Entre los santos del 22 de octubre está San Juan Pablo II Papa, que ha pasado a la historia como “El Grande”. Una de las características de la tradición bíblica es que la historia se concibe como el escenario en que se desarrolla el drama de la salvación humana. Nada en ella es simplemente “casual”. Por eso, las celebraciones, las fiestas y las conmemoraciones aspiran a recordar y, a través de la memoria, proyectarnos hacia el futuro.
España está atravesando un tiempo convulso. El desafío nacionalista al orden constitucional ha desembocado en el intento de golpe de Estado presenciado en las últimas semanas. Todos hemos sido testigos de cómo se ha dinamitado la convivencia en Cataluña so pretexto de realizar la voluntad “democrática” de una minoría nacionalista frente a la mayoría que no lo es. Todos hemos visto el adoctrinamiento en colegios y los institutos de toda Cataluña. Hemos asistido a la utilización de los recursos de la Administración Pública -las fuerzas de seguridad, los medios de comunicación, los servicios sociales- para favorecer a unos ciudadanos frente a otros. Así, el nacionalismo ha ido envenenando Cataluña y sembrando la división y el enfrentamiento.
Los nacionalistas han tratado de emplear a Europa como coartada y legitimación de la ruptura del orden constitucional. A pesar de las sucesivas advertencias llegadas desde las instituciones de la Unión Europea, los separatistas han buscado en la bandera azul estrellada el refugio político que la ley no les brindaba.
Pero no debemos dejarnos engañar por esta retórica que pretende ser “europeísta”.
No hay nada más antieuropeo que el nacionalismo. No hay mayor traición a lo que nuestro continente representa que esta devoción por la “voluntad de la gente” que torpedea las instituciones, hace estallar los consensos y vuela por los aires décadas de vida en común.
La historia de los últimos dos siglos nos muestra la diferencia que va del patriotismo al nacionalismo. El culto a la nación -esa idolatría moderna- se ha cobrado la vida de millones de europeos en dos guerras mundiales y numerosos conflictos regionales que han asolado el continente.
Juan Pablo II lo vio todo.
Él vivió el horror de la ocupación de Polonia, la destrucción de las comunidades judías, el terror del yugo comunista, la entronización de la mentira que suponen todos los nacionalismos. Pocos como él amaron a Polonia -él, que era el eslavo entre los latinos y el latino entre los eslavos- pero nadie comprendió como este hombre lo que, de verdad, significaban las raíces de Europa: su apertura al mundo, su universalidad, su verdadera vocación en la historia:
“[…] yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos; Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las. otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: «lo puedo».” (Discurso en el Acto Europeo en Santiago de Compostela, 1982).
Él tuvo palabras clarividentes sobre el peligro que suponían los nacionalismos separatistas que amenazan a Europa en España, Italia y otros países. Él sabía que en ese altar de la “nación” se inmolan vidas humanas y que ese ídolo jamás queda satisfecho. Así hablaba a los obispos italianos en 1999 mientras los separatistas padanos alimentaban el odio en Italia:
“Me refiero especialmente a las tendencias corporativas y a los peligros de separatismo que, al parecer, están surgiendo en el país. A decir verdad, en Italia, desde hace mucho tiempo, existe cierta tensión entre el Norte, más bien rico, y el Sur, más pobre. Pero hoy en día esta tensión resulta más aguda. Sin embargo, es preciso superar decididamente las tendencias corporativas y los peligros de separatismo con una actitud honrada de amor al bien de la propia nación y con comportamientos de solidaridad renovada. Se trata de una solidaridad que debe vivirse no sólo dentro del país, sino también con respecto a toda Europa y al tercer mundo. El amor a la propia nación y la solidaridad con la humanidad entera no contradicen el vínculo del hombre con la región y con la comunidad local, en que ha nacido, y las obligaciones que tiene hacia ellas. La solidaridad, más bien, pasa a través de todas las comunidades en que el hombre vive: en primer lugar, la familia, la comunidad local y regional, la nación, el continente, la humanidad entera: la solidaridad las anima, vinculándolas entre sí según el principio de subsidiariedad, que atribuye a cada una de ellas el grado correcto de autonomía.
Además, no se puede descuidar el peligro de que este examen de conciencia, plenamente legítimo y necesario para el renacimiento de la sociedad italiana, se convierta en ocasión para una perjudicial manipulación de la opinión pública. Desde luego, es correcto que los presuntos culpables sean juzgados y, en caso de que sean realmente culpables, sufran las consecuencias legales. Pero, al mismo tiempo, es preciso preguntarse hasta dónde llegan los abusos y dónde comienza un normal y sano funcionamiento de las instituciones al servicio del bien común. Es evidente que una sociedad bien ordenada no puede poner las decisiones que afectan a su futuro únicamente en manos de las autoridades judiciales, pues el poder legislativo y el ejecutivo tienen sus competencias y responsabilidades específicas.
La misión de la Iglesia a este respecto es, por tanto, la de exhortar a la renovación moral y a una profunda solidaridad de los italianos, de suerte que se aseguren las condiciones para la reconciliación y la superación de las divisiones y los enfrentamientos.”
Ojalá se recordase en Cataluña, donde tantos se han servido de la religión para alimentar el nacionalismo, ese inciso final sobre la misión de la Iglesia.
Feliz día de San Juan Pablo II el Grande, Papa.