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GUAM, LA PERLA PEREGRINA

sábado 19 de agosto de 2017, 18:01h
Tras la atrocidad del atentado yihadista en Barcelona del que todavía hay mucho que analizar, habrá que ocuparse...

Tras la atrocidad del atentado yihadista en Barcelona del que todavía hay mucho que analizar, habrá que ocuparse de otros asuntos de alcance internacional también. Las amenazas del siniestro dictador comunista de Corea del Norte han llevado a los espacios preferentes de los medios de comunicación de todo el mundo a la isla de Guam, cabecera de las Marianas. Allí estuvo Luis María Anson en 1972 y escribió desde Agaña artículos y crónicas, aparte de intervenir en un programa de televisión titulado “La Hispanidad ignorada”. El 22 de junio de 1972, Luis María Anson publicó en la Tercera del ABC verdadero el artículo que reproducimos a continuación, sin modificar ni una coma:

He visto a los pájaros negros de la muerte regresar a sus nidos de la isla de Guam. Los he visto también en vuelo y entre celajes, aterradores B-52, sobre las tierras calcinadas de Vietnam, dispuestos a vomitar su carga de fuego y espanto. En los peores días de la ofensiva comunista, encontré a Saigón más tranquila que nunca, ciudad alegre y confiada, con sus buenos hoteles, su aire acondicionado, sus gentes reidoras, sus restaurantes magníficos, su Luis Calvo para charlar en el atardecer plácido sobre las cosas de España, sobre las dulces vietnamitas del “ao-yai” vaporoso, sobre la muerte de Federico García Lorca, el que tenía la voz de “naranjo enlutado”. Maestro Luis Calvo, con la pluma a veces de hierro, a veces de seda, y su amable sonrisa para esos periodistas infantiles que pasan fugazmente por Vietnam haciéndose los héroes. Acompañaba yo esta vez a un equipo de televisión y dejamos Vietnam (el querido Vietnam que conocí en los tiempos de Ngo Dinh Diem, para volver a él muchas veces, para pasar allí, recién casado, hermosos días de guerra y de rosas); dejamos, digo, la tierra vietnamita y volamos sobre el Pacífico hasta la isla de Guam.

Allí, en la base de Andersen, se amadrigan y guarecen muchos de los B.52 que bombardean Vietnam. Llegan de la batalla ennegrecidos y desafiantes, rasgan con sus truenos la paz de aquellos parajes hechos para la bonanza y la mansedumbre y se posan como águilas imperiales sobre las pistas de aterrizaje. Conoció Guam, por cierto, otras águilas imperiales más nobles y entrañables: las de la vieja España. Magallanes llegó a la isla en 1521 y la bautizó injustamente “de los ladrones”, porque los indígenas chamorros, que desconocían el hierro, le cogieron clavos y esquifes de una de sus naves. Tomó posesión de Guam en 1565, y en nombre del Rey de España, Legazpi, y evangelizó la isla el jesuita Diego Luis de Sanvitores, que murió mártir, y hoy los guamaníes, católicos casi en su totalidad, veneran emocionadamente su memoria. Guam y las otras islas del archipiélago fueron bautizadas con el nombre de Marianas por nuestra Reina Mariana de Austria. La isla está llena de iglesias con nombres castellanos: desde la catedral del Dulce Nombre de María al convento de Merizo, todavía en uso, en cuya capilla de Nuestra Señora de las Angustias se venera una bella imagen española del XVI.

Guam, más de trescientos años territorio español, representó para nuestro Imperio un papel en cierta manera similar al que hoy desempeña para la estrategia militar americana en el Pacífico. Por eso un rosario de fortalezas, ahora todas ellas en ruinas, flanquean las costas de la isla. Son los fuertes de Santa Águeda, de Apugan y, sobre todas, los de San José, Santo Ángel y Nuestra Señora de la Soledad, custodia y vigía de la bellísima bahía de Umatac, donde los galeones españoles, en su ruta de Filipinas a México, recalaban para avituallarse y cobijarse. Guam era la punta de lanza de España en el Pacífico. Hoy es un territorio de los Estados Unidos. Es, lisa y llanamente, una colonia en esta época del anticolonialismo radical. Aspira en una primera etapa a convertirse en Estado de la Unión. Y son muchos los chamorros que ambicionan la independencia. Hermosa aventura. Guam podría ser la segunda nación hispánica y católica en Extremo Oriente, al costado del milagro de Filipinas. (El único resto profundo de la presencia occidental en Extremo Oriente es el catolicismo filipino. Ni Francia ni Inglaterra ni Holanda ni Portugal han conseguido una penetración de base en los lugares extremo orientales donde estuvieron o donde están.)

Los chamorros guamaníes son micronesios y tienen sangre indígena, tagala, española y malaya. Son ojialegres, achaparrados, fuertes, amables, sonrientes; trabajan lo justo, sestean lo que pueden, aman la holganza, disfrutan de la vida y parecen felices. El clima apacible, los cielos deslumbrantes y una isla que es, sin duda, uno de los más bellos lugares del mundo, invadida hoy a medias por los turistas japoneses y los militares americanos, abona el carácter de los nativos. Ellos son inteligentes y tranquilos. Ellas sorprenden por su belleza, por su piel de bronce, por sus cuerpos de fruta fresca, por su pelo larguísimo, que se derrama por bajo del talle.

