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TRIBUNA

El Acta Final de Helsinki (1ª parte)

jueves 07 de diciembre de 2017, 20:13h

La Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (3 de julio de 1973 a 1 de agosto de 1975) se reunió en Helsinki, Finlandia (entonces un país neutral o neutralizado), con el propósito de lograr una distensión entre los dos bloques político-militares en Europa. Tras dos años de negociaciones, la Conferencia (CSCE) alcanzó unos acuerdos que quedaron plasmados en un documento conocido como el Acta Final de Helsinki, de 1 de agosto de 1975.

La CSCE se convertiría en la conferencia de paz de la Guerra Fría, y el Acta Final de Helsinki contendría los elementos de lo que podríamos calificar como el surgimiento de la ideología de los Derechos Humanos.

Comenzaría entonces una nueva época o era histórica que pondría fin a la Edad Contemporánea, una época que todavía hoy carece de nombre, y que es la que estamos viviendo ahora.

Cuando se aprobó el Acta Final, la sociedad española estaba ajena a ese acontecimiento, a pesar de que España estuvo muy activa en la Conferencia (era la primera vez que el Régimen participaba en una reunión internacional de esa importancia), pues se encontraba en los estertores de Franco y de su Régimen -un momento autárquico-, pero su aprobación condicionaría el método que tendría la transición de España a la democracia y por el cual sería conocida en el mundo: el consenso constitucional.

En los meses posteriores, hasta que Franco falleció (20 de noviembre de 1975) después una agonía cruelmente prolongada, el Régimen se aisló internacionalmente debido a que aplicó pena de muerte a activistas revolucionarios que practicaban la lucha armada, miembros de la organización independentista vasca ETA, o del grupo comunista GRAPO. Al entierro de Franco (23 de noviembre) acudió Augusto Pinochet, el dictador chileno, e Imelda Marcos, la esposa del déspota filipino. Sin embargo, a la proclamación de Don Juan Carlos de Borbón como Rey de España (27 de noviembre), acudieron los jefes de Estado de Francia, Giscard d´Estaing, de Alemania occidental, Walter Scheel, el vicepresidente de los Estados Unidos, Nelson Rockefeller, y el duque de Edimburgo, en representación de la reina del Reino Unido. El discurso del Rey en esa ceremonia reveló las intenciones de Don Juan Carlos de llegar a un Estado democrático en poco tiempo. El clima internacional que la CSCE y el Acta Final de Helsinki permitía que España iniciara de inmediato su transición democrática.

Desde luego, la CSCE en Helsinki fue un acontecimiento mundial. Asistieron todos los países europeos, los encuadrados en la OTAN y en el Pacto de Varsovia, y también los que no estaban integrados en las dos alianzas militares, como era el caso de Austria, Suecia, Finlandia, o la misma España. Incluso participó el Estado Vaticano, que firmó el Acta Final, un hecho excepcional en una larga historia de inhibiciones de la Santa Sede con los grandes documentos diplomáticos desde las Paces de Westfalia (1648). Sólo quedaron al margen de esa Conferencia, Albania, una dictadura comunista que era la perfección de la autarquía, y Andorra, porque no fue considerada un Estado. Canadá y Turquía estuvieron presentes, pues ambos países formaban parte de la alianza defensiva occidental. En total, fueron 35 Estados firmantes. El Secretario General de la ONU asistió a la clausura y fue el depositario del texto del Acta Final.

Estados Unidos y la Unión Soviética fueron los negociadores principales. El Acta Final fue firmada por el presidente norteamericano, Gerald Ford, y por el secretario general del PCUS, Leónidas Brezhnev. Reflejaba, entre otros factores, un equilibrio entre las dos grandes potencias, que se quiso aprovechar para mantener la paz mundial.

Desde luego, había un equilibrio. Aunque Estados Unidos y sus aliados tenían ventajas por su superioridad técnica en armamento, la Unión Soviética acaba de demostrar que con armas no se podía detener el avance del comunismo mundial. Saigón, la capital del Vietnam capitalista, había sido conquistada por las fuerzas de Vietnam comunista, el 30 de abril de 1975, unos meses antes del fin de la Conferencia de Helsinki. Brezhnev creía obtener con el Acta Unica seguridad absoluta en su área de influencia en Europa, donde Checoslovaquia, Polonia y Hungría se habían resistido en el pasado a las órdenes de Moscú, y Yugoslavia y Rumanía habían dejado de obedecer a sus planes.

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