo de asueto que acostumbramos a llamar vacaciones en los largos días de la canícula: el verano. El sustrato que abona por debajo dicha temática es otro mucho más pleno de esos días de no-tiempo con su capa de irrealidad en los que acaso llegamos a ser más nosotros mismos. Se antoja a este lector que el filo esencial trata más de aquella profunda diferencia advertida por Unamuno entre la solitariedad, siempre elegida, y la soledad, impuesta de veras.

En efecto, la conciencia de una despiadada, radical e infranqueable soledad apabulla por igual a la mayoría de protagonistas de estos relatos. Ejemplo prototípico es el instinto de supervivencia que alienta al grupo de ejecutivos en “El safari” o la tozudez ciclista de Gregorio por no aceptar una pérdida y su pena en “Celebración”. En definitiva, los personajes y el lector mismo están aquí como si: “Ni siquiera asomándose mucho hay riesgo de caer al vacío: no somos tan importantes como para merecer un acantilado” (en “Aullad estrellas”). El conocimiento iniciático del sexo y la delación bochornosa en “La roca más alta”, las dudas del amor proyectadas entre sábanas y un magnético consolador en “Ikea crucifixión” o la brillante metáfora europea entrevista en esa caravana infernal donde sobresale una desconcertada Angela Merkel en “El Danubio mecánico” serán otros asuntos que abrochan el conjunto del libro.

Aunque a veces opta con sabia dosificación por registros virtuosos como el desbordante juego cubista en el arranque de “Sapore di sale” o las fascinantes descripciones en la carrera de auxilio de Ramón en “El río”, por lo general, el estilo literario de Harkaitz Cano pudiera resultar inexistente para el neófito, un estilo leve, que apenas es. No esquivemos su genio, una labor de exquisito artesano horada el tan antiguo como bello vascuence con suma eficacia. Ilustro sólo con un ejemplo de “La piscina”: en una aparente frase de transición para indicar el paso del tiempo, el narrador duplica sentidos con jugosa habilidad a través del eco sensitivo para recordarnos también la juerga juvenil durante el día a base de porros de los personajes: “La noche va aspirando lo que queda del día. Pronto refrescará más”. A estos hallazgos convenimos todavía hoy en llamarlos Literatura. Si alguien duda todavía de cuánto fuerte palpita esta narrativa que se pregunte por qué se da con sumo acierto nombre pero sobre todo apellidos a los personajes principales de “El safari”.

Sin embargo, el conjunto resulta algo irregular para el brillante escritor que es y puede ser Harkaitz Cano. Hay un leve desinflarse en ciertas tramas, un pequeño desdibujo de personajes o una ínfima pérdida de tempo como en el relato experimental “Boeing 767”, que en otros autores de menor talento pasarían con mayor disimulo. Conocido el potencial y obra anterior del guipuzcoano es justo demandar lo que puede ofrecer y nos dará a buen seguro en futuros textos. No obstante, estas leves fallas no impiden que el libro sea leído con gusto al calor de estos lentos atardeceres donde a todos nos duele en algún extremo oculto, ahí escondido muy adentro (como la cita de apertura de Xabier Montoia en Lurpekoen kanta: “Todo es estorbo y todo lastre, en estas vacaciones sin fin”).

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