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DIANA DE GALES

jueves 31 de agosto de 2017, 11:30h
Tuve ocasión de saludarla durante sus visitas a España en cenas y actos oficiales. Nicholas Gordon Lennox, hijo del duque de Richmond...

Tuve ocasión de saludarla durante sus visitas a España en cenas y actos oficiales. Nicholas Gordon Lennox, hijo del duque de Richmond y embajador del Reino Unido en España, me invitó a una cena privada con los Príncipes de Gales en su casa de Puerta de Hierro. Nos convocó a una docena de personas y mantengo vivo el recuerdo de la simpatía y la alegría de Diana, que incluso bailó tras la sobremesa. Era yo director por aquella época del ABC verdadero y me di cuenta de la popularidad de la princesa porque crecían las ventas del periódico cada vez que ella salía en la portada.

Meses después me telefoneó Alfonso Barra, el mejor corresponsal que ha tenido ABC en Londres, y me dijo:

-Me ha llamado Nicholas Gordon para comunicarme que la princesa de Gales está muy agradecida a tu actitud con ella y quiere invitarte a una cena aquí en Londres. Me encarga que haga discretamente una gestión contigo para tener la seguridad, antes de la invitación formal, de que no la vas a rechazar.

Naturalmente que el agradecimiento se debía a las portadas de ABC y a los comentarios y editoriales. Mi vanidad no llegaba a tanto como para creerme que me invitaba por mí.

La cena fue en el hotel Claridges. Había convocado a siete u ocho personas para articular una operación de ayuda a niños desvalidos. Tuve ocasión de comprobar la autoridad con que hablaba y decidía y su lucidez en el análisis de la situación. Tenía una solución para cada problema que le planteaban y eso la diferenciaba de la mayor parte de los políticos que tienen un problema para cada solución. Quedé impresionado por la inteligencia de la princesa Diana y agradecido para toda la vida por las palabras que me dedicó. Me pareció que la princesa era más buena incluso que inteligente y más inteligente que guapa.

La vida profesional me ha llevado a conocer a las mujeres más bellas de los últimos sesenta años, desde Brigitte Bardot a Ava Gardner, que me parecía idéntica a la Nefertti del busto que se conserva en Berlín; desde GraceKelly a la atractiva Jacqueline Kennedy; desde Carmen Sevilla a Silvana Mangano, la más interesante de las actrices italianas. Ninguna superaba en belleza a la princesa de Gales, que tenía la cara llena de ojos azules y una mirada que a todos cautivaba, con el añadido de un encanto personal muy difícil de describir. Todo ello, al margen de su actividad contra las minas personales y de su devociónpor Teresa de Calcuta y los niños desfavorecidos. Y de su dimensión en la Monarquía británica, que Mayte Alcaraz ha condensado hoy en un artículo espléndido.

Al cumplirse el vigésimo aniversario de su desgraciada muerte, que no fue un asesinato sino un accidente, escribo estas palabas rendidas ante una mujer excepcional que cautivó a lo mejor de Inglaterra y también a lo mejor del mundo.