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SEMBLANZAS

José Manuel Caballero Bonald: Examen de ingenios

domingo 13 de agosto de 2017, 19:01h
José Manuel Caballero Bonald: Examen de ingenios

José Manuel Caballero Bonald: Examen de ingenios. Seix Barral. Barcelona, 2017. 464 páginas. 19 €. Libro electrónico: 9,99 €. Desfilan Mario Vargas Llosa, Borges, Miguel Delibes, Baroja, Joan Miró, Paco de Lucía, y hasta Marisol -entre otras muchas figuras-, en este centenar de sabrosos retratos donde el escritor jerezano no da puntada sin hilo. Por Francisco Estévez

A raíz del notable poemario Desaprendizajes (2015) pudo este cronista hacer breve recorrido y balance de la obra de José Manuel Caballero Bonald, sin olvidar su obra narrativa de ascendencia social. Se relataba en aquellas líneas, que puede curiosear el curioso lector aquí, el gusto del poeta por la morosa delectación en el lenguaje y por el lenguaje. Aquel poemario coronaba con firmeza el último tramo de su obra cuajada desde esa bella apología de la desobediencia, hoy tan necesaria, en Manual de infractores (2005). Contraria a mucha de la obra de senectud que tantos practican, el jerezano alcanzó un grado de perfección sólo atribuible al firme mandato de exigencia estética que ha gobernado su vida toda para quien siente la urgencia de la palabra y la búsqueda de novedad lingüística como mandato último.

Como es sabido el título de Examen de ingenios es tomado de aquella obra de clara fama del médico Juan Huarte de San Juan (1575) y aunque nuestro poeta aluda a la mera coincidencia provechosa el timbre psicológico de los semblantes aquí presentados sería del agrado del notable humanista. Los retratos, algunos ya esbozados en La novela de la memoria (2010) o en Oficio de lector (2013), presentan valiosas aristas y buenas perspectivas pues se nutren de un férreo examen crítico servido por alguna anécdota biográfica, a veces aspereza, para rendir más vívido al personaje o calificar con nota exacta su obra, aunque la maledicencia sin remilgo y sin exceso se le asoma en el cargado semblante que traza de la poesía y la persona de José Hierro, por ejemplo. Pero quizá en estas sabrosas y desacostumbradas destemplanzas queda condensada parte valiosa del libro.

Claro es que todo escrito termina hablando más de nosotros mismos que de los demás. Y así ocurre en estas semblanzas afiladas y lúcidas, sin concesiones en lo humano y sin escatimo en lo artístico. Quizá con tal rigor guste de ser examinado a su vez en un futuro el ingenio de Caballero Bonald. Si a Pablo Neruda no le perdona su torrencialidad excesiva y le aprieta en la pomposidad robusta, no soportará de Josep Pla lo que entiende como grosería (pero este columnista ve más bien como falta de adecuación al tiempo de su época). Vargas Llosa le resultará como a nosotros afectado y tildará a Hemingway, con quien se cruza en el funeral de Pío Baroja, de “deudo acongojado”. Las querencias estéticas son puestas sin alharaca sobre la mesa y no sorprende que el estilo “pedregoso” barojiano le resulte de “prosa reseca”.

Otros ejemplos serán las asperezas últimas de Max Aub, la edad de Dámaso Alonso vista como “errata administrativa” y a quien le discute con acierto aquella afanosa versión en prosa de las Soledades de Góngora. Todo lo cual no resta para que presente una velada defensa de la obra de Pablo Neruda frente al célebre dicterio juanramoniano divulgado en su Españoles de tres mundos (1942), libro que es lejano ascendente paterno de este Examen de ingenios. Además atiende con acierto, entre otros asuntos, lo real-maravilloso en la obra del cubano Alejo Carpentier o el genial trazo de Leopoldo Panero donde el detalle biográfico aúna las virguerías del lenguaje para sazonar a gusto: “La voz era pastosa y grave y remitía una mezcla de whisky mantecada de Astorga”.

Los retratos están imbuidos de vida propia, como aquel desencuentro conversacional con Jorge Luis Borges o la sincera reflexión delante de la estatua de León Felipe, a la falda de la colina de la Casa del Lago en Chapultepec (México), que sirve como augurio del futuro de la obra que pronto entumeció “en un anodino reclinatorio de la literatura española”. Y qué decir de la ajustada visión de Vicente Aleixandre como “enfermo ficticio o paciente estabilizado”.

Pero, si volvemos vista a la obra de Caballero Bonald y descontamos ese canto en versículos luminosos e intensos de Entreguerras (2012) donde compendia su literatura y vida, no podremos olvidar el sintagma fabuloso de La novela de la memoria (2010) donde aglutinó sus memorias en prosa Tiempo de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2001). No en vano desde su segundo poemario Memorias de poco tiempo, allá por 1954, asumió con dolor como “la memoria me horada cada día”. En efecto, la presencia biográfica en la obra de Caballero Bonald es la nota permanente más clara, repleta de jugosos requiebros hacia la vívida fabulación desde una biografía narradora.

Y acaso sean estas páginas, a través de la caricatura literaria, una forma lateral de contarse asimismo, siquiera de soslayo y al prisma de otra obra y otro autor frente al que se posiciona. De tal modo han de leerse las noticias del acelerado aprendizaje durante el exilio en Bogotá por parte del jerezano a raíz del retrato elaborado para Jorge Guillén, donde no desaprovecha para alabar la importancia de la revista colombiana Mito. Pero más importante aún es la correlación que efectúa con Guillén y el magisterio oculto de poemas como “Potencia de Pérez” de Maremágnum (1957) en su propia obra y en toda la mal llamada Generación del 50.

Aparte de las siluetas literarias de trazo firme, arabesco colorido y penetrante pincel quedan algunas otras de la cultura española referidas a la música y a la pintura. Por allí pasean de la mano la Niña de los Peines y Joan Miró, Paco de Lucía y Jorge Oteiza, y hasta la mismísima Pepa Flores, más conocida por “Marisol”, y siempre de “veta irrebatible”. Quedan en estas páginas aún el profundo anhelo por la capacidad mitológica de la palabra, desbrozada ya del manoseo al cual le sacude la realidad para depurar en ella la realidad estética. Semejante operación estética representa la crucial voluntad artística en toda la obra del jerezano. No de otro modo puede leerse la manera de centrar el conceptismo de José Bergamín, quien fuera una de sus primeras mitologías literarias cuando abre capítulo con frase tronadora: “Bergamín proyectaba sobre el blanco muro de España una silueta inconfundible: el signo de cierre de interrogación”.

En suma, no hay puntada sin hilo, ni hilo que deje sin trenzar. Equidistante tanto del incienso como del dardo y desde una familiaridad biográfica y lectora estos retratos han de ser agradable consulta para curiosos y especialistas. El lector nuevo que caiga por primera vez en el estilo acrisolado de Bonald quedará subyugado ante la riqueza expresiva, la precisa adjetivación o la visual metáfora y otras delicadezas del estilo que amerita el poeta. El lector de viejo gustará del aquilatamiento de aquel barroco suyo. Y todos ya disfrutaremos de un paseo delicioso, fino y cultivado por buena parte de las figuras señeras de la literatura hispánica.

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