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SU CONSUMO CREARÍA UN "ENTORNO CEREBRAL PERMISIVO"

Lluvia y granizo: del paraguas del alcohol al techo de la cocaína

Lluvia y granizo: del paraguas del alcohol al techo de la cocaína
(Foto: Pixabay)
Eduardo Villamil
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eduardovillamilelimparciales/16/7/16/28
viernes 03 de noviembre de 2017, 20:58h
Los científicos creen que el consumo habitual de bebidas alcoholicas "prepara" nuestra mente para drogas más duras.

A nadie se le escapa que la cocaína es una de las drogas más adictivas. Aunque no sea de las más baratas, ni de las más potentes, esta sustancia siempre ha causado cierta fascinación entre los jóvenes, en parte, debido a la cultura popular: películas como Pulp Fiction y El precio del poder, o series como Narcos, han contribuido a mitificar la droga que tantos millones genera y por la que tantos millones han muerto.

El perfil medio de consumidor de este amado polvo blanco maldito ha evolucionado notablemente desde los años 80, cuando se volvió realmente popular. Ya no se reserva a jóvenes (y no tan jóvenes) de clase alta que la utilizan recreativamente en clubs de lujo. Como explica magistralmente Roberto Saviano en su libro CeroCero, hoy en día la coca "la consume quien está sentado a tu lado en el tren (...), el cirujano que está despertándose ahora para operar a tu tía y con la coca es capaz de abrir hasta a seis personas en un día, o el abogado al que tienes que ir para divorciarte (...), o el cantautor al que estás escuchando para relajarte (...), o bien, sencillamente, la persona que la consume eres tú".

Según el último informe EDADES del Plan Nacional Sobre Drogas, la edad media de inicio en el consumo de cocaína es de 21 años, mientras que la edad a la que los adictos dan el paso para intentar dejarla es de 35 años, como indica el informe de 2016 del PNSD. Como en la mayoría de las drogas, la prevalencia en el sexo masculino es muy superior al femenino: por cada mujer que ha probado la coca, hay tres varones que la consumen.

Desde que se popularizara en las ochenteras pistas de baile norteamericanas, el consumo de cocaína (y otras sustancias como heroína y "crack") creció exponencialmente en todo el mundo "civilizado", ocasionando que desde el Gobierno estadounidense comenzara a hacerse realmente efectiva la frase "War on drugs"(Guerra contra las drogas), que el presidente Nixon acuñara en 1971. En aquella época los arrestos relacionados con las drogas se incrementaron un 128% y Pablo Escobar se convirtió en enemigo público número uno.

A partir de ese momento, la mayoría de gobiernos del mundo empezaron a endurecer sus legislaciones, a la vez que creaban nuevas agencias o divisiones dedicadas exclusivamente a la lucha contra el narcotráfico. España también tuvo su particular "War on Drugs", que se plasmaría en la famosísima "Operación Nécora", a través de la cual los principales capos gallegos de las Rías Bajas (Sito-Miñancos, Charlines y Oubiña) darían con sus huesos en la cárcel.

¿Qué sabemos?

La Ciencia ha pasado los mismos años investigando las drogas que las autoridades intentando combatirlas. En la actualidad conocemos muchas cosas sobre estas sustancias. Sabemos qué efectos provocan, sabemos que todas pueden generan adicción, después tolerancia y posteriormente síndrome de abstinencia. También sabemos que la vía más efectiva de administración es la intravenosa, seguida de la intranasal, y de la oral. Conocemos también qué daños físicos y psíquicos pueden provocar a corto, medio y largo plazo. Pero lo que todavía ignoramos es cómo interactúan unas sustancias con otras, es decir, qué influencia tiene un consumo previo, por ejemplo de alcohol, en el posterior uso de una sustancia más "fuerte".

"Hay drogas que expanden el alma, pero la cocaína es una droga que sólo te cierra el corazón. Es un tipo de droga solitaria y horrible que te encoge. Empecé consumiendo alcohol y después mucha cocaína", relataba Linda Hamilton (Sarah Connor en Terminator 2), en el programa de Oprah Winfrey hace ya más de 13 años.

Este testimonio ejemplifica a la perfección la relación entre dos drogas. Hamilton narra cómo consumía, en primer lugar alcohol, y posteriormente cocaína. Muchos científicos han evidenciado que existe una correlación entre el abuso de una sustancia y la búsqueda de otra más potente. El individuo empieza consumiendo una droga más "blanda", y cuando esa sustancia deja de tener un efecto en el sujeto, que ya se ha vuelto tolerante, busca algo más potente. Lo que se desconocía hasta ahora es el mecanismo mental que provoca este tipo de reacción.

Y eso es precisamente lo que ha decubierto un grupo de científicos de la Universidad de Columbia, del Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York (Estados Unidos) y del Instituto Karolinska (Suecia), quienes este viernes publican un artículo en la revista Science, explicando de qué forma se comporta nuestro cerebro al recibir este tipo de estímulos, provenientes de una droga.

Ratones, alcohol y coca

Para averiguarlo los investigadores realizaron varios experimentos con ratones. En el primero de ellos, les suministraron periódicamente cocaína a los animales para generar una adicción. Pasado un tiempo, los dividieron en dos grupos: el grupo A, no bebería alcohol, pero el grupo B, sí. Tras esto, los introdujeron en jaulas con palancas, a través de las cuales podrían pedir la sustancia (recompensa). Los animales en el grupo sin alcohol promediaron 18 presiones de palanca durante los períodos de tiempo de espera, mientras que el grupo preparado con alcohol tuvo una persistencia significativamente superior, promediando 58.

En una segunda prueba, que intentaba medir "la motivación para la autoadministración de cocaína", se pedía al animal que aumentara el número de presiones de palanca para ganar cada recompensa de cocaína por vía intravenosa posterior (0,8 mg/kg por inyección), hasta alcanzar cierto punto de corte, momento en que dejaba de presionar la palanca. "Descubrimos que los animales sin alcohol trabajaban para la cocaína hasta un punto de corte promedio de 310 presiones de palanca, mientras que los animales con cebadores de alcohol lo hacían hasta que alcanzaban un punto de corte promedio de 563", explican los investigadores.

De acuerdo a estos resultados, sustancias como el alcohol y la nicotina volverían nuestra mente más vulnerable a una posterior adicción, como la de la cocaína: "El consumo de alcohol a largo plazo, pero no a corto plazo, promueve la degradación mediada por el proteosoma de las histonas deacetilasas nucleares HDAC4 y HDAC5 en el núcleo accumbens, una región del cerebro esencial para la memoria basada en recompensas. La disminución de la actividad nuclear HDAC da como resultado la acetilación H3 global, creando un entorno permisivo para la expresión génica inducida por la cocaína", indican los científicos. De alguna forma, el alcohol actuaría como una lija que va menguando nuestra capacidad de resistencia psicológica y fisiológica, preparando a nuestra mente para decir "sí" a una droga más dura.

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