La tecnología cada vez acapara más esferas de influencia en la vida de todo ser humano. Por medio de un simple teléfono móvil cualquiera puede realizar, a distancia, miles de actividades, antaño inimaginables: desde hacer la compra, a reservar mesa en un restaurante, pasando por comunicarse con amigos y familiares, o conocer a otra gente. Sin embargo, estos poderosos avances, que facilitan enormemente nuestro día a día, tienen una contrapartida, un precio a pagar: la progresiva pérdida de nuestras habilidades sociales. Y eso no es en absoluto baladí.
A lo largo de milenios, el ser humano ha ido configurando no sólo su personalidad individual, sino también sus características sociales. Desde muy pronto quedó demostrado que el hombre necesita de los demás para tener éxito en sus empresas. Santo Tomás ya decía que para alcanzar la felicidad al individuo no les bastaba con "quererse bien a sí mismo", sino que también "debía querer bien a los demás". Este es un extremo que la historia de Christopher Johnson McCandless (que John Krakauer y Sean Penn recogerían en un libro y una película: "Into the Wild"), ilustra a la perfección.
Tras graduarse en Historia y Antropología en la Universidad de Emory (Georgia, Estados Unidos), en 1990, este joven estadounidense de 22 años donó todo lo que tenía (24.000 dólares) a la caridad y empezó a viajar por el país, usando el nombre de "Alexander Supertramp". Cansado del maternalismo vacío de la sociedad norteamericana, McCandless decidió dejar a un lado la civilización, se echó la mochila a la espalda y comenzó una aventura por varios estados norteamericanos (Arizona, California y Dakota del Sur), hasta llegar a su destino final: Alaska.
Sin embargo, las expectativas del intrépido senderista, ya convertido en eremita, pronto se escarcharían para confundirse con el gélido paisaje de esa Alaska indómita e inhóspita. McCandless se instaló en una zona llamada Stampede Trail, en pleno corazón del Estado norteamericano. Allí encontró un autobús (hoy convertido en lugar de peregrinación) abandonado que le serviría de improvisado refugio. Llevaba consigo una bolsa de arroz, un rifle Remington semiautomático, municiones, un libro sobre las plantas locales, varios otros libros y algo de equipo de campamento.
Pese a que Chris sobreviviría con éxito durante algunos meses, la falta de comida, el sepulcral aislamiento y las extremas condiciones de vida, terminarían por ocasionar la inevitable tragedia. El 6 de septiembre de 1992, dos excursionistas y un grupo de los cazadores de alces encontraron esta nota en la puerta del autobús:
“S.O.S., necesito su ayuda. Estoy herido, cerca de morir, y demasiado débil para hacer una caminata. Estoy completamente solo, no es ningún chiste. En el nombre de Dios, por favor permanezcan aquí para salvarme. Estoy recolectando bayas cerca de aquí y volveré esta tarde. Gracias, Chris McCandless. ¿Agosto?”
Su cuerpo sin vida se encontró en su saco de dormir dentro del autobús, con apenas 30 kilos de peso. Llevaba muerto más de dos semanas. La causa oficial de la muerte fue inanición.
¿Dónde están las llaves?

La triste historia de Chris McCandless demuestra hasta qué punto necesitamos a los demás para vivir y prueba las tesis de Aquino: por mucho que nos queramos a nosotros mismos, sin una cooperación y una "concordia" jamás alcanzaremos una vida plena.
El caso del norteamericano es extremadamente llamativo porque él buscó la soledad voluntariamente, retiro que, a la postre, supondría su sentencia de muerte. Desgraciadamente, muchas personas no están solas porque quieran. Por muy variadas razones una mujer u hombre de nuestro tiempo puede acabar inmerso en un alejamiento de los demás, y, en consecuencia, de él mismo.
"Hace unos 15 años empezamos a darnos cuenta de que la soledad supone un riesgo bastante serio para los problemas de salud. Es tan grave como el tabaquismo, la obesidad o comer una dieta alta en grasas con falta de ejercicio", explica Chris Segrin, jefe del Departamento de Comunicación de la Universidad de Arizona, que acaba de publicar un estudio al respecto.
