He oído en Radio Nacional de España (18.11.2017) una larga entrevista a José María Lassalle, Secretario de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital de España, acerca de un libro que ha escrito sobre el populismo. Mantiene el amigo Lassalle, cito de memorias sus palabras, que el separatismo catalán se habría hecho populista en los últimos tiempos. Si esa tesis o afirmación es el hilo conductor de su ensayo, según dio a entender en la radio, yo no puedo estar más en desacuerdo. El nacionalismo catalán en cualquiera de sus versiones, casi todas ellas separatistas, siempre ha sido populista. Si se suprime la referencia a la “intuición” -sería ridículo llamarla idea- del “pueblo catalán”, como una “realidad” radicalmente diferente de los otros “pueblos” que conforman España, en cualquiera de los “teóricos” del nacionalismo catalán o de los “programas” de los partidos nacionalistas, entonces no hay nada que discutir. El nacionalismo se quedaría, ciertamente, en un vacío, en una nebulosa abstracta, si desapareciese la “intuición” de pueblo. Es una simpleza, pues, considerar que el nacionalismo catalán, al fin, se habría hecho populista. Falso. Su esencia siempre fue afirmar la “unidad” del pueblo catalán al margen del español. De España.
Más aún, el principal “teórico”, o mejor, “ideólogo” de la patraña nacionalista del separatismo catalán, en el siglo XX, siempre consideró que ese pueblo ya había cristalizado antes de la romanización de la península ibérica; y, por favor, nadie se tome a broma esta tesis de la importancia prerromana de este pueblo, porque ha sido seguida, desgraciadamente, por políticos de ayer y de hoy, de la derecha y de la izquierda, e incluso fue una de las fuentes de inspiración de los “inolvidables” gobiernos de Rodríguez Zapatero, especialmente el que permitió un Estatuto de Cataluña que hablaba del pueblo catalán como si se tratara de un pueblo eterno cuya existencia tiene su origen antes de los romanos y llega hasta nuestros días. Estoy convencido de que Rodríguez Zapatero y los nacionalistas de todas las calañas seguirán coincidiendo en destacar las figuras de Anselmo Carretero, en su libro Las nacionalidades españolas, y Bosch Gimpera con su El Poble Catalá.
Es difícil hallar hoy autores más populistas que los citados, entre otros motivos, porque defienden, reitero, la “intuición” de la existencia del “pueblo catalán” antes de la llegada de los romanos, o mejor dicho, el pueblo catalán y otros pueblos peninsulares se formaron desde la prehistoria de diferente composición, dice el docto Rector de la Universidad Central de Barcelona en la Segunda República, habiendo “cristalizado antes de la romanización”; además, nunca esos pueblos prehistóricos desaparecieron, sigue “teorizando” Bosch Gimpera, “con las tendencias unitarias posteriores y renace en el siglo XIX”. El imperio romano, los visigodos, la época califal, las dinastías de los Habsburgos y los Borbones no son sino “superestructuras” que jamás consiguieron unificar y transformar esos pueblos, entre los que destaca, naturalmente, el pueblo catalán… En fin, aunque sea hilarantes para unos y trágicas para otros estas “tesis”, nadie podrá dejar de contemplarlas como populistas: ¿o acaso hay algo más populista que mantener que los catalanes son un pueblo desde la prehistoria y jamás han claudicado ante romanos, godos, moros, austrias y borbones?
