Llevamos más de 100 años buscando un cuerpo celeste oculto en nuestro sistema Solar ¿Y si no sólo fuera uno?
A principios del siglo XX se abrió un interesante debate en la comunidad astronómica. Algunos investigadores, como Percival Lowell (descubridor de los engañosos "canales de Marte"), un acaudalado norteamericano que pasaba largas horas delante del telescopio, se percataron de que las órbitas de los "gigantes helados", Urano y Neptuno, se estaban viendo levemente alteradas por una fuerza ignota. Lowell, como más tarde haría el denostado Zecharia Sitchin, llegaría a la conclusión de que este extraño fenómeno sólo podía obedecer a la existencia de un planeta oculto, con una órbita solar tan excéntrica que sólo sería observable en intervalos de cientos de años.
Este hipotético cuerpo celeste recibiría el nombre de 'Planeta X', o Nibiru, como lo denomó Sitchin, posteriormente. De acuerdo con los cálculos de Lowell, el 'Planeta X' debía de tener una masa 6,6 veces mayor que la de la Tierra para provocar ese efecto en Urano y Neptuno. Sin embargo, el enigma no duró demasiado. Cuando la sonda Voyager 2 se aproximó a Neptuno y Urano, entre los años 1986 y 1989, se descubriría que la masa total de los planetas era mayor de lo que creían los científicos. Este hallazgo explicaba por sí mismo las supuestas anomalías de las que hablaba Lowell. Fin del misterio.

Disconformes y ciertamente decepcionados con la explicación oficial, ciertos investigadores heterodoxos siguieron escrutando el cielo en busca de respuestas. Algunos pusieron sus esperanzas en Plutón, descubierto en 1930 por un seguidor de Lowell. Sin embargo, pronto se descartó que fuera el planeta perdido debido a su reducido tamaño, muy lejos del proyectado por el astrónomo norteamericano.
En un intento de despejar todas estas dudas, la comunidad científica ha acabado remodelando su clasificación planetaria, distinguiendo entre los planetas propiamente dichos y los llamados 'enanos'. Estos últimos, al igual que sus hermanos mayores, giran en torno a una estrella, y poseen gravedad propia. Sin embargo, a diferencia de los mundos más grandes, los 'enanos' no "han limpiado la vecindad de su órbita", es decir, no han terminado de formarse completamente, atrayendo o repeliendo los cuerpos de su alrededor, por lo que están rodeados de rocas en suspensión, que en cualquier momento pueden colisionar con ellos.
Según la Unión Astronómica Internacional (UAI), los objetos celestes que se sitúan más allá de Neptuno reciben el nombre de 'transneptunianos'. Si dichos objetos son, además, planetas enanos se les denomina 'plutoides'. Fruto de esta nueva clasificación, que la UAI introdujo el 24 de agosto de 2006, se produjo la famosa 'degradación de rango' de Plutón, que no sentó muy bien entre algunos astrónomos románticos, que lo consideraban una pequeña parte de su vida nocturna y noctámbula. Aunque también hubo 'ascensos', como los de Ceres o Eris, considerados asteroides hasta ese momento. Los últimos en unirse a esta selecta lista han sido Makemake y Haumea, dos pequeños planetoides de varios miles de kilómetros que se encuentran en el cinturón de Kuiper y siguen órbitas solares de varios siglos de duración.
Explorando Haumea
Pero descubrir este tipo de objetos no es un proceso sencillo, ni rápido. Las enormes distancias a las que se mueven, unidas a su reducido tamaño y escaso brillo, dificultan enormemente la labor de los astrónomos, que tienen que recurrir a técnicas como la ocultación, es decir, la observación del paso de estos astros por delante de las estrellas de fondo, como si se tratara de un microscópico eclipse. Además, este tipo de descubrimientos suelen venir precedidos de una minuciosa y lenta labor de comprobación de las decenas de miles de imágenes obtenidas mediante telescopio, que los astrónomos comparan para hallar 'anomalías'.
El astrofísico José Luis Ortiz (Granada, 1967) ha jugado un papel clave en el hallazgo de uno de estos planetas enanos: Haumea, un astro que se sitúa en el Cinturón de Kuiper, a unas cincuenta veces la distancia entre la Tierra y el Sol. Este investigador del Instituto Astronómico de Andalucía lidera, desde hace décadas, un equipo que se ocupa de la búsqueda de cuerpos celestes que se hallan más allá de Neptuno, (transneptunianos'). "Nos dimos cuenta en 2005, tras más de dos años revisando imágenes".
