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ENSAYO

Edurne Portela: El eco de los disparos. Cultura y memoria de la violencia

domingo 22 de octubre de 2017, 18:09h
Edurne Portela: El eco de los disparos. Cultura y memoria de la violencia

Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017. 224 páginas. 19,50 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

Edurne Portela nos presenta una obra en la que literatura, ética, filosofía e historia van de la mano. Un relato en el que a partir de experiencias vividas en primera persona, nos acerca lo que ha implicado e implica la trayectoria de ETA en el País Vasco.

La violencia es el elemento que permea a lo largo de todo el ensayo, tanto por lo que supuso en el pasado como por las consecuencias que ha legado para el presente-futuro. En este sentido, la autora es consciente de que hay diferentes formas de aproximarse a dicho objeto de estudio. De ahí que escrute numerosas obras literarias y productos cinematográficos donde se ha analizado. Sin embargo, no se trata de una mera enumeración sino que discute sobre los puntos de vista que en dichos materiales aparece, emitiendo juicios con los que no siempre el lector estará de acuerdo.

La valentía es uno de los rasgos de la autora: “Para la mayoría de la ciudadanía vasca la violencia ha sido ordinaria, omnipresente y por lo tanto normalizada” (p.18). Se trata, en consecuencia, de una premisa no solo aplicable a los nacionalistas o a quienes compartían la ideología de ETA que aceptaron como normal que determinadas personas por su cargo político, por su desempeño profesional, por su ideología o por su clase social fueran objeto de la violencia. En palabras de Portela “la práctica del silencio en nuestra sociedad tiene que ver más con la imposición del discurso unívoco de los violentos que con la represión por parte del Estado español” (p.56).

Como se aprecia, se desmarca de la corrección política y critica a la familia nacionalista “por la complicidad y la justificación que ha hecho no tanto de la violencia en sí pero sí de sus motivos y sus fines” (p. 66), añadiendo que la equiparación de víctimas asesinadas por ETA y aquellas otras catalogadas de víctimas del Estado es perversa y falsa (p.119). Al respecto, matiza de manera nada baladí que a estas últimas solo las ha reivindicado la izquierda abertzale y recientemente grupos vinculados al nacionalismo moderado.

Igualmente, Edurne Portela rechaza el lenguaje empleado por ETA y su entorno. Es más, sostiene que el nacionalismo vasco ha controlado y ha diseñado el imaginario lingüístico en el País Vasco. Este fenómeno se observa también hoy en día ya que, como sostiene el profesor Luis Castells, se busca crear una “verdad confortable que nos otorgue tranquilidad”. De ahí el abuso hasta la saciedad de expresiones como “necesidad de reconciliación”, “consenso” o “visión compartida”. Manuel Montero o Joseba Arregi han expresado posiciones muy similares.

En función de estos argumentos no debe sorprender que Edurne Portela huya, empleando para ello argumentos sólidos, de la euforia que se percibe por el final de ETA y condene el deseo de buena parte de la ciudadanía y de la clase política (vasca) de pasar página lo antes posible sin hacer la obligatoria autocrítica previa. Con sus mismas palabras: “Lo que necesitamos en estos momentos no es que nos arropen y nos tranquilicen para así pasar página, sino que nos dejen al descubierto, con la incertidumbre de preguntarnos cuán cómplices hemos sido de la violencia y analizar lo más honestamente posible nuestra respuesta” (p. 185). Todo ello sin olvidar, nos recuerda la autora, que el terrorista de ETA mantiene en la actualidad un entorno social que legitima su trayectoria (no tan alejada en el tiempo, cabe añadir) liberticida como se desprende de los homenajes que reciben los etarras cuando vuelven a sus localidades tras salir de prisión. Este obsceno hecho topa frontalmente con el tan cacareado deseo de “normalidad”.

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