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NOVELA

Kyoichi Katayama: Un grito de amor desde el centro del mundo

domingo 29 de octubre de 2017, 19:45h
Kyoichi Katayama: Un grito de amor desde el centro del mundo

Traducción de Lourdes Porta. Alfaguara. Barcelona, 2017. 200 páginas. 15,90 €. Precedida por un éxito espectacular en Japón, donde ha vendido más de tres millones y medio de ejemplares, nos llega esta emocionante historia, una suerte “love story” a la japonesa. Por José Pazó Espinosa

Pocas veces un libro de un novelista contemporáneo viene avalado por tres millones de ventas en su propio país. Aunque si ese país es Japón, la cosa, aunque improbable, es posible. Los japoneses son ávidos lectores, y algunos recordarán el éxito en los años 90 de Sarada Kinenbi (El aniversario de la ensalada), un libro de poesía que vendió más de un millón de ejemplares en pocos meses. Porque eso es Japón, un país en el que los libros aún tienen una fuerza extraordinaria. Internet existe, pero es una fuerza paralela, no antagonista, no es el papel secante de la lectura en el que se ha convertido en algunos países como España. ¿O quizá la lectura no haya existido con ese poder masivo en algunos países, como España, incluso antes de internet?

El caso es que Un grito de amor desde el centro del mundo, de Kyoichi Katayama, recientemente publicado por Alfaguara, viene avalado por tres millones de ejemplares vendidos en su propio país y unas críticas en España muy favorables. Los críticos señalan que ha superado en número de ventas (y rapidez en ellas) al mismísimo Murakami, como si de una competición de sacar músculo novelístico se tratara. Como si estos libros, en vez de a la cultura pertenecieran al ámbito del culturismo. Libros hormonados y anabolizados capaces de hacer ricos a un autor y a una editorial en pocos meses. Sin embargo, nada más lejos de nuestro interés que juzgar a un libro por sus ventas. Aunque las admiremos y envidiemos, claro está.

Algunos críticos, como señalamos antes, han relacionado este libro con Murakami. Y, sin embargo, nada más lejos de nuestra opinión. Murakami es un autor que mezcla realidad con fantasía, que trenza siempre escenas en las que lo cotidiano se difumina con lo sobrenatural y lo trascendente. Las obras de Murakami son obras de teatro Noh contemporáneas en las que los personajes tienen una corporeidad fantasmal y una espiritualidad que nos habla muchas veces desde el más allá, por más que esos personajes estén vestidos con ropajes del hoy más internacional y globalizado. La obra de Katayama es muy diferente. Sus personajes parten de una realidad absoluta, por otro lado muy simple: escolares japoneses adolescentes en busca del amor. Escolares que, en vez del amor, encuentran la muerte, o un amor y una muerte como caras de la misma moneda.

Hoy en día, es difícil en la literatura japonesa contemporánea escapar de la muerte. En la reciente novela de Kazumi Yumoto Los amigos, unos niños espiaban a un viejo para ver cómo moría; en El viaje a la costa, una mujer se reencontraba con el fantasma de su marido, que venía del más allá tras su suicidio, para hacer comprensible el adiós. En esta novela de Katayama, dos adolescentes se quieren y uno de los dos muere. El que permanece, rememora su vida desde la ausencia, desde el vacío que dejó la muerte.

El argumento es muy simple, y la novela carece de giros extraordinarios. Es una obra sencilla y muy fácil de leer. Una novela, en cierta manera, para lectores del tiempo en el que la lectura no puede exigir una atención grande. Frente a complejidad de Murakami, esta novela se desliza con una linealidad carente de exigencias, a pesar de los flashbacks.

El amor representado no es el amor del deseo ni el que emana de la belleza, sino, de forma muy japonesa, el que se deriva de la comprensión del otro. Esa comprensión se ve interrumpida por la enfermedad y por el intento de trascenderla. Por último, el amor es representado por las cenizas, que es una de las formas del recuerdo. Quizá esa parte sea una de las más inquietantes. En la novela, el abuelo del protagonista, un hombre viudo y de un espíritu libre, confiesa el amor, no por su mujer muerta sino por otra mujer a la que amó de joven y con la que no se pudo casar. Decide implicar a su nieto en el robo de parte de las cenizas de la mujer amada para mezclarlas con las suyas.

Curiosamente (y no se dice en la novela), las cenizas de los muertos en Japón son un elemento sagrado y único, no se deben separar en trozos o partes, o se atraerá la mala fortuna. Al ir contra ese tabú, y al implicar a su nieto, se cierne sobre ellos una oscura sombra cargada de premoniciones. La enfermedad es anticipada por uno de los dos jóvenes amantes, y es cumplida por el otro sin sentido aparente. Aunque es el mismo abuelo el que acaba dando sentido a esa muerte al decir al protagonista y narrador: “Nosotros somos incapaces de albergar sentimientos negativos respecto a un muerto. No podemos ser egoístas ni interesados. Por lo visto, ha sido así desde siempre. Haz una prueba. Analiza tus sentimientos respecto a tu novia muerta. Tristeza, arrepentimiento, compasión… Ahora deben hacerte sufrir mucho, pero no son malos sentimientos. No hay ni uno solo que sea malo. Todos te hacen crecer, te enriquecen. ¿Por qué será que la muerte de un ser querido nos hace mejores? Tal vez sea porque la muerte está claramente separada de la vida y no acepta ninguna influencia de parte de los vivos. Quizá sea esta la razón de que la muerte de las personas nos enriquezca”.

Esta reiterada presencia de la muerte en la literatura japonesa puede parecer accidental, pero nada más lejos de la realidad. Japón, ese mundo vibrante y flotante, es el reino de la impermanencia trascendente aún hoy en día. Esta crítica la escribo desde Tokio, un día de lluvia. En el avión que me trajo, grupos de estudiantes nipones volaban desde Londres, con sus uniformes blancos y negros, similares a los de los protagonistas de esta novela. En Tokio me esperaba un amigo.

Tras una ligera comida de ramen, nuestros pasos se encaminaron accidentalmente al santuario shinto del zorro, encajado en Idabashi entre edificios de grandes compañías. Luego, como quien te lleva a la terraza de su casa, para enseñarte una planta, me llevó a otro templo budista cercano, y allí al cementerio en el que estaba su familia. Entre tumbas musgosas, me contó el tabú de las cenizas y su separación. Son los misterios del más allá. Porque hasta las cenizas, niponas o no, como en el poema quevediano, “serán ceniza mas tendrán sentido, polvo serán mas polvo enamorado”.

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