Ayer se consumaba el intento de golpe de estado dado por el nacionalismo catalán contra el conjunto del pueblo español, catalanes incluidos. Se hizo historia, sí, pero en el marco del esperpento y la ruindad llevados hasta límites insospechados. Urnas llenas de votos antes de llegar a los colegios electorales, censo “universal”, papeletas impresas en casa, doble y triple voto y el cambio de normas arbitrado por el Govern la misma mañana del domingo, son datos lo bastante reveladores como para que haga falta dar más explicaciones.
Y sin embargo, así es. El nacionalismo catalán lleva años con una labor de zapa que ahora da sus frutos. Han insertado publicidad institucional en los principales medios internacionales, pagando precios muy por encima de mercado. Su labor propagandística durante todo este tiempo no ha escatimado en gastos ni en esfuerzos, con una presencia constante en redes sociales y todo tipo de entornos.
No extraña, pues, que parte de la opinión pública internacional esté confusa. Pero sería injusto achacarlo únicamente a “méritos” propios del nacionalismo: también hay una importante cuota de demérito de Mariano Rajoy, quien durante demasiado tiempo se ha puesto de perfil en todo este asunto, ha ido siempre a remolque de los secesionistas, no ha sido capaz de prever la traición de los Mossos y ahora las consecuencias las paga el conjunto de los españoles. Con todo, lo que ahora toca es unidad de las fuerzas políticas que defienden el estado de derechos frente a los que quieren violentarlo. Conviene recordar que el referéndum de ayer es ilegal no sólo porque así se ha pronunciado en reiteradas ocasiones el Tribunal Constitucional, sino porque cercena el derecho a decidir de todos, arrogándolo a unos pocos. Y eso es intolerable.