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ORIENT EXPRESS

Una traición a Europa

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
lunes 04 de septiembre de 2017, 20:54h

El 4 de septiembre es el aniversario del fallecimiento de Robert Schuman, que en realidad se llamaba Jean-Baptiste Nicolas Robert Schuman (1886-1963). La efeméride nos brinda la ocasión de recordar el espíritu de la Unión Europea y el descarrilamiento que está sufriendo nuestro continente. De origen germano luxemburgués y de nacionalidad francesa, Schuman vivió el horror de dos guerras mundiales y, junto a otros, como Adenaduer, Monet y De Gasperi, fue el fundador del sistema de tratados que fue germen del proceso de integración europea.

Ortega ya había advertido en “La sociedad europea” que “la diferencia entre Europa y las naciones europeas en cuanto «sociedad» estriba en que la convivencia stricto sensu europea es más tenue, menos densa y completa. En cambio, fue previa y es más permanente. No ha llegado nunca a condensarse en la forma superlativa de sociedad que llamamos Estado, pero actuó siempre, sin pausa, aunque con mudable vigor, en otras formas características de una «vida colectiva» como son las vigencias intelectuales, estéticas, religiosas, morales, económicas, técnicas. Si extirpamos a cualquiera de aquellas naciones [Alemania, Francia, España, Inglaterra, etc.] los ingredientes específicamente europeos que las integran les habremos quitado las dos terceras partes de sus vísceras”.

Así, señala Ortega, Europa no es un Estado, pero sin ella ninguno de los Estados europeos es comprensible ni reconocible. Antes que una organización política internacional, Europa es un agregado de vigencias que conforman una “vida colectiva”. En la obra formidable de los impulsores de la integración europea, aquéllas estuvieron en primer plano. Las Comunidades Europeas primero y la Unión después aspiraban a afirmar la identidad de Europa, no a desvirtuarla hasta el punto de hacerla irreconocible. No se trataba de sustituir a los Estados nacionales, sino de crear instituciones que encauzasen los conflictos y evitasen las guerras. El fantasma de los nacionalismos y los totalitarismos se alzaba sobre la memoria de aquellos europeos de la Guerra Fría.

La Unión Europea vive hoy dolores de parto. El proceso de salida del Reino Unido, la política migratoria, la creciente burocratización y, en general, las denuncias de déficit democrático e imposición política frente a los Estados nacionales son algunos de los desafíos que hoy afronta la Unión. El resurgir de los populismos nacionalistas es un síntoma de la necesidad de acometer reformas profundas si queremos que el legado de Schuman, Adenauer y otros tantos no se pierda por completo.

En España, el proceso de independencia de Cataluña se ha revestido de un pretendido europeísmo que, en realidad, traiciona los valores y principios que inspiraron la propia Unión. Los nacionalistas catalanes han recurrido a todos los referentes culturales, sociales y políticos para diluir la identidad española en un multiculturalismo posmoderno y en un europeísmo adulterado. Cataluña sería así un lugar de “diversidad” siempre que, en ella, España no tenga presencia alguna. En este delirio identitario, los nacionalistas no sólo han secuestrado los símbolos de Cataluña, sino que han inventado otros cuyo sesgo ya no solo es nacionalista catalán, sino izquierdista radical. La presencia cada vez mayor de “esteladas” en los actos públicos independentistas, el recurso a la violencia y la tutela del proceso por parte de la CUP agrava la tendencia totalitaria del proceso. No ha habido faceta de la vida pública en Cataluña que los nacionalistas -y, en especial, los más radicales- no hayan tratado de controlar.

Toda esta locura nacionalista contradice el espíritu de Europa y las aspiraciones del proceso de integración. La Unión debe reconducirse, pero no para convertirse en una entidad que asfixia a los Estados nacionales ni los diluya, sino para asentar los distintos niveles competenciales conforme a las necesidades de los ciudadanos. El principio de subsidiariedad, uno de los más antiguos en el pensamiento político de Europa, debería impedir que Bruselas acapare competencias más allá de lo necesario.

Del mismo modo, la Unión debería ser el freno de las pretensiones independentistas de unos radicales que, con su ideología y su práctica, están conduciendo a Cataluña por una pendiente de división social, enfrentamiento político y ruptura institucional. Toda España padece hoy la incertidumbre que el proceso independentista genera.

Este intento de ruptura de España que los nacionalistas catalanes han emprendido no puede obtener respuestas tibias, apaciguamientos ni concesiones. El fondo totalitario que palpita bajo la pretendida apariencia democrática del proceso de fractura no debe inducir a engaño ni a los españoles ni al resto de los europeos. El camino emprendido por los nacionalistas catalanes conduce a un lugar que los europeos quisimos abandonar hace mucho tiempo. Las Comunidades europeas nacieron, precisamente, para superar los nacionalismos y las ideologías del pasado que la CUP y sus amigos abrazan con tanto fervor.

A los 54 años de la muerte de Robert Schuman, conviene recordar con claridad qué significa, en realidad, ser europeo.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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