El aeropuerto de El Prat llevaba más de 20 días colapsado por la huelga de los trabajadores de Eulen, la empresa concesionaria de los controles de seguridad. Las colas eran interminables y los turistas tenían que aguantar hasta 5 o 6 horas. La Generalidad, que solo se ocupa de muñir el referéndum, fracasó en las negociaciones con los sindicatos. Y ante el caos y el nuevo perjuicio para el turismo, al Gobierno se le ocurre recurrir a la Guardia Civil para atender los arcos de seguridad. Y mano de santo. En un par de días, el tiempo de espera se ha reducido a 6 minutos.
Y, como no podía ser de otro modo, los independentistas han estallado en cólera por la humillación sufrida al ver cómo los uniformes verdes de la Benemérita ocupan el aeropuerto. Pero de la CUP a nadie extrañan sus exabruptos. El gran problema es que el PSOE se ha sumado a los alaridos contra los miembros de la Guardia Civil a los que un tal Ábalos, un sanchista entusiasta, ha calificado de "esquiroles" por atentar "contra el derecho de huelga de los trabajadores".
Que Pedro Sánchez sienta una fobia enfermiza contra el PP ya forma parte del circo político español. Pero el renovado secretario general del PSOE ha debido sufrir una insolación playera al atacar al Gobierno por resolver el gravísimo problema del aeropuerto de El Prat recurriendo a la Guardia Civil. Sobre todo, por el daño que la CUP y Bildu están haciendo con su agresiva campaña a la industria turística, la que más empleo y riqueza genera en España.
Pero el nuevo y lamentable PSOE de Pedro Sánchez está histérico con Podemos, que le ha propinado un hachazo electoral sin precedentes. Y en la obsesiva búsqueda del voto de izquierdas quiere superar al partido morado con declaraciones como las del ínclito Ábalos, que se ha tirado al ruedo después de consultar a su ídolo mientras retozaba en una hamaca.
Quizás con esta actitud radical, el PSOE recupere parte del voto perdido por la izquierda. Pero debería saber Pedro Sánchez que las grandes victorias electorales socialistas se produjeron más por lograr el voto moderado, el llamado de centro, que por el de la extrema izquierda. A este paso, el secretario general puede volver a batir su propio récord y en las próximas elecciones generales dejar a su partido más hundido aún. Las obsesiones enfermizas con el PP y Podemos pueden ser la tumba política de la que nunca debió resucitar.