Gracias a esta traducción de Kurt Folch, Chōmei en Toyama ya es un texto triple. En 1932, retirado en Rapallo y con la versión italiana a su disposición, Basil Buntig expurga y traduce el texto original en prosa de Hōjōki, un relato desde mi choza, escrito en 1212 por Kamo-no-Chōmei. Otrora burócrata imperial, y amparado en gran medida por el auge del budismo zen en esos años, últimos de la era Heian, el poeta japonés decidió apartarse del mundo en busca de la naturaleza.
En el prólogo del libro se afirma que para Bunting el texto tenía un tono elegíaco no desarrollado del todo. Es así como el poeta británico decide quitar las abundantes referencias historiográficas y fijar el texto en verso, al parecer imitando la forma waka, que era la forma practicada por el poeta y músico japonés.
Sin duda la tradición literaria japonesa debe ser una de las más poéticas y colmadas de sabiduría. Este texto, intuyo que poco conocido por los lectores occidentales, confirma esta larga tradición de retiro (y/o peregrinación), donde la observación natural fusiona al ser con el paisaje. Dice Chomei-Bunting: “Prisionero de ningún paisaje/ ni de ninguna estación/ la mente se mueve en una cosecha/ ilimitada”.
Por otra parte, resulta muy interesante el gesto de lectura de Basil Bunting, quien ejecuta una especie de ensayo a la inversa: en vez de citar o glosar un texto, deja lo que le parece esencial y lo versiona. Además, el hecho de que fuera una de sus lecturas, lo engarza con una tradición en la cual él entraba a la perfección. Quizá no esté demás mencionar que Bunting era muy cercano con Ezra Pound, uno de los principales introductores de la cultura oriental en Occidente.
Ante la sabiduría de un texto como el que nos ocupa, surge la cuestión por lo contemporáneo, sobre todo en relación a la naturaleza y la vida en grandes ciudades. En un pasaje, Chōmei nos recuerda que en esa época los impuestos eran rebajados a quienes menos contaminaran con leña; y un poco más adelante, encontramos lo siguiente: “Sin leñera, hay madera suficiente en el bosque”. A lo largo del texto, de manera muy sutil, está desplegada una ecología de la mente, del espíritu y de la naturaleza.
Conforme el texto avanza, notamos el alejamiento del poeta. Comienza relatando un incendio brutal en la ciudad, comenta el cambio de capital, después cuenta la historia de un padre pobre y termina hablando de su propia austeridad, aunque aclara: “todo esto es apenas personal. / No predico la vida simple/ a quienes aman la vida opulenta”.
Por último, Chōmei en Toyama no es sólo un texto contemplativo, que lo es, sino también el devenir de una vida que sufre un quiebre económico e ideológico con el mundo, se vuelve lo que hoy llamaríamos un desclasado, y al percibir la intrascendencia (mujo, en japonés) de estas faenas, decide alejarse. La escritura, la compañía de las notas que practicaba en su biwa, el otoño y el grillo nocturno repitiendo “¡vida inconstante!” serían los maestros a los cuales confiaría su silencio, templo interior donde extinguiría sus días como Kamo-no-Chōmei, el año 1216, en Hino.