Uno intenta ponerse en el pellejo del que tiene enfrente para poder comprender por qué hace lo que hace. En un sano ejercicio de empatía, unas veces se llega a comprender la razón final de un determinado comportamiento o la motivación de un argumento concreto, pero otras no hay forma de entender absolutamente nada de lo que pasa por la cabeza del que piensa diferente. Este último es el caso de Carles Puigdemont.
Para ser justos hay que reconocer que no es para menos. La sesera del president debe ser un enjambre loco de ideas y pensamientos encontrados. Por una parte querrá pasar a la Historia de España como el presidente que dio la independencia a Cataluña. Está en su mano. Puede hacerlo. Otra cosa es lo que dure. Del mismo modo, seguro que ocupan bastantes gigas en su disco duro mental las posibilidades de acabar con sus soberanas posaderas en la cárcel.
Efectivamente, no debe ser nada fácil –y lo entiendo así intentando meterme en su cabeza de famoso peinado– aceptar una realidad que te lleva inexorablemente a prisión tras hacer una ansiada, y a la vez obligada, declaración unilateral de independencia. Así nos ha dicho ya su entorno más febril y radical, que asume como respuesta al 155 que la cursi DUI preceda a su detención.
Está por ver si la guardia pretoriana de la que se ha provisto en los últimos días en el Palau de la Generalitat tiene orden de defenderle hasta la muerte –obviamente estoy exagerando– o si, por el contrario, está tan asumido que bajará esa cabeza siempre bien peinada para entrar en el coche policial que tan solo luchará por salir guapo, pero con cara de mártir, en la foto que esperan dé la vuelta al mundo como ejemplo de la injusticia que sufre la pobre Cataluña a manos de un Estado represor y antidemocrático como España.
Su realidad, dura realidad, será la que viva cuando ingrese en prisión y los que le jaleaban para que declarara la independencia saldrán a la calle a protestar, a insultar a la Policía y la Guardia Civil y a Rajoy y al PP y al Rey, pero luego se tomarán todos unas cervezas con unas aceitunas de Jaén en el bar de la esquina y dormirán en su casa.
Eso duele, pero no es menos inquietante para el que ya no puede hacer nada ver que el debate en el entorno independentista tras su detención no es cómo sacarle de la trena sino cómo hacer frente a la usurpación de sus instituciones. Como no todo va a ser malo, quizá alivie un tanto su agonía el Estado de Derecho si conviene que debe acompañarle el resto de miembros del Govern.
Y mientras, el presidente ruso les echa una mano criticando el doble rasero de la UE al aceptar la independencia de Kosovo y negar, sin embargo, la de Cataluña. Esto es más difícil. Meterse en la cabeza del zar, que opina que un catalán que ha ido a una ‘manifa’ y ha visto de cerca la porra de un policía merece la independencia porque ha sufrido lo mismo que un kosovar al que han asesinado a toda su familia y todos sus vecinos y han quemado todo su pueblo, es un ejercicio complicado de superación demagógica. ¿Este es el esperado apoyo internacional?
Prometo que he intentado entenderlo, pero no llego. Lo que sí entiendo es que cuando el sector independentista despierte de su sueño fantástico se encontrarán con más de uno todavía en la cárcel, con una Cataluña tan española como siempre y, lo peor, muy arruinada. Por cierto, la cuenta de esta película la pagamos todos. ¡Hasta los de Jaén!