Al tomar un taxi y preguntar al conductor si habla español, la respuesta será muchas veces esta: “Yo, un poquito. Pero mis padres hablan perfectamente.” La verdad es que el idioma se ha perdido en Guam, como en Filipinas, casi por completo. Pero si en aquellas islas el tagalo nativo se ha entreverado de palabras castellanas, el chamorro Guamaní tiene todavía más términos de nuestra lengua. Basta que un “gachó” (amigo) le invite a uno a “sitbesa” (cerveza) con una “manachabunita” para “bailá” o “sená” (cenar) “titiya” (tortilla) y de postre “chikolati” hecho en la “cusina” y “ensiguida” se “komprendi” el chamorro. Esa cena puede celebrarse en casa Paco en Agaña (la capital de la isla, que los americanos llaman Agana, sin tilde y sin gracia), después de darse una vuelta por el paseo Susana o la plaza de España, donde se conservan los restos del palacio del Gobernador. Pan, rama, familia, año, amigu, adiós, fritada, tarde, día, maestro, sapatos, novia, listo, presio, atraso, estranghero, corazón, leche, platu, mantikiya, chikolati, tenedot, sopa, senturón (cinturón), paloma, kuñadu, baratu, contrato, mediku, vistido, arina, mientras, mimbre, simana, enfetmera, listo, tienda, estudiante, kosa, son algunas de las palabras chamorras que tomé al azar de la conversación ordinaria.

Ahora escribo este artículo para, modestamente, alentar al Instituto de Cultura Hispánica a que traiga todos los años algunos chamorros a España con becas generosas. La historia guamaní solo se puede estudiar en documentos castellanos, y parece lógico, y es conveniente y saludable, que no olvidemos la sangre española fecundada en aquel lugar privilegiado. Dos monjas misioneras mercedarias, las hermanas María Teresa del Valle y Felicia Plaza (que da clases de castellano en la espléndida Universidad de Guam), constituyen eficaz pero no suficiente presencia nuestra en la isla, en donde los chamorros han fundado un Círculo Cervantino y un Spanish Club; en donde casi todos los nativos llevan nombres y apellidos españoles, desde el gobernador García Camacho y el obispo Flores hasta Esperanza Álvarez, la guapa “Miss Guam”.

Isla prodigiosa, en fin, de playas tostadas, serena mar, bellísimas calas, aire luminoso, resplandecientes amanecidas, crepúsculos de oro viejo. Isla donde se hace verdad la tarde tranquila de Machado, casi con placidez de alma, para ser joven, para haberlo sido cuando Dios quiso, para tener algunas alegrías, lejos, y poder dulcemente recordarlas. Isla para el largo paseo, para las apretadas manos, para el hondo suspiro, para el amor profundo y sosegado. Allí ocurrió una vez la más bella historia de amor de todo el Oriente. Él era un joven chamorro, con los ojos como carbones encendidos; ella era la niña morena y ágil de Pablo Neruda: el sol que hace las frutas, el que cuaja los trigos, el que tuerce las algas, hizo tu cuerpo alegre, tus luminosos ojos y tu boca que tiene la sonrisa del agua. Ella y él pertenecían a dos familias rivales de chamorros. Enamorados hasta el pulso de las venas, buscábanse a escondidas entre las frondas del bosque para amarse infinitamente. Pero el padre de ella decidió que se casara con un oficial de la guarnición española. Lloró la muchacha inútilmente lágrimas destrozadas. Separados uno del otro, los amantes eran un tronco desgajado y mustio. Sobre el joven chamorro se había derrumbado toda la tristeza del mundo: “De otro, será de otro, como antes de mis besos, su voz, su cuerpo claro, sus ojos infinitos.” Cercano el día de la boda, ella se escapó de casa y fue a refugiarse con su amado en las alturas de un acantilado, sobre la bahía de Tumon, frente al mar pacífico.

Mi alma derramándose en tu carne extendida

Para salir de ti más buena;

El corazón desparramándose,

Estirándose como una pantera,

Y mi vida hecha astillas, anudándose

A ti como la luz a las estrellas.

Pero ya llegan los criados del padre. Trepan, ágiles, la trochas y veredas de la montaña en busca de la novia. Esta ata entonces sus largos cabellos al cuerpo del amado y, enlazándose en un abrazo sin fin, se lanzan ambos al abismo. Cuando los perseguidores llegan a la cumbre, solo pueden distinguir abajo, sobre el adarce de las roquedas, entre olas y espumas, los cuerpos de los amantes, florecidos de rosas rojas.

El lugar se llama ahora, en claro castellano, “Punta de los Amantes”. Yo he subido hasta él para contemplar las rocas de la tragedia y el mismo mar que acogió para siempre a los enamorados y a su triste historia de amor estremecido. Arriba, la luz se hacía de oro pálido sobre las playas y las frondas de la isla, de esta increíble isla de Guam, que fue para la Corona imperial española la auténtica perla peregrina engastada en la plata oscura del océano.