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ORIENT EXPRESS

La crisis entre Kuwait e Irán

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 13 de agosto de 2017, 18:53h

En el Golfo están sucediendo cosas realmente inquietantes. Mientras Qatar sigue resistiendo el bloqueo de sus socios del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo -tal vez debería decir exsocios, pero en Oriente Próximo nunca se sabe-, en Kuwait ha habido varios acontecimientos que no deberían pasar desapercibidos.

Conviene recordar que el pequeño Estado árabe tiene una población de unos 2.800.000 habitantes de los cuales sólo el 31% es étnicamente kuwaití. Es más: apenas el 56% de ella son árabes. El resto son asiáticos y africanos en su mayoría. La dinastía reinante desde el siglo XVIII es la casa de Al Sabah. Aunque el 76% de la población es islámica, hay una división entre chiíes (35-40%) y sunníes (60-65%). En este país se encuentra el 6% de las reservas de petróleo del mundo y su exportación es el 92% de su producto interior bruto.

Desde el triunfo de la revolución islámica en Irán hace más de cuarenta años, Teherán ha tratado de exportar el islamismo revolucionario chií a través de la movilización de los chiíes en toda la región. El éxito más rotundo lo ha tenido, hasta ahora, en El Líbano. Allí, la figura de Musa Al Sadr, a la que Fouad Ajami le dedicó todo un libro, y su misteriosa desaparición en el verano de 1978 -con la sospecha de que la Libia de Gadafi lo había hecho desaparecer- sirvió como catalizador de la movilización política de unos árabes chiíes que encontraron en Teherán el más fiel de los aliados. La aparición de Hezbolá entre 1982 y 1985 y su creciente poder en el sur del país han servido como modelo de la influencia iraní en toda la región. Sin esto, es imposible comprender la importancia que la guerra del Yemen reviste para Arabia saudí y sus aliados árabes. Entre los regímenes árabes, la gran excepción ha sido la Siria de Asad, cuya alianza con la República Islámica de Irán ha sido inquebrantable a lo largo de toda la guerra civil siria.

De este modo, las poblaciones chiíes árabes son, para Teherán, potenciales caballos de Troya que emplear contra los gobiernos árabes sunníes -sean laicos o sean monárquicos- en apoyo de la ideología revolucionaria de los ayatolás. La historia de persecución que los seguidores deAli han padecido desde el siglo VII -la batalla de Kerbala fue en 680- ha creado en los chiíes de la región una identidad fortísima que la revolución islámica de Irán ha reforzado. Por supuesto, este proceso de influencia sobre los chiíes no ha estado exento de dificultades. En primer lugar, a la identidad chií se superpone la árabe, que es muy poderosa. La esperanza panarabista aspiraba a superar las diferencias entre sunníes y chiíes subrayando el vínculo nacionalista árabe que unía a todos. La crisis del panarabismo a partir de los años 70 fue en paralelo al ascenso del islamismo revolucionario iraní. Por otro lado, las realidades nacionales han limitado esa influencia iraní. El caso más claro es el de Egipto, donde el nacionalismo ha impregnado incluso la ideología islamista de los Hermanos Musulmanes. Así, este juego de influencia es más peligroso allí donde las identidades nacionales son más débiles, bien por la propia debilidad del proyecto de Estado, bien por las fracturas internas de sus sociedades. Las contradicciones internas de las monarquías del Golfo las convierten en objetivos vulnerables para la desestabilización a través de la movilización de los chiíes. Las revueltas de 2011 en Bahrein, que exigían al mismo tiempo libertad e igualdad para los chiíes, sirvieron como ejemplo de lo que se avecinaba. Fue necesaria una intervención saudí -como en el Yemen- para sofocarlas.

Sin embargo, la amenaza de una movilización violenta de los chiíes orquestada desde Irán sigue gravitando sobre el Golfo. En estos días, se ha cernido sobre Kuwait. En enero de 2016 las tensiones entre chiíes y sunníes fueron el trasfondo de dos condenas a muerte -una de ellas dictada contra un iraní en rebeldía- en el proceso seguido contra un grupo de chiíes kuwaitíes e iraníes acusados de espionaje a favor de Irán y de Hezbolah y de tenencia ilícita de armas y explosivos. Además de las dos condenas a la pena capital, se impusieron penas de prisión por tiempo de cinco a quince años a 19 miembros del grupo y una condena a cadena perpetua para otro. Los acusados denunciaron que sus confesiones se habían obtenido mediante tortura. Poco tiempo antes, la embajada de Arabia Saudí en Teherán había sido incendiada porun grupo de manifestantes en represalia por la ejecución del clérigo chií saudí Nimr-Al- Nimr.

Ya había habido otras condenas -por ejemplo, en 2011- por delitos de espionaje a favor deIrán. En junio de e ste año, el Tribunal Supremo de Kuwait sustituyó la pena de muerte impuesta al líder del grupo por la cadena perpetua. Al poco tiempo, en julio, Kuwait expulsó a 15 diplomáticos iraníes y ordenó la clausura de las misiones militar, cultural y comercial. Esta semana las autoridades kuwaitíes han detenido a 12 miembros de una presunta célula terrorista que, según los cargos presentados, planeaba cometer atentados en el país y tenía vínculos con Irán y Hezbolá. Por supuesto, las autoridades iraníes han afirmado que la acusación carece de fundamento.

El temor a la organización terrorista libanesa y a los agentes iraníes se extiende por el Golfo. Una movilización de los chiíes de Kuwait ampliaría la esfera de influencia iraní en la Península de Arabia y marcaría la tendencia para otros como Bahrein o la propia Arabia Saudí. El camino emprendido en El Líbano en los años 80 y continuado en Irak tras la invasión de 2003 aún no ha terminado.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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