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TRIBUNA

Lobos tras el huracán

jueves 21 de septiembre de 2017, 20:20h

Un nuevo huracán se aproxima al Caribe y a las costas del continente americano. María, tras Irma, castigará nuevamente poblaciones exhaustas. Es sobrecogedor el espectáculo de esos vientos legendarios con sus enormes cortinas de agua, el huracán tiene algo de ira sagrada y de fenómeno originario. Pero el marco climatológico sirve de escenario sublime al miserable comportamiento humano. Se repite en los fugaces reportajes televisivos un mismo terror. Más allá del viento atronador, que parece desarraigar el mundo, los entrevistados narran el mismo escenario de un temor fascinante. Empieza pronto, cuando todavía el cielo está cayendo sobre las cabezas de los hombres: individuos o grupos armados toman las calles arrasadas. Si quedan negocios más o menos intactos, rompen sus cierres para alcanzar un botín inmediato. Cualquier gesto de oposición puede acabar en el asesinato. El verdadero temor no procede de la catástrofe climática sino de la violencia que, a su paso, brota en todas sus formas: robo, violación, homicidio…

Hace tiempo que el huracán de la historia demolió las poderosas fuerzas de cohesión que reunían a los hombres en comunidades integradas. Aquellas personas que, ante la catástrofe, afrontaban como un solo hombre la devastación y el caos para reconstruir con energía compartida el orden intacto del mundo. Intacto, porque ningún poder energético o natural podría romper su sólida consistencia comunitaria. Ha sido precisa una potencia de devastación revolucionaria – constitutivamente humana – para romper los vínculos que aseguraban aquella solidez. No tiene un nombre preciso, no podemos llamarla Irma o Katrina, la revolución disociadora que atomizó las comunidades humanas recibe nombres distintos: industrialismo, capitalismo o, también, liberalismo o consumismo… Son nombres parciales para definir el huracán desolador de la modernidad, algunos hablarán al respecto simplemente de democracia. Se añadirá con precaución algún adjetivo paliativo: democracia formal o liberal o burguesa. El hecho es que todo lo sólido se ha desvanecido en el aire agitado del huracán de la historia y basta que se suspenda el poder vigilante del Estado para que aparezca el rostro desfigurado de esta sociedad de lobos entre lobos. En efecto, así se vio en el umbral mismo del mundo moderno: el hombre es un lobo para el hombre. Hobbes debió usar el futuro que es, entretanto, nuestro presente: el hombre será un lobo para el hombre.

Acaso aquella comunidad de vínculos intangibles, sin embargo sólidos, sea más un sueño que una realidad histórica. Quizás. En cualquier caso es un sueño obsesivamente anhelado por las sucesivas generaciones, arrojadas – desde las primeras décadas del siglo XIX – a las feas sociedades industriales. Es el sueño de comunismos y comunitarismos, de colectivismos y socialismos, de radicalismos de vanguardia, pero también de restauraciones reaccionarias. Es incluso la ilusión reconocida de solitarios sin esperanza, que anotan los signos de descomposición sin otro programa que el de testimoniar lúcidamente la ruina anunciada. Pero no hay signo más patente de desesperación que el tendencial olvido de aquel sueño, no hay más indicio de final que el gesto de aceptación del individualismo depredador de nuestro tiempo.

Produce escándalo que pasen desapercibidas las declaraciones de esa fuente de verdadero terror. Es el hombre y no el huracán lo que nos aterroriza. Cormac McCarthy (La Carretera) dotó de un hilo de esperanza su dolorosa descripción de una vida en estado de catástrofe. Desaparecido, por efecto de un cataclismo ecológico, el artificio político; hundida la máquina del Estado y la regulación sobrepuesta a la vida social, se desata la guerra de todos contra todos. El signo más terrible es, entonces, el canibalismo. Persiste en su narración un último vínculo indestructible. Padre e hijo avanzan, siguiendo la indicación de una madre ausente, por una peligrosa carretera en busca de alguien con quien fundar una nueva convivencia, una forma real de proximidad y comunicación.

Se lee todavía en el texto de McCarthy la exhortación fundamental al amor mutuo. Es de esperar que esa exhortación siga viva de algún modo entre los que van a ser castigados por un nuevo huracán. Pero a la exigencia de amor al prójimo precedía otra severa exhortación cuyo sentido, me temo, se nos ha hecho ya casi totalmente invisible.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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