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ORIENT EXPRESS

Cataluña y la revolución

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
lunes 25 de septiembre de 2017, 20:21h

Escuchemos, primero, la voz de un revolucionario de verdad. Víctor Serge (1890-1947) nació en Bruselas hijo de exiliados rusos. Autodidacta y anarquista, participó en la Crisis de 1917 en Barcelona. Estuvo entre los revolucionarios de Petrogrado aquel mismo año. Militó con los bolcheviques. Intervino en la fundación de la Internacional Comunista. Trabajó como periodista, agitador, traductor. Los comunistas no tardaron en encarcelarlo (1928) y lo terminaron deportando a Orenburgo entre 1933 y 1936. Gracias a las campañas internacionales de apoyo, pudo abandonar la URSS y exiliarse en Francia de donde huyó a México en 1941. Sus libros relatan el horror de la realidad comunista. En “Memorias de un revolucionario”, dejó escritas unas líneas que aún nos conmueven: “Por mi parte, sufrí un poco más de diez años de cautiverios diversos. Milité en siete países, escribí veinte libros. No poseo nada. Varias veces he sido cubierto de lodo por una prensa de gran tirada porque digo la verdad. Detrás de nosotros, una revolución victoriosa que dio mal resultado. Varias revoluciones fracasadas, un número tan grande de matanzas que da un poco de vértigo”. Dirá más adelante: “Nunca tuve bienes, casi nunca viví con seguridad. He perdido varias veces todas las cosas a las que tenía apego materialmente: libros, papeles y reliquias personales. En Bruselas, en París, en Barcelona, en Berlín, en Leningrado, en la frontera de la URSS, en París otra vez, dejé casi todo tras de mí- o todo me fue quitado. Eso me ha vuelto indiferente a las cosas materiales sin desalentarme para nada”.

Frente a este ejemplo de coherencia y de valentía frente a la propia vida, la pretensión de que el golpe de Estado en Cataluña es una revolución democrática nos movería a la risa sino fuese por la gravedad de la situación. Sin duda, el proyecto nacionalista que lidera la CUP y que tiene en los violentos de Arrán su fuerza de choque, pretende imponer en Cataluña un Estado totalitario de inspiración comunista. Ahora bien, los políticos nacionalistas no tienen nada del compromiso, el coraje y el sacrificio que Víctor Serge y tantos otros revolucionarios de verdad pusieron en el empeño de la liberación que terminó en frustración, cárceles y matanzas cuyo número “da un poco de vértigo”.

En particular, lejos de no poseer nada, los nacionalistas han hecho de la agitación, la propaganda y el odio a España un negocio cuyos pingües beneficios se ha repartido su red clientelar durante años. Sin el enriquecimiento de los políticos nacionalistas y sus amigos, la corrupción y el despilfarro, es imposible comprender en toda su extensión la deriva del proceso independentista que ha conducido al golpe de Estado que estamos viviendo. Los jóvenes que queman contenedores de basura, acosan a la Guardia Civil y amenazan a los constitucionalistas están muy lejos de la disciplina y la ética de quienes creyeron en la utopía y descubrieron su verdadero rostro en el horror de los campos. Se parecen más a los aparatchiks de la URSS y los “punteros” de los populismos hispanoamericanos. Comienzan sus carreras políticas sembrando el miedo en las calles para ascender en los cuadros políticos, sindicales, asociativos o administrativos en la confianza de que sirven al proyecto nacionalista allí donde se encuentren. No es que no tengan nada. Es que tienen cada vez más y les va cada vez mejor. Confían en que una Cataluña independiente les brindará un futuro que España les ha robado. Por lo pronto, los nacionalistas les han dado alguien a quien odiar, una causa a la que servir y una estructura clientelar que les permitirá lucrarse.

Es inútil advertir que la revolución de verdad exigía un elevadísimo compromiso personal. Con estos muchachos fumadores de hachís y marihuana, Lenin no hubiese ido ni a la esquina. Sin embargo, sí hubiese reconocido su habilidad en diseñar una propaganda eficaz para nuestro tiempo. Hay otras cosas que hubiese admirado. La emotivización de la vida pública, la elevación del sentimiento a razón última de la política -si uno no se siente español, sostienen, ya no hay nada más que decir- y la violencia contra los constitucionalistas son jalones que van marcando el camino al fin último de una Cataluña independiente, quizás, pero no libre ni, desde luego, democrática.

Así, el proceso que se está viviendo en Cataluña no es una revolución democrática, sino un golpe de Estado cuyo fondo totalitario es innegable. Además, a diferencia de revolucionarios de verdad como Víctor Serge, los nacionalistas catalanes lo han convertido en un negocio.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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