www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Por la España auténtica

Natalia K. Denisova
sábado 23 de septiembre de 2017, 18:58h

Hay un grupo de “españoles” que les duele tanto su autenticidad que no quieren ser españoles. Están en Cataluña y son tan sensibles a los efluvios de la tierra que andan embriagados, hechizados por su propio ser, ciegos a todo lo que no sea de su grey y de su terruño. Sin embargo, hay otras regiones no menos auténticas ni menos autóctonas, tienen tradiciones tan o más arraigadas que las otras, pero saben llevar su autenticidad con mayor dignidad y sosiego. Si nos apartamos de las rutas trilladas en las guías turísticas podemos llevarnos más que una sorpresa. Hoy es nuestro deber recordar las tierras del campamento del cónsul Quinto Cecilio Metello y de los Balbo, amigos gaditanos del César. Las tierras cacereñas guardan millares de años de historia. Mas, ¿quién se acuerda de ello hoy? Poca gente, pero merece la pena hacer un ejercicio de memoria. Escribamos sobre un trocito de Extremadura.

Los hermanos Balbo, que se asentaron en la ciudad Careces, conocida en aquellos tiempos como Norba, fueron los primeros extranjeros que recibieron el título de ciudadanos romanos. No era poca cosa, ya que la ciudad gracias a esta concesión floreció y disfrutó de las mejores infraestructuras de la época. Durante la reconquista, cuando la población se llamaba Cazires, hubo un caballero portugués Giraldo Sin Pavor, que ocupó Évora, Trujillo, Badajoz y Cáceres y otras ciudades hasta que no fue vencido por Fernando II de León que decidió ayudar al almohade Yusuf para devolver lo ganado por los vecinos portugueses. Cáceres fue la cuna de la famosa orden de Santiago que se fundó en torno a 1170. Pasadas las luchas entre los moros y cristianos, seguidas por las guerras entre los reyes Sancho IV y Alfonso XI, luego Pedro I y su hermano Enrique II. El alcaide de Cáceres conoció que la neutralidad se paga igual de cara que la toma del partido: fue degollado por Pedro I el Cruel. Restaurada la paz, la ganadería y el cultivo del campo se convierten en mayor fuente de la riqueza. Hasta que no se descubra América…

Ahora la mera mención del Descubrimiento resulta enojosa y hasta provoca un malestar. Las autoridades de varios países están dudando si quitar o no las estatuas de Cristóbal Colón, que es insultado como el símbolo de un supuesto genocidio. Pero dejemos a un lado al mundo actual andando con sus locuras y ocultando con mediocre bondad las grandes aportaciones de la época del descubrimiento. Concentremos nuestra atención en Cáceres: ¿qué tiene esta ciudad que le une con las Indias Occidentales? La iglesia de San Mateo tuvo una capilla de Francisco de Ovando, el Rico, actualmente es la sacristía, cuyo bisnieto, Juan de Ovando, está sepultado cerca del altar de la iglesia. A él se debe el primer código de las leyes de Indias, que son un gran comienzo del derecho internacional y de los actuales derechos del hombre. Mucho se alaban estas leyes, pero bastante poco se cumplen. El palacio del obispo de Coria, don García de Galarza, está adornado con un medallón con un indio a la derecha y un anciano a la izquierda como símbolos del Nuevo y Viejo Mundos. Lejos de ser un genocidio, el Descubrimiento fue una gran ilusión para España. Las autoridades seglares y eclesiásticas se empeñaron en crear allí un nuevo hombre, de mantener alejados a los indios de los españoles para evitar que se les “peguen” los vicios de los peninsulares.

El mestizaje fue otra gran política de los reyes Católicos en las Indias, que, en realidad siguió y reconoció el hecho: las uniones entre los españoles e indígenas que poblaron el Mundo Nuevo con los mestizos. Además, los linajes nobles de Tenochtitlán o del Incario peruano fueron reconocidos y aparentados con los linajes españoles. Uno de esos ejemplos lo encontramos en el linaje Toledo-Moctezuma. El soldado de Hernán Cortés, Juan Cano, se casó con la hija del emperador mexicano Moctezuma. Su hijo regresó a España, a Cáceres, donde reconstruye una casa grande, edifica un patio de estilo herreriano, adornado con el escudo de las trece coronas de oro otorgado en señal del reconocimiento al linaje de Moctezuma.

Otra gran aportación de los españoles en América es el estudio de las nuevas tierras y de los nuevos hombres. Desde el siglo XVI se fundaban las universidades en las ciudades virreinales con las cátedras dedicadas exclusivamente al estudio de las lenguas indígenas. Sin esta tradición sería imposible que en el siglo XVIII, en el antiguo Colegio de la Compañía de Jesús, impartía su sabiduría el primer lingüista a la usanza moderna, Hervas y Panduro. Menéndez Pelayo le llamó "padre de la filología comparada y uno de los primeros cultivadores de la etnografía y de la antropología”, ya que este sabio hizo las breves gramáticas de las principales dieciocho lenguas indígenas. Este trabajo no fue publicado, pero bien aprovechado por Wilhelm Humboldt en Mithridates.

Mucho nos ofrece la ciudad de Cáceres. Más todavía su provincia, donde en la Suiza Extremeña se retiró el más influyente hombre en el mundo más grande que nunca, el emperador Carlos V. Difícil es de creer que ahora vivimos la decadencia de la política moderna marcada por las decisiones de este personaje que criaba y pescaba truchas en su casa de Yuste y donde se le recuerda cada 21 de septiembre por ser el día de su muerte en el año 1558.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (17)    No(1)

+
3 comentarios