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TRIBUNA

Principio de injerencia contra Maduro

lunes 31 de julio de 2017, 19:57h

O las democracias intervienen en Venezuela o una sociedad será arrasada para siglos. El régimen político impuesto por Maduro en Venezuela es una dictadura terrorífica. Esto es una verdad de hecho, convertida ya en concepto, que solo cuestionan los partidos y las personas que trabajan para ese régimen, o sea, los de Podemos, Izquierda Unida y Rodríguez Zapatero. Discutir, pues, lo obvio es perder el tiempo. Podrá debatirse en qué momento Venezuela dejó de ser una dictadura, controlada por un tipo de dictador-payaso, y pasó a ser un régimen de terror castrista, o sea de comunismo cubano, pero nadie con sensibilidad democrática dejará de denunciar el régimen de Maduro que se salta sus propias leyes, encarcela y asesina a quien se opone a sus designios totalitarios con la ayuda de los militares, la policía y los paramilitares.

¿Qué acciones podrían hacerse para detener a este régimen criminal? La Oposición democrática venezolana, mejor o peor, tiene una agenda política que deberían apoyar todos los sistemas democráticos del mundo. De hecho, después del domingo, es la reacción más esperanzadora de algunos países democráticos: se han volcado con la Oposición para intentar detener al sátrapa de Maduro. Creo que es esperanzadora la reacción inmediata que han tenido algunos países después de la pantomima del domingo, un autogolpe feroz, perpetrado por el régimen para elegir una Asamblea Constituyente que elimine cualquier resto de disidencia. Sin embargo, según están las cosas, me parece que habría que dar un paso más. Sería necesario que los Parlamentos democráticos del mundo, empezando por el Parlamento Europeo, denunciasen al criminal Maduro y, de paso, se aprobará una norma que permitiese a otros países intervenir allí donde se ha instalado la irracionalidad criminal. Es menester que empecemos a desterrar, una vez más, el falso “principio de no intervención”, cuyo origen comunista y totalitario es de sobra conocido, en países ajenos al nuestro, y sustituirlo por el “principio de injerencia democrático” por razones morales y, sobre todo, para defender el único régimen político que nos permite vivir en paz con el enemigo, a saber, la democracia parlamentaria.

Sin duda alguna, este segundo camino no sólo exige determinación por parte de las democracias occidentales, sino también un enorme conato de todas las elites intelectuales para llevar a cabo una labor de “pedagogía” política cuyo objetivo central es mostrar que la democracia liberal y parlamentaria es la única que merece el nombre de democracia. La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Así nos lo enseñó Ortega y Gasset, y así deberíamos seguir enseñándolo nosotros. Sí, la democracia liberal “lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la ´acción indirecta`. El liberalismo es el principio del derecho político según el cual el Poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría. El liberalismo –conviene hoy recordar esto- es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a las minorías y es, por tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo; más aún, con el enemigo débil.”

Esta forma política es para Ortega un factor emancipador de la humanidad. La política, la verdadera política, la política más desarrollada de todas las existentes en la historia no puede ser otra para Ortega que la democrática. La política liberal es, por volver a decirlos con los términos clásicos de Aristóteles, un espacio determinante de la existencia auténtica. Buena parte de la obra política de Ortega se consumió en advertirnos a los europeos de los riesgos de muerte que corría esta forma tan bella y desarrollada de civilización que nos seducía a convivir con el enemigo: “Era inverosímil que la especie humana hubiese llegado a una cosa tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural. Por eso, no debe sorprender que prontamente parezca esa misma especie resuelta a abandonarla. Es un ejercicio demasiado difícil y complicado para que se consolide en la tierra. ¡Convivir con el enemigo! ¡Gobernar con la oposición! ¿No empieza a ser ya incomprensible semejante ternura? Nada acusa con mayor claridad la fisonomía del presente como el hecho de que vayan siendo tan pocos los países donde existe la oposición. En casi todos, una masa homogénea pesa sobre el Poder público y aplasta, aniquila todo grupo opositor. La masa -¿quién lo diría al ver su aspecto compacto y multitudinario?- no desea la convivencia con lo que no es ella. Odia a muerte lo que no es ella.”

Ni como diagnóstico ni como pronóstico ha perdido actualidad esa reflexión de Ortega, un demócrata radical, por eso, hoy, en el siglo XXI, podemos afirmar que La rebelión de las masas no sólo fue, sin duda alguna, la crítica más inteligente que en toda Europa recibieron las tendencias políticas comunistas y fascistas, sino que aún sigue siendo, después de las horrorosas experiencias del comunismo y el nacionalsocialismo, una obra de filosofía política clave para seguir desarrollando la genuina democracia. Pues bien, en nombre del filósofo más grande que ha dado España, Ortega y Gasset, exijamos al Parlamento Europeo la legalización de un Principio de injerencia democrática para devolverle a los venezolanos su libertad política.

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