Desde ese momento hasta ahora hemos aprendido muchas más cosas sobre el diminuto y lejano planeta. Haumea (que recibe su nombre de la diosa hawaiana de la fertilidad y el alumbramiento) se formó al mismo tiempo que el Sistema Solar, hace unos 4.500 millones de años. Gira alrededor del Sol en una órbita excéntrica que tarda 284 años terrestres en completar, y posee una velocidad de rotación de 3.9 horas, mucho más rápido que cualquier otro cuerpo de más de cien kilómetros de todo el Sistema Solar. Esta velocidad provoca que Haumea se haya deformado mucho, adquiriendo una forma elipsoidal similar a la de "un balón de rugby". Con unos años tan largos no tendríamos que preocuparnos por la declaración de la renta, nunca viviríamos tanto tiempo. Eso sí, mejor llevar muda y abrigo...

Haumea mide unos 2.320 kilómetros de lado a lado, más o menos las distancia que separa Madrid de Varsovia. Su superficie está "helada" y carece de atmósfera. De momento se desconoce lo que hay debajo. Según apunta Ortiz "los nuevos datos de densidad" nos hacen deducir que habría "hielo y silicatos", aunque no se descarta que haya agua líquida, pese a que "no sea lo más probable".
Pero lo que más ha llamado la atención sobre Haumea dentro de la comunidad científica es su anillo planetario, un elemento que hasta hace muy poco tiempo los científicos adscribían exclusivamente a los planetas grandes como Saturno o Júpiter: "Hasta hace apenas unos años solo conocíamos la existencia de anillos alrededor de los planetas gigantes y, hace muy poco tiempo, nuestro equipo también descubrió que dos pequeños cuerpos situados entre Júpiter y Neptuno, pertenecientes a la familia de objetos denominados centauros, tienen anillos densos, lo que fue una gran sorpresa. Ahora hemos descubierto que cuerpos aún más lejanos que los centauros, más grandes y con características generales muy distintas, también pueden tener anillos", destaca Pablo Santos-Sanz, también miembro del equipo del IAA-CSIC.
"Hay varias explicaciones posibles para la formación del anillo, por ejemplo pudo haberse originado tras una colisión con otro objeto, o por la liberación de parte del material superficial debido a la rápida rotación de Haumea", apunta Ortiz (IAA-CSIC). Se trata del primer hallazgo de un anillo alrededor de un objeto transneptuniano, y muestra que la presencia de anillos podría ser mucho más común de lo que se creía, tanto en nuestro Sistema Solar como en otros sistemas planetarios.
¿Planeta(s) X?
Lo cierto es que, pese a todos los avances técnicos que nos permiten divisar galaxias que se encuentran a miles de millones de años luz (como la vetusta GN-z11, que se encuentra a 13.400 millones de años luz) seguimos siendo auténticos miopes a la hora de buscar objetos no luminosos, tal y como reconoce José Luis Ortiz: "Tenemos relativamente bien rastreado nuestro sistema solar hasta unas 50 unidades astronómicas (1 UA es la distancia entre la Tierra y el sol), y podríamos alcanzar las 70 u 80. No sabemos lo que hay más allá porque nuestros telescopios son limitados"
La naturaleza tiene una forma caprichosa de presentarnos las cosas. Podríamos construir un telescopio que ocupase decenas de kilómetros, capaz de hacernos ver mucho más lejos que cualquiera de los que pueblan la faz de la Tierra, pero no nos serviría de mucho. La enorme profundidad de foco de un aparato tan inmenso provocaría que sólo fuéramos capaces de divisar una mínima porción del universo, lo que nos obligaría a rastrearlo, palmo a palmo, centímetro a centímetro... Sería como intentar ver una mosca en una habitación con unos prismáticos.
Ortiz reconoce que están experimentando algo similar a lo que les sucedió a los astrónomos que encontraron Plutón. "Se pensaba que Plutón era el 'Planeta X', pero resultó que no. 100 años después nos encontramos con no uno, ni dos, ni tres, sino muchos objetos más allá de Plutón que nos han pasado completamente desapercibidos".
El descubrimiento reciente de estos microplanetas ha provocado que algunos investigadores comiencen a retomar el olvidado sendero del 'Planeta X', más de un siglo después de que Percival Lowell lo recorriera sin éxito. Aunque quizás la cuestión no resida en el qué sino en el cómo. Al fin y al cabo, si ni con la tecnología más puntera somos capaces de ver más allá de nuestras "narices espaciales", no parece descabellado pensar que otros mundos, grandes o pequeños, próximos o lejanos, estén ahí, esperando a que un intrépido astrónomo se tope con ellos, como quien tiene la suerte de columbrar una fugaz estrella en el frondoso firmamento de una despejada noche estival.