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El efecto Cataluña

jueves 12 de octubre de 2017, 08:47h
El efecto Cataluña ha producido un realineamiento de alianzas políticas de gran calado en toda España. En Cataluña ha resquebrajado el bloque independentista. Para empezar -ya lo vimos ayer- ha irritado profundamente a los radicales de la CUP, que se han visto sorprendidos, cuando no engañados, con un texto de última hora que ponía sordina a la declaración de independencia. El efecto puede ser letal, si el grupo radical hace buena su amenaza y se retira del Parlament: dejaría en minoría a los independentistas y haría posible la propuesta de Ciudadanos (Inés Arrimadas) de un voto de censura que acabaría con el gobierno Puigdemont, abriendo la puerta a unas elecciones autonómicas.

Entre los partidos constitucionalistas, la amenaza de una independencia declarada, para ser suspendida acto siguiente, ha producido un acercamiento PSOE-PP y una relación de confianza, casi cordialidad, entre Rajoy y Pedro Sánchez impensable hace algunos meses. Una relación que, de un lado, ha permitido el planteamiento del art. 155 de la Constitución que, en principio, faculta al gobierno central (con la autorización del Senado) a controlar el gobierno de la Autonomía. Por otro lado, el PP ha aceptado entrar en una dinámica de reforma de la Constitución de 1978. El resultado es que, al día de hoy, el bloque constitucionalista es sólido y cuenta con más del 70% del Congreso.

El art. 155 (inspirado en la ley de Bonn) exige un requerimiento previo a la Autonomía que esté en situación de incumplimiento e ilegalidad (como es el caso de la Generalitat). El requerimiento (sin duda, pactado entre Rajoy y Pedro Sánchez) es hábil: Puigdemont deberá aclarar si en la farsa del martes pasado, declaró o no la independencia de Cataluña: una disyuntiva que coloca a Puigdemont entre la espada del 155 y la pared de la CUP. Pero, las cosas son menos dramáticas de lo que parece...por ahora.

Porque, la escenificación del Congreso, en donde Rajoy estuvo impecable, y Albert Rivera espléndido, se desarrolló con solemnidad, pero con suavidad. Algo que produce la impresión de que, si bien Puigdemont el martes suspendió una declaración que no se sabe bien qué fue, el Gobierno ha concedido unos plazos muy amplios para responder a su requerimiento, tanto que deja una puerta abierta a no aplicar unas medidas que no son fáciles ni deseadas. Parece, pues, que nadie ni en la Generalitat ni en el Gobierno le hace especial ilusión apretar el botón nuclear
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