www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ENSAYO

Sean McMeekin: Nueva historia de la Revolución Rusa

domingo 19 de noviembre de 2017, 18:46h
Sean McMeekin: Nueva historia de la Revolución Rusa

Traducción de Sandra Chaparro. Taurus. Barcelona, 2017. 525 páginas. 24,90 €. Libro electrónico: 12,99 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

Uno de los acontecimientos que marcó el siglo XX fue la revolución rusa. Ésta, simplificando, dio lugar al establecimiento del comunismo en un país (Rusia) y a su posterior expansión por diferentes partes del mundo. 1989 supuso el principio del fin de la aludida ideología con la implosión de la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín y la incorporación de las “democracias populares” al binomio Unión Europea-OTAN. A pesar de su fracaso, cien años después el proyecto (liberticida) comandado por Lenin sigue siendo objeto de análisis pormenorizados, como el que hallamos en la obra de Sean McMeekin.

En efecto, McMeekin se ha sumergido en los archivos y documentos desclasificados de la URSS para ofrecernos un trabajo mayúsculo sobre lo que sucedió en octubre de 1917 y por qué ocurrió. En este sentido, el lector deberá prestar atención al apartado de bibliografía, enriquecido con abundantes ilustraciones gráficas, así como al índice analítico en el cual recoge todos los nombres y organismos que aparecen en el libro.

El autor no empieza su narración con el golpe de Estado llevado a cabo por Lenin y sus camaradas sino que hace una profunda labor de contextualización (capítulos 1-10) de la Rusia de fines del siglo XIX e inicios del XX. En esa parte, Lenin carece de protagonismo puesto que se encontraba escondido en el exilio, si bien ya se aprecian los rasgos de oportunista consumado que caracterizan al citado personaje.

Esta parte, asimismo, resulta fundamental porque el autor desbarata algunos de los tópicos asentados sobre la revolución bolchevique, como por ejemplo la inevitabilidad de la misma. Para ello recurre a argumentos de autoridad como el de Richard Pipes para quien lo que ocurrió en octubre de 1917 no fue una revolución sino un golpe de Estado protagonizado por actores con una agenda de objetivos muy concreta.

McMeekin reconoce que la Rusia zarista presentaba un cuadro de características fácilmente perceptibles como las desigualdades sociales, una cultura de la violencia terrorista plenamente arraigada y numerosas tensiones étnicas. Este escenario descrito fue hábil y cínicamente explotado por los bolcheviques, quienes antes de llegar al poder demostraron que el manejo del lenguaje sería una de sus armas fundamentales. Al respecto, al zar Nicolás II le imputaron el delito de agresión continuada a los Soviet, lo que conllevó su asesinato y el de su familia.

El autor señala una idea esencial a lo largo de la obra: el error del zar de intervenir en la Primera Guerra Mundial, puesto que Rusia no estaba preparada para una empresa de tal calibre. Sin duda alguna esto facilitó la labor de Lenin a la hora de infiltrar propaganda “pacifista” en el ejército y provocar la división en el mismo, con la inestimable ayuda financiera de Alemania, es decir, del enemigo principal de su país. Desestabilizado el gobierno de Kerensky (consecuencia de la revolución de febrero de 1917), los bolcheviques desde el primer momento reflejaron el modus operandi que les guiaría durante las siguientes décadas: “No se ganaron al pueblo ruso, sino que lo acosaron y lo aporrearon hasta que se sometió” (p.272).

Al respecto, pronto se vio la verdadera faz del comunismo en lo que a la organización política y económica se refiere (proliferación de funcionarios al servicio del régimen, nacionalización de bancos, trabajo obligatorio…), en su desprecio hacia los derechos humanos (en particular de las minorías) y en lo relativo a las relaciones internacionales (financiación de la revolución mundial bajo la hegemonía incuestionada e incuestionable de Moscú).

En definitiva, la revolución de Lenin dejó un legado inicial de 25 millones de muertos (“18 veces más que las pérdidas de vida rusas durante la primera guerra mundial”, matiza el autor). Lo que sucedió en las décadas posteriores por todos es conocido, pese a lo cual convendría tener presente lo que afirma McMeekin: La popularidad del socialismo maximalista de sesgo marxista vuelve a aumentar en Estados Unidos y en otros países capitalistas occidentales, cuando ya ha perdido todo su atractivo en aquellos lugares donde se puso en práctica […] Los socialistas occidentales de hoy, que sueñan con un mundo en el que la propiedad privada y la desigualdad estén prohibidas, en el que sean los intelectuales con visión de futuro quienes planifiquen la evolución económica nacional, deberían tener cuidado porque puede que sus deseos se cumplan” (págs. 405-406).

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
0 comentarios