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ENSAYO

Vicente Blasco Ibáñez: Oriente

domingo 24 de septiembre de 2017, 16:03h
Vicente Blasco Ibáñez: Oriente

Edición de Emilio Sales. Renacimiento. Sevilla, 2017. 328 páginas. 19,90 €. Excelente edición de una de las más coloridas crónicas de viajes del autor de “Los cuatro jinetes del Apocalipsis” en su periplo por Ginebra, Viena y los Balcanes, hasta desembocar en lo Oriental de la sugerente Constantinopla turca de principios de siglo. Por Francisco Estévez

Una de las fechas menos visibles de este 2017 será, por desgracia, el ciento cincuenta aniversario del nacimiento de Vicente Blasco Ibáñez, fecha coincidente para mayor inri con los ciento diez años trascurridos de la publicación de una colección de artículos sobre su viaje a las exóticas puertas del Este con destino final en Turquía que la agudeza comercial del valenciano reunió en el volumen editado por su socio Francisco Sempere, Oriente (1907). Dichas crónicas aparecieron antes con buen olfato en El Liberal de Madrid, La Nación de Buenos Aires y en El Imparcial de México. El autor había entrenado con anterioridad el género de viajes en París, impresiones de un emigrado (1893) y En el país del arte (Tres meses en Italia) (1896). Por eso quizá quedan estos artículos dotados de gracias particular: pero, además el principio de siglo representó un período de transición y efervescencia literaria en la biografía del autor tras ceder su trono en las filas republicanas del blasquismo, abandonar la carrera política y labrar con mayor éxito su trayectoria literaria tras la publicación de la novela de amoríos en la Albufera encuadrada todavía en aquella estética moribunda que era ya el naturalismo, Cañas y barro (1902) y dando justo al año siguiente de los presentes artículos de viajes, la célebre novela Sangre y arena (1908).

El fascinante viaje de cuatro meses iniciado en agosto de 1907 le llevo a través del mundo oriental hasta Constantinopla, capital del imperio otomano. De tal manera, el libro quedó estructurado según puntillosas indicaciones de su autor en dos grandes bloques, siendo el primero “De Camino al Oriente”. Con paso rápido por las aguas termales de Vichy, Ginebra, la Roma protestante que “ofrece el más rudo contraste entre sus habitantes y su historia” (claro es que cita aquí a todos aquellos que se refugiaron en sus calles: Miguel Servet, Voltaire, Rousseau o Madame Staël, entre otros). Los “risueños bosques” de Lausana, Vevey y Montreux y “La Atenas germánica”, como bien titula su andanza por Múnich gracias a ese “respeto oficial de que rodea a las artes”, sin olvidar a Viena a la cual ve tan bella como engañosa y, por ende, le resulta “el lugar más corrompido de la tierra”. Recordará, a su vez, los famosos osos de la capital de la confederación Helvética, Berna, que ondean con orgullo el escudo nacional: “Cada pueblo, en los albores de su vida, cuando aún balbucea el infantil lenguaje de la tradición, simboliza su carácter y su existencia en un animal”. Aunque de cuando en cuando, la punta chauvinista asoma, y, por ejemplo, aúpa el casticismo de las zarzuelas de Chueca frente al truenerio de Wagner.

Las más apetecibles páginas de lectura por jugosas serán las arremolinadas en el segundo bloque, “En Oriente”, que albergan el núcleo temático del libro. Tras la avanzada de los Balcanes y sus pequeños y revoltosos Estados, como tilda con gracejo Blasco Ibañez, se agazapa la ciudadela turca de Serbia. Algún pasaje explicita rotundo la voluntad desde la cual redacta a vuela pluma las presentes crónicas y enfrentada a aquella imagen sensual del turco visto como bárbaro propone: “Yo soy de los que aman a Turquía y no se indignan, por un prejuicio de raza o religión, de que este pueblo bueno y sufrido viva todavía en Europa. Todo su pecado es haber sido el último en invadirla y estar, por tanto, más reciente el recuero de las violencias y barbaries que acompañan a toda guerra. Si solo debieran vivir en Europa los descendientes directos de sus remotos pobladores, expulsando a las razas invasoras que llegaron después procedentes de Asia o África, nuestro continente quedaría desierto”. Conviene aclarar también que dichas líneas apologéticas camuflan otro interés más espurio y de tono biográfico. Por un lado, el autor de la rentabilísima novela Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916) hacía coincidir el viaje de su amante chilena, Elena Ortúzar (llamada familairmente Chita), tras su reconciliación en Vichy. Por otro lado, Blasco Ibañez se presta durante su estancia en Constantinopla a intermediar con promesa de generosísima recompensa en la resolución de un grueso pleito de red ferroviaria arbitrado por el político español Segismundo Moret. Más allá, sin embargo, hay una realidad insoslayable apuntada con nostalgia y brío en las últimas páginas de estas crónicas donde se alcanza a escuchar en fiestas israelitas a los lugareños villancicos del siglo XV de sus antepasados en Toledo “que fue como el París del mundo judío”. Esa idea por la cual España representó para ellos un país fantástico y pleno de misterio del mismo modo que para nosotros fue el Bagdad de Las mil y una noches. El valenciano no dejará ocasión sin apuntar la visita a Santa Sofia, la entrevista al Gran Visir, con el Patriarca de Constantinopla o la visita a la Sala del Tesoro en el palacio turco.

El libro no tiene desperdicio y cosechó relativo éxito. La tan ágil como hábil muñeca del valenciano visitó varias veces más las crónicas de viaje como en su monumental Historia de la guerra europea (1914-1921) o aquellas negativas impresiones de su viaje a México sobre la revolución mexicana volcadas en El militarismo mejicano (1920) tras la invitación emitida por el presidente Carranza. Y, cómo no mencionar La vuelta al mundo de un novelista, (1924-1925) en crucero. Buena parte de esta literatura suya de viajes tiene hoy día más vigencia y viveza que muchas de sus novelas amarilleadas por el tiempo. Y, de algunas como las citadas convendría atenta reedición. Sobre la espléndida edición tipográfica y de cubiertas y el cuidado editorial habitual de la casa Renacimiento y su hermana Espuelas de Plata, cuyo conjunto forman un catálogo imprescindible para cualquier lector de habla hispana, poco se puede añadir. La presente reedición de estas crónicas escritas con mano maestra por Vicente Blasco Ibáñez permitirán descubrir a través de fina sensibilidad y sencilla erudición los encantos fascinadores de las tierras del Oriente.

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