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POESÍA

Ramón Mª del Valle-Inclán: Poesías completas

domingo 30 de julio de 2017, 16:15h
Ramón Mª del Valle-Inclán: Poesías completas

Prólogo de Luis T. González del Valle y José Manuel Pereiro. Visor. Madrid, 2017. 254 páginas. 15 €. Rigurosa y muy accesible edición para disfrutar de toda la obra poética del genial creador del esperpento.

Por Inmaculada Lergo Martín

«…Había yo nacido para ser un hidalgo / de aldea, con un pazo, con un rocín y un galgo»; sin embargo, Ramón Mª del Valle-Inclán (Villanueva de Arosa, Pontevedra, 1886-Santiago de Compostela, 1936) fue una las principales voces de la literatura española de todos los tiempos, independientemente de su oreado anecdotario, fijado en ocasiones más allá de la verdad, y mezclado más de lo debido con su obra. Una obra que, y en eso no hay polémica, sigue siendo de actualidad más de un siglo después. No solo porque, como postulaba el historiador Jacob. C. Burckhardt, la buena literatura sea siempre novedosa para cada siglo y para cada lector, al cobrar una nueva dimensión, sino por el goce estético, la reflexión y la emoción que sigue produciendo, de manera que, como apuntan los prologuistas Luis T. González del Valle y José Manuel Pereiro, la obra de Valle «todavía supone un notable reto de lectura». Y la poesía, dentro de ella, por haber sido la menos atendida por la crítica, justifica esta nueva edición que, en calidad de divulgación, lanza Visor de su obra poética completa.

Fue en 1930, en vida del autor, cuando la imprenta de Rivadeneyra, bajo el sello de la editorial Pueyo, publicó con el título de Claves líricas -volumen IX de la ya mítica Opera Omnia- su obra poética, que reeditó posteriormente Rúa Nueva en 1943. Claves líricas agrupaba los tres poemarios publicados hasta entonces -ya no habría más- por Valle: Aromas de leyenda, de 1907; El pasajero, de 1920; y La pipa de Kif, de 1919. No será hasta 1990 cuando Círculo de Lectores edite por vez primera las obras completas del autor, siendo uno de sus tomos, prologado en este caso por José Carlos Mainer, Claves líricas. En él, Mainer aclara las razones de temática, estética y evolución creativa que llevaron a Valle-Inclán a colocar -sin atender al habitual orden cronológico- La pipa de Kif detrás de El pasajero, aunque este último se hubiera publicado con anterioridad. Más recientemente, ha sido Espasa-Calpe, en 2002, quien reproduciendo la anterior edición de Austral, recoge de nuevo Claves líricas, añadiendo aparte “otros” poemas, que en la edición de Visor que comentamos forman el capítulo de «Poesías no recogidas en libro», con la indicación de la revista o periódico y la fecha en que aparecieron, aunque no dé todas estas cuestiones relativas a la trayectoria editorial de la poesía del autor, que se echan de menos.

El Valle singular, contradictorio, «el genio díscolo, entre conservador y ácrata, flor de leyendas de nuestros inicios del siglo XX» está también, como no podía ser de otra forma, en sus versos, pero se aprecia la distancia entre los tres poemarios. En Aromas de leyenda predomina el elemento costumbrista y el sonido modernista (la amistad e impronta de Rubén Darío fueron importantes), rematando incluso muchas de sus composiciones con estrofas que son cantigas gallegas. El pasajero es de tono similar, pero aquí el protagonista/viajero se deje arrastrar por ya por todas las tentaciones y placeres -mundanos o elitistas, carnales y espirituales- con esa mezcla de spleen tan de época. Genial y atrevido, como en ese «Asterisco» en que una mujer disfruta a solas de su sexualidad ante un espejo («¡Qué linda la dueña! ¡Qué airoso el gracejo! / ¡Cómo se divierte, sola, ante el espejo! / La mosca que vuela, busca en el reflejo / Del cristal, la mano puesta en circunflejo.»). La de estos libros es la estética que en prosa correspondería a las Sonatas, a sus novelas carlistas, comedias bárbaras, etc.

Pero es La pipa de Kif, sin duda, su mejor libro, que responde a su veta anarquista y que se acerca ya a la visión del esperpento (presidida en la prosa por Luces de bohemia y otras obras como Tirano banderas). Poesía «funambulesca», según la califica el propio Valle, consciente del tono diferente a la anterior, aunque de una forma u otra -como ha analizado tan acertadamente Iris Mª Zabala en La musa funambulesca. Poética de la carnavalización en Valle-Inclán (1990)- recorre toda su obra, mostrando tanto la proyección estilizante del espejo cóncavo como la deformante del convexo. En La pipa de Kif la ironía, la transgresión, la sátira social y la parodia aparecen con un modo de expresión más suelto. Las imágenes de la realidad se dilucidan a través de la carnavalización, el espectáculo circense o la deformación de la realidad provocada por diversas sustancias alucinógenas que enaltece en muchos de sus poemas, especialmente en esa estupenda y divertida «La tienda del herbolario» (“Aquella cueva del herbolario / Se me ofrecía como un breviario. // Lleno de goces y de visiones / Cálidas: Sierpes y tentaciones»), que le ofrece la coca, el heliotropo, la canela, el pulque, el cacao, el mate, el opio, la marihuana…, y que termina con un «FINIS / Se apagó el fuego de mi cachimba, / Y no consigo ver una letra. // Mientras enciendo -Taramba y timba, / Tumba y taramba- pongo una &”.

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