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A LA VIOLENCIA SE SUMA LA PETICIÓN DE EXPROPIAR EMPRESAS TURÍSTICAS

La 'kale borroka' desembarca en Cataluña

La 'kale borroka' desembarca en Cataluña
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(Foto: Efe)
martes 08 de agosto de 2017, 09:36h

España. Último fin de semana de julio. "Cuatro encapuchados asaltan un bus turístico de Barcelona". La noticia se publicó en los medios el sábado 29, aunque el ataque había ocurrido dos días antes, el jueves. Por la mañana, al lado del Camp Nou, contra un vehículo repleto de visitantes ilusionados por conocer la Ciudad Condal.

En un tour de esos que lo enseñan casi todo, pero en cuyo precio no entraba, hasta entonces, la turismofobia. Ni el miedo. Primero, los pasajeros temieron un atentado terrorista; pronto se percataron de que eran víctimas de un acto vandálico. Los atacantes pincharon las ruedas del autocar y sellaron su acción con un elocuente grafiti: “El turismo mata a los barrios”.

La reivindicación del ataque aún tardaría, pero llegaría: Arran, considerada la rama juvenil de la CUP (aunque sin vínculos orgánicos con ella), asumía la acción con un vídeo en las redes sociales. El grupo se autodefine como “la organización juvenil independentista más grande y fuerte de los Países Catalanes”. Se declara “en lucha por la liberación nacional, social y de género de nuestro pueblo”. “Independencia, socialismo y feminismo”, resume en su perfil en Twitter.

La de aquel autobús no era la primera agresión de turismofobia en Barcelona. Tampoco la primera actuación violenta de Arran. Pero sí ha marcado un antes y un después, al producirse en un año de récords para el turismo, en pleno verano y, sobre todo, en pleno desafío independentista. Sin olvidar que Cataluña es la comunidad autónoma que más visitantes extranjeros recibe, la sucesión de acciones refleja la fractura que provoca el secesionismo más radical.


De Cataluña a Baleares y Comunidad Valenciana

Empujados por una Generalidad dispuesta al choque con el Estado con tal de celebrar un referéndum el 1 de octubre, la violencia en las calles se traduce en un goteo de variados disturbios. Mobiliario urbano destrozado, quema de cajeros, pintadas, edificios okupados, escraches… y asaltos a sedes de partidos no nacionalistas, como los sufridos por PP, PSC o Cs. Un vandalismo que muchos comparan con la kale borroka de la izquierda abertzale en el País Vasco y Navarra.

De vuelta a Cataluña, y en lo que se refiere a la turismofobia, no solo ha sido el autobús; también han pinchado las ruedas de bicicletas turísticas de alquiler de Barcelona o realizado pintadas contra hoteles. Y no se quedan allí: sus acciones ya han llegado a Baleares y a la Comunidad Valenciana. Tampoco es solo Arran; también Endavant. Integrada en la CUP, esta organización se ha responsabilizado de varios sabotajes a establecimientos turísticos en la capital catalana.

No obstante, la delantera la toma Arran, que propone “prohibir de forma inmediata la actividad de las empresas relacionadas con los pisos turísticos, como Airbnb”. También “la expropiación de las principales empresas y activos" del sector. ¿En el punto de mira? “Diversos puertos deportivos, hoteles como el Vela o Las Arenas, o parques temáticos como Port Aventura”.

Mientras los hechos se suceden, el Gobierno de las islas ya se ha mostrado contundente, al igual que el valenciano: ambos rechazan las protestas contra los turistas. Condena también en Cataluña, aunque allí la unanimidad se rompe, precisamente, por la CUP, que habla de “acciones simbólicas”, pide no “dramatizar” y que cesen los “intentos de criminalización”. “Arran no es la CUP”, recuerda además la presidenta del grupo parlamentario, Mireia Boya, que dice que, en un momento clave del proceso soberanista, hay “otros enemigos que son más duros y peligrosos”.


Camino del 1-O: ¿preludio de lo que se avecina?

“No tiene nada que ver con el proceso”, proclaman desde Juntos por el Sí, coalición que ve “malintencionada” la mezcla y pide “por favor” a Arran “que se replantee este tipo de acciones, del todo condenables”.

Similar llamamiento de Ada Colau, señalada como germen de la turismofobia y muy criticada: “No generemos una alarma social magnificando unos hechos porque eso es lo que acaba finalmente en la prensa internacional”, advierte la alcaldesa de Barcelona, “una ciudad que le gusta ser visitada por turistas”, dice ahora. La regidora, que pide a los colectivos que “abandonen completamente” estas “acciones aisladas”, habla de “normalidad” en “la convivencia entre ciudadanos y visitantes”.

Ante la situación desatada es especialmente crítico el PP: “Se comienza tirando confeti como en Baleares y se acaba quemando autobuses como la kale borroka, como pasó en su momento en el País Vasco”, comparó hace unos días Fernando Martínez-Maíllo, coordinador general. Y los populares no son los únicos que trazan ese paralelismo: el término también ha sido empleado por otras formaciones y asociaciones, como el Movimiento Cívico de España y Catalanes: “Lo que pretende la CUP es instalarse en la kale borroka”.

Nuevo equilibrio, en definitiva, en el seno del Ejecutivo autonómico, cuyas cuentas no salen sin el apoyo de la CUP. Si tras las elecciones catalanas de 2015 tumbaron a Artur Mas y colocaron a Carles Puigdemont, ahora pisan (y hacen pisar) a fondo el acelerador que conduce a un referéndum independentista el 1 de octubre. No permiten plan alternativo. Y el desafío en las instituciones no será, previsiblemente, el único problema. La violencia callejera, que arrecia desde hace días, hace prever una escalada de tensión que iría en aumento hasta la Diada, primero, y el 1-O, después. La manifestación contra la Guardia Civil, convocada para protestar por los interrogatorios a cuenta de la anunciada consulta, es otro ejemplo.

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