Julián Marías, una vida en la verdad
miércoles 09 de julio de 2008, 22:12h
El 7 de agosto de 1939 un joven estudiante licenciado en filosofía abandonaba la prisión sita en la madrileña calle de Santa Engracia. Su lealtad y servicio al gobierno de la República durante la guerra civil y la traición de algún amigo le habían abocado a dos meses de una reclusión oscura e incierta. Además de arruinar al país, la ya conclusa guerra civil había arruinado a la institución que Julián Marías había convertido en primera referencia de futuro. Nada quedaba ya de la inigualable Facultad de Filosofía y Letras en la que había aprendido a amar el pensamiento y la cultura españolas, donde había escuchado por primera vez las palabras lúcidas y eruditas de profesores como los filósofos García Morente o José Gaos, los historiadores Menéndez Pidal, Américo Castro o Sánchez Albornoz o el arabista Asín Palacios. Julián Besteiro, el más elegante y razonable defensor de la República, también docente de aquella Facultad y con el que Marías había colaborado durante la guerra, permanecía en prisión, soportando una condena que pronto sería interrumpida por la muerte. Finalmente, los dos máximos mentores de Marías, Xavier Zubiri y José Ortega y Gasset, permanecían fuera de España. Sin embargo, Ortega, a quien Marías veneraba y con el que terminaría reencontrándose años después, le había escrito una importante carta que había llegado a sus manos pocos días antes de ingresar en la cárcel. En esa misiva el maestro conminaba amablemente al discípulo a reconquistar aquel gesto de serenidad con que en otros tiempos se había caracterizado a España y que los europeos del siglo XVI había definido como “la gravedad española”. Sobre ese fondo de gravedad serena o de serenidad grave, “como sobre una tierra firme”, escribía Ortega, había que reedificar España y con ella la propia vida de cada cual.
Con toda la “gravedad” de la que fuera capaz un hombre de veinticuatro años, al salir de prisión Julián Marías hizo examen de la nueva y deprimente situación y tomó la decisión de ajustar sus futuras acciones a algunos principios fundamentales y bien razonados. De entrada, había que evitar toda relación o colaboración con el nuevo régimen establecido por el general Franco. No era admisible conceder apoyo alguno a un régimen que resultaba injusto, tanto por tener origen en una guerra civil que había roto la legalidad vigente como por su identificación con un proyecto político a un mismo tiempo antidemocrático y antiliberal. A su vez, Marías se comprometió consigo mismo contra toda tentación de nostalgia respecto al mismo régimen por cuya pervivencia había luchado hasta su derrota. Aquella defensa previa no le había impedido reconocer los errores de la República y del bando republicano. A su juicio, la victoria de los sublevados resultaba tan calamitosa como merecida la derrota de los republicanos. Estos fueron “justamente vencidos” al tiempo que los primeros se convirtieron en vencedores “injustamente”. En todo caso, la vida debía continuar y Marías quería proseguir la suya con gravedad, pero también con ilusión, para desarrollar a fondo su profunda vocación intelectual y poner ésta al servicio de su país, si es que ello fuera posible. Pero ¿cómo? La acción clandestina era una opción muy poco atractiva. El aprendiz de filósofo la consideraba ineficaz y sospechosa para cualquier intelectual. Quería trabajar a la luz del día, ofreciendo sus impresiones y sus ideas al público. El exilio ofrecía una puerta pero tampoco era satisfactoria; su posible audiencia, aquella sobre la que quería influir, era española y España en sí misma le resultaba irrenunciable. Para mayor dificultad, la universidad española, que hubiera sido su destino natural, le estaba vedada por su pasado republicano y su oposición al régimen. Sólo quedaba la opción de la escritura, volcar su vocación en escribir libros pero ajustándose al mismo tiempo a los requisitos que le permitieran ganarse la vida con dicha tarea; por tanto, escribiendo para un público más amplio que el estrictamente académico o universitario. Además, habría que superar censuras y otras limitaciones sin abandonar la sinceridad, escribir lo realmente pensado hasta donde se pudiera, sin añadir una sola falsificación.
Todo lo anterior ha sido escrito y contado por el propio Julián Marías en su libro de memorias Una vida presente, que vería la luz en 1988, exactamente diecisiete años antes de su muerte, y que han sido reeditadas este mismo año por la editorial Páginas de Espuma. Como otros muchos textos autobiográficos, el de Marías está repleto de pasajes orgullosos, autocomplacientes incluso. Pero en el caso de este autor el repaso de las propias virtudes y aciertos están más que justificadas. Fue un magnífico y elegante ensayista, un conferenciante de claridad y valor irrepetible (quienes tuvimos la suerte de escucharlo lo sabemos) y un escritor veraz; sabio y agudo pero incapaz de disimulo, sin esquinas oscuras. Para comprobar esa impronta de sinceridad que caracterizó toda su vida bastaría con repasar su biografía y compararla con la de otros muchos personajes del mundo intelectual español del siglo XX. Su obra comenzó con una Historia de la Filosofía que acabaría convirtiéndose en un best seller y sus numerosos libros posteriores añadieron transparencia, orden y profundidad al legado de algunos de los más lúcidos escritores y pensadores españoles más interesantes de todos los tiempos: entre ellos Cervantes, Jovellanos, Moratín, Valle Inclán, Unamuno y, desde luego, Ortega, a cuya filosofía de la razón vital daría continuidad. Labró una línea original y propia de reflexión humanística en torno a la dimensión personal de la vida humana y también escribió bastante, con sumo rigor y originalidad, sobre religión y sobre historia de España. Por último, ha sido uno de los últimos intelectuales liberales de la España del siglo XX (cosa que no pocos liberales de hoy parecen ignorar). Desde los últimos años de la dictadura hasta la consolidación de la democracia Marías llevaría a cabo una inmensa labor de pedagogía social y política a través de sus artículos de prensa y de su trabajo como senador de las Cortes Constituyentes por designación real.
Pese a todo, la memoria de nuestro tiempo ha dejado poco hueco a la obra y el ejemplo vital de Julián Marías. Son escasos los intelectuales que hoy le recuerdan y menos aún los que le leen. Los estudios sobre su obra casi se cuentan con los dedos de una mano, aunque hoy convenga señalar una excepción reciente: Helio Carpintero, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, acaba de publicar Julián Marías, una vida en la verdad (editorial Biblioteca Nueva). Se trata de la mejor biografía intelectual hoy disponible sobre Marías. Al revisar la vida y la obra de quien fuera su maestro Carpintero encara al lector con pasajes luminosos e ideas esclarecedoras y lo hace con una prosa cuya nitidez recuerda la del propio Marías. Además, el libro aborda todas y cada una de las múltiples parcelas de un pensamiento variado y prolífico sin caer en ningún momento en un análisis fragmentario o carente de unidad argumental. Una valiosa aportación a la historia del pensamiento español contemporáneo y una lectura sumamente recomendable.