En opinión de Segrin, cuando estamos solos nuestra mente opera de la misma forma que cuando perdemos las llaves de nuestro coche y tenemos prisa, aunque con un agravante: "Las personas solitarias experimentan ese mismo tipo de búsqueda frenética, no de las llaves del automóvil, sino de las relaciones significativas, pero no tienen la capacidad de escapar de ese estrés".
Según el equipo de la UA, cuyo trabajo acaba de ver la luz en la revista Health Communication, este tipo de circunstancias tienen un origen claro: la falta de habilidades sociales. Además, de no corregirse a tiempo podrían dar lugar a patologías como la depresión o la ansiedad, afectando no sólo a la salud mental, sino también a la salud física.
Existen cuatro indicadores básicos de habilidades sociales: la capacidad de proporcionar apoyo emocional a los demás; la autorrevelación, o aptitud para compartir información personal con otros; habilidades de afirmación negativa, o de hacer frente a las solicitudes irrazonables de los demás; y habilidades para iniciar de una relación, o de presentarse a los demás y llegar a conocerlos.
Para medir estas habilidades en la población, los científicos encuestaron a 775 personas, de entre 18 y 91 años, quienes respondieron a un test online. En todos los casos, aquellos individuos que presentaban dificultades para comunicarse o interactuar con los demás, sufrían de mayores problemas de salud física o mental, que los socialmente habilidosos.
Siempre hay esperanza

La buena noticia, según Segrin, es que aún estamos a tiempo para mejorar estas aptitudes, de la misma forma que ejercitamos la memoria o la lógica: "Existe terapia, asesoramiento y capacitación para aquellas personas que realmente quieran mejorar y trabajen con ellas", señala el investigador.
No obstante, en ocasiones debemos dejar atrás los árboles para divisar el bosque: "Uno de los mayores problemas es la falta de conciencia", señala Segrin, quien relata casos de personas que fracasan laboral o personalmente y siguen sin verse a sí mismos como "el problema".
Sin embargo, como advierten los autores del estudio, "el uso de la tecnología en general, y los mensajes de texto en particular, son probablemente uno de los mayores impedimentos para el desarrollo de habilidades sociales en los jóvenes de hoy en día. Todo está condensado y analizado en fragmentos de sonido, y esa no es la forma en que los seres humanos se han comunicado durante miles de años". De hecho, esta afinidad tecnológica provoca que "los jóvenes sean más tímidos en el cara a cara, y no están seguros de qué decir o qué hacer".
Los padres pueden ayudar a sus hijos no sólo limitando el tiempo de pantalla, sino también asegurándose de que los niños estén expuestos regularmente a situaciones que requieran interacción social en persona. "Un campamento de verano, un programa deportivo, un grupo de la iglesia...", todo vale a fin de que puedan "juntarse con compañeros para hablar y hacer cosas juntos", comenta Segrin.
La tecnología actual, lejos de ayudar, está entorpeciendo nuestra capacidad de comunicación personal, a la vez que genera falsas sensaciones de seguridad y compañía, en ningún caso sustituibles por una charla o una exposición pública. "Esperamos más de la tecnología y menos el uno del otro", indica la psicóloga del MIT, Sherry Turkle, que lleva décadas estudiando cómo afectan las nuevas tecnologías a nuestras relaciones personales.
Chris McCandless se exilió voluntariamente para vivir en armonía con la naturaleza, pero con nadie más. E incluso ésta terminó por "traicionarle". No hagamos lo mismo que él. No nos aislemos en el sombrío páramo digital, ignorando al resto de la humanidad. Abandonemos ese profuso bosque de unos y ceros para ver el de verdad. Sustituyamos el mensaje de texto por la charla cara a cara, el frío mapa por la animada calle, la "mala leche" por el "buen rollo"... Sólo así seremos capaces de salir de un autobús tecnológico que nos dirige irremisiblemente hacia la más yerma estepa, donde el silencio de la medianoche sólo es roto por distantes y melancólicos aullidos lobunos: la soledad.