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clausura del Rock in Río

Bob Dylan, gotas de leyenda en el cierre de Rock in Río

lunes 07 de julio de 2008, 09:17h
Con sombrero de ala ancha, algunas ornamentos al cuello y una chaqueta negra con esa elegancia suya de la América profunda, Dylan se mostró cómodo, feliz, sobre el escenario, de lado, sin dirigirse al público, que le veía frontalmente gracias a dos enormes pantallas.

La clase, la categoría, el estatus de leyenda viva del rock le permiten a Dylan dedicarse a su vocación, la música. Al diferencia de muchos artistas, que tocan para el público, que se exponen a él, como si fuera éste su razón de ser, con Bob Dylan pasa otra cosa. El espectador se siente como un afortunado que presencia a músicos haciendo lo que más les gusta, tocar y, que, casualmente, lo hacen en un espacio abierto con unas decenas de miles de personas observándoles.

Pero el protagonista de la noche —con permiso de los Franz Ferdinand y Lenny Kravitz— comunicaba a su manera, y concedió una serie de sonrisas que se agradecían, raras en un gesto por lo normal adusto. Estaba a gusto y eso se notaba.
Dylan disfrutó en la hora y cincuenta minutos que duró la actuación, con temas de rock clásico, puro, de resonancias enteramente norteamericanas, que nos hablan de una cultura musical consolidada, un género popular del que el cantautor se nutre y regodea. El público, que quizá no conociera muchos de estos temas, se dejó llevar por estos ritmos dinámicos, con fraseos del rock más tradicional de los años cincuenta, que se digerían ligeros.

Con esa pasta roquera esta hecho su último trabajo, “Modern Times”, del que se escucharon varios temas, como ese gran clásico que también toca Eric Clapton en su “Unplugged”, Rollin’ & Tumblin’. La banda, perfectamente uniformada de traje oscuro, aportaba ese empaque estético que tan buen conjunto visual generaba.

Hubo pocas concesiones a la nostalgia, algo que se echó en falta, pero que a Bob se le perdona. Una versión de su clásico “Just like a woman”, remozada en su totalidad, o “Highway 61 revisited”, reciclada con nuevos sonidos. Pero daba igual, era Bod Dylan, la noche era agradable, en pleno mes de julio y lo mejor estaba por llegar.

Porque después del recital de rock culto, con esa voz áspera, rota, intermitente, ajada, llegaría una pausa antes del bis definitivo, que puso la carne de gallina al respetable. Escuchar a Bod Dylan desgañitarse con “Like a rolling stone”, tocarlo como si fuera la primera vez es una experiencia que bien vale todo un Rock in Río. El público le ovacionó, pero él, los músicos, estaban a otra cosa, a hacer música. Recogieron sus bártulos y se fueron. La “Never ending tour” continúa, nunca termina.

No fue un concierto memorable, pero sí un buen concierto, en el que Dylan regaló unas gotas de leyenda que público las saboreó como oro musical, como un extraño privilegio que mereció la pena ir a buscar.