El sufismo -también conocido como “tashawuf”- es una de las ramas de mayor profundidad y riqueza del islam. La mística sufí ha escrito en la civilización universal páginas luminosas. Su nombre proviene del vestido de lana (suf) que llevaban sus primeros practicantes. Partiendo de la aleya que reza “Dios los ama y ellos lo aman” (5,34) y del hadiz que dice “Mi tierra y mi cielo no me contienen, pero sí el corazón de mi fiel servidor”, el sufí se consagra a la oración y el culto a Alá, el Clemente, el Misericordioso, el Señor de los Mundos, aspirando a fundirse en Él, a ser absorbido por Él. Unos lo hacen a través del recitado de los noventa y nueve nombres de Alá. Otros recurren a la danza como los mevlevíes de las cofradías turcas. Algunos bailan y pronuncian su nombre hasta entrar en éxtasis como se hace en las “tariqas” de Uzbekistán y Marruecos. Hay quien lo busca en el silencio y la interioridad del corazón humano. El creyente va atravesando moradas (“manazil”), grados (“maqanat”) y estados (“ahwal”) en una elevación interior progresiva.
En el sufismo se abrazan las tradiciones de Arabia, Persia, el norte de África y el Asia Central, desde las fronteras con China hasta el desierto del Sáhara. De él beben los grandes místicos del islam, como Farid al Din Attar de Nishapur, (circa 1145-circa 1221), Yalal ad-Din Muhammad Rumí (1207-1243); Ibn al Farid (1181-1235) y el andalusí Ibn Arabi, nacido en Murcia en 1165 y fallecido en Damasco en 1240. Esta tradición espiritual ha nutrido también buena parte de la música que el islam ha dado al mundo desde la percusión de las zagüías y las cofradías de derviches hasta la música de grupos como Nass el Ghiwan.
Su alejamiento del mundo material y su desconfianza hacia el poder terrenal han convertido a los sufíes, a lo largo de siglos, en rebeldes, proscritos y mártires. Sus cofradías han brindado núcleos de resistencia cultural y, a veces, armada, contra invasiones, tiranías y regímenes autoritarios. En Chechenia, por ejemplo, las cofradías naqsbandíes vertebraron la lucha contra los rusos desde el siglo XVIII hasta las guerras de 1994 a 1996.
Los movimientos islamistas y las organizaciones yihadistas de inspiración wahabbi han desconfiado de los sufíes y, a menudo, los han perseguido desde Pakistán y Afganistán hasta Libia. Acusados de ser idólatras y paganos, los rigoristas y fanáticos han tratado de desterrarlos, encerrarlos y matarlos allí donde los han encontrado.
El viernes pasado, en la localidad egipcia de Bir al Abed, a unos 40 kilómetros de El Arish, la ciudad desde la que opera un grupo terrorista aliado del ISIS en la Península del Sinaí, un atentado terrorista con bomba y armas de fuego contra una mezquita sufí a la hora del rezo ha dejado el terrible saldo de 235 muertos y 120 heridos. La mezquita se levanta en el lugar de nacimiento de un célebre místico del Sinaí: Eid al-Jariri. Primero estallaron las bombas, después los atacantes abrieron fuego contra las personas que huían. Algunos testigos han relatado que también dispararon contra las ambulancias que transportaban a los heridos. El gobierno ha decretado tres días de luto nacional por este atentado, que ya es el que ha dejado más víctimas mortales en la historia del Egipto contemporáneo.
Hasta el momento, el objetivo de los terroristas había sido habitualmente la comunidad cristiana copta, una de las mayores iglesias cristianas del Oriente Próximo, y los centros turísticos. Este atentado, pues, puede marcar una pauta de futuros atentados contra los sufíes en el país del Nilo.
En Europa, se suele hablar poco de estos atentados que sufren los musulmanes de todo el mundo islámico. Para millones de iraquíes, pakistaníes y afganos, por poner solo algunos ejemplos, el terrorismo es una terrible realidad cotidiana. Ahora, los sufíes de Egipto se han hermanado con los cristianos coptos y con tantos musulmanes de todo el mundo que sufren el azote de estos desalmados que mancillan el nombre del islam.
El Sinaí es una zona muy conflictiva en la que la actividad terrorista no termina de erradicarse por completo. El gobierno de Al Sisi ha prometido endurecer la lucha contra los terroristas, pero la infiltración del ISIS a través de sus aliados en la zona parece muy profunda. Se echa en falta una estrategia efectiva que impida el surgimiento de un nuevo foco de terror ahora que los yihadistas retroceden en Irak y Siria. Mientras tanto, los sufíes egipcios se han convertido en el nuevo objetivo de los terroristas, como ya ha ocurrido en otros países.