En Cataluña, como en casi todo el resto de Europa, nacionalismo y populismo siempre han estado estrechamente unidos. Por eso, precisamente, hablamos de “nacionalismo identitario”. Pero, lejos de mí hacer una crítica de un libro que no he leído, sencillamente, señalo mi discrepancia con la tesis de fondo que le he escuchado por la radio a este altísimo cargo político del Gobierno de Rajoy. Creo que ese tipo de posición pudiera conducir a confusiones, cuando haya que dialogar, negociar o transigir con los nacionalistas catalanes, después de que paguen las penas que les imponga la justicia española por intentar un golpe de Estado contra España. Sí, amigo Lassalle, se volvería a cometer el error de siempre, si el Gobierno de España negociase con los nacionalistas catalanes pensando o suponiendo que hay un tipo de nacionalismo populista, malo y perverso por un lado, y por otro un nacionalismo, bueno y cordial, dispuesto a rechazar la “intuición” de “pueblo catalán”. Eso sería peor que una equivocación, reflejaría un desprecio absoluto por la experiencia de la historia política de España y, de modo más concreto, exhibiría un imperdonable desconocimiento del modelo ideológico de colaboración entre el nacionalismo identitario y la izquierda española que peor que mejor, a partir del año 1937, ha funcionado en España hasta hace poco, y sospecho que, después del 21-D, seguirá funcionando, pero esta cuestión la dejo para otro momento, porque ahora lo determinante es centrarse en el populismo separatista que es, en mi opinión, la principal fuerza con la que deberá negociar en el futuro el Gobierno de España y el resto de los constitucionalistas .
¿Cómo negociar con los separatistas catalanes?, ¿cómo llegar a acuerdos con fuerzas políticas cuyo objetivo es negar la existencia de españoles en Cataluña? Pues, no hay otra, como diría el clásico, que “haciendo política”, o sea, negando lo que ellos dicen que son: el pueblo catalán. La señora Rovira de ERC ha venido a resumir con la brutalidad que acostumbra esta gente lo que ellos piensan de España, o sea, de sí mismo. Ellos no piensan España. La odian. Eso los define a todos. Sintetizo el “ideario” del populismo separatista catalán: los catalanes no son españoles. España roba a Cataluña. Y, desde la aplicación del 155, el Gobierno España, según la secretaria general de ERC, quiere matar a los catalanes. Estos son los grandes prejuicios de los separatistas catalanes. No revisten novedad alguna esas mentiras, pero son tan efectivas que el nacionalismo no necesita cambiarlas por alguna otra barbaridad. Le basta repetirlas con leves cambios tales como “somos un solo pueblo”, Cataluña es diferente, El Quijote es una traducción mala del catalán, Garcilaso de la Vega odiaba a Juan Boscán y cosas así… ¿Son los separatistas catalanes unos energúmenos? No, no, son gente que desprecia el sentido común, la política y la pluralidad de opiniones, pero yo no me atrevería a mantener que son exactamente unos energúmenos. Sólo lo son en términos políticos porque odian los acuerdos, o peor, los utilizan para seguir imponiendo sus mentiras. El católico Junquera y la señora Rovira, nieta de un famoso alcalde franquista, son personas que ponen la “identidad”, o como la llamen ellos, por encima de la pluralidad. Lo decisivo es “ser catalán”, o sea, odiar a los españoles, porque España roba y mata a Cataluña.
Pues en eso estamos instalados, querido lector, en la barbarie del populismo secesionista catalán. ¿Tiene solución? Quizá, pero siempre será lenta, porque la inteligencia tiende a ser fácil presa de la brutalidad. La mentira, sobre todo si es repetida, es más fácil de aceptar que un razonamiento que nos conduzca a una sencilla verdad. La solución, pues, es difícil. Solo cabe aguantar, aplicar los mecanismos del Estado de Derecho y “hacer política”, o sea, intentar persuadir con razones, argumentos y explicaciones a quienes votan opciones tan elementales como las que representa el separatismo catalán.
“ Hacer política” significa, en primer lugar, poner en cuestión el populismo de todo el nacionalismo catalán. Populismo es, simplemente, decir que el “pueblo catalán” es radicalmente diferente del pueblo español. Esa es la base del separatismo catalán: el pueblo catalán, repito, nada tiene que ver con España. Por desgracia, esta sencilla doctrina crítica contra el populismo catalán no ha sido tenida en cuenta por “políticos” torpes, o peor, perezosos que creen que no es necesario cuestionar esas barbaridades para defender la Constitución española, incluso hay “políticos” en los partidos constitucionalistas que están dispuestos a transigir con esa tosquedad populista que normalmente está envuelto en una largo y, a veces, premioso sentimentalismo. ¿Habrá caído el amigo Lassalle en esa tosquedad a la hora de criticar el populismo separatista catalán? No lo creo. Él es un fino político de la costa cantábrica. Pero por si acaso, mientras me hago con su libro, le dejo aquí mi intelectual sospecha