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DESDE ULTRAMAR

Antes de que te marches 2017…

Marcos Marín Amezcua
jueves 28 de diciembre de 2017, 20:16h

Finiquitando el extenuado año 17 –agitado– llega al final de su tempestuoso camino despeinado, desaliñado, con sus ropajes muy raídos y su alma ajada, taciturna, ensimismada, aguantando la queja y el reproche de los golpes y las contusiones obtenidos en la reboruja de sucesos de toda laya y condición que aturdieron su testa; y me abruma porque todavía poseo en las árguenas unas cuantas notas que referir de sí y ante su descorazonadora percha, procedo a ello.

Sin tirarme a la tremenda y no deseando su extinción acaso prematura, veloz, apresurada, si no es que atropellada, como a veces lo encarecemos empujando a un año cualquiera; y como justificadamente lo hizo Emilia Pardo Bazán al apuntar hacia 1898, espetándole un sentido y clamoroso: “¡Váyase, señor año!”, no obstante que el año 17 fue un año difícil, trabajoso, farragoso en grado sumo, de esos que conviene dejar atrás prontito y ansiando que el segundero y el minutero no den tregua alguna a la demora para que no lentifique su andar, no niego que, como la vida misma, el Año Viejo nos dejó de todo y se ha llevado de todo sin obsequiarnos, eso sí, ni descanso ni respiro, siendo como señal inequívoca su constante el que aquí no se aburra ni Dios. 2017 es de esos años descritos por mí como densos, tensos e intensos. Y supongo que eso lo torna positivo y acaso.

Hablamos de un lapso revuelto y la algazara que acompaña su término, esa Nochevieja que nos reúne y nos propicia, que nos induce y nos coloca como Jano a dos caras, mirando hacia atrás y hacia adelante, en el filo de lo sobrevenido y el porvenir, no ha de llegar sin antes aludir a ciertos sucesos y conmemoraciones no referidos antes por angas o mangas, citándolos a usted a guisa de clausurar su calendario. Así pues, impidamos aún el corte de caja, el balance anual y emitir nuestro veredicto final, pues este 2017, que iniciamos discutiendo si la película La La Land era o no el mejor filme, no determinándolo así la Academia de Hollywood –solo tras el bochornoso equivoco final traspapelando el nombre ganador a premiar– recordemos que también fue el año del centenario del surgimiento del Jazz, dicen los entendidos. A mí no me entusiasma sobremanera. Me fastidia toparme con versiones “en jazz”, porque no me dejan oírlo, pero si rara vez encuentro el jazz auténtico, la obra primigenia, no me ilusiona, pese a que se trata de un movimiento destacado del siglo anterior. Lo considero un género desordenado y sin pautas, de barruntadas al pentagrama. Me altera y me desquicia.

En el año 2017, cuando recordamos los cuarenta años del exitazo de los Be Gees, Stayin’ Alive, tan emblemático de la música disco y rememoramos el centenario del fusilamiento de Mata Hari y de la muerte de Durkheim y de Von Zepellin, cada cual representativos en su ámbito, ha sido el año del centenario del nacimiento de Guillermo González Camarena, científico mexicano cuyos trabajos impulsaron la televisión a colores. Casi nada. En un año que para los mexicanos no pasará a la Historia por nuestra centenaria constitución, sino por sendos terremotos que afectaron a México cerca del vigésimo aniversario del huracán Paulina, que golpeó Acapulco de una manera inmisericorde en el otoño de 1997. Y mirando a 2018 con cierta preocupación ante las presidenciales que puede robarse el PRI, otra vez.

A la zapatiesta catalana, el mundo iberoamericano puede sumar otras tres disrupciones de su tranquilidad: el episodio del submarino argentino, en medio del azoro, las acusaciones y el descuido por los recursos requeridos para su adecuado mantenimiento y la pérdida de vidas, lo que supone un paso atrás en la armada argentina y al país, con la imposición de medidas impopulares de jubilación. Sume usted el insultante indulto a Fujimori, que nos recuerda que esa camada de neoliberales delincuentes noventeros parece que quedará impune; y la denuncia de The New York Timesevidenciando que Peña Nieto sí compra medios mexicanos para que aplaudan como focas al priista. Porque solo así lo conseguiría en sus desatinos. La América hispana cierra el año como la describía el caricaturista Sendra en los noventa: Libre –de proyecto–, justa –de presupuesto– y soberana –“pa’lo que guste mandar (el mejor postor)”– y con Maduro… brutal.

El que termina fue el año en que se ha hecho un intento tímido por extinguir los paraísos fiscales, atacando su mala transparencia fiscal, su fiscalidad injusta y que no acaten las directrices de la OCDE. La Unión Europea en concreto, ha dictado cuáles lo son, como para combatir su secrecía, su opacidad, su evasión y su complicidad. La lista negra de 17 se incrementa con una lista gris de 47 que igual pone en la mira, describiéndolos como cooperantes de modificar sus turbias reglas para ser objeto de su confianza. Y no ha sido a raíz de los Panama Papers y demás escándalos –porque el capitalismo no conoce pudor ni rubor– sino por la necesidad de meter mano allí donde los millones se guarecen. Muchos de tales paraísos hacen de la especulación y el depósito encriptado, su ingreso seguro.

Curiosamente ninguna de ambas listas incluye a las islas Vírgenes Americanas. Habría sido una fea manera de celebrar –sucedió discretamente– el centenario de habérselas engullido Estados Unidos, al comprarlas a Dinamarca, pero no anexionándoselas, en plena era del Gran Garrote –sí, de cuando EE.UU. parecía imparable– tras de medio siglo de indecisiones danesas. Menor suerte corrió la última reina del Hawái independiente, Lili’uokalani, fallecida el 11 de noviembre de 1917, depuesta a la mala en 1893 por estadounidenses tropicalizados que texanizaron aquel archipiélago, para luego pedir que su republiquita ficticia se colocara bajo la férula de Washington en plena Guerra Hispanoamericana. Pasó de territorio creado en 1900 a ser anexadas las ínsulas con status de estado en 1959, como el número cincuenta de la Unión. Los tímidos intentos separatistas pro monárquicos son folklorismo puro, mas con un aliciente: recuperan la memoria.

Fue más fácil aquella incorporación que la de Alaska, que este año cumplió 150 de haberla adquirido Estados Unidos a Rusia creyéndola lejana, cual congelado santuario de focas y de nieves eternas. La “Nevera de Seward” era más que eso: oro y petróleo. Seguirá revolcándose en su sepulcro el zar Alejandro II. Sí, la tierra alasqueña de Sarah Palin, aquella estrambótica gobernadora que decía saber de política exterior solo porque miraba a Rusia desde su ventana. ¡Cáspita! Y

Para concluir le contaré que hace unos días me di la divertida de mi vida en el muro del “feis” de una entrañable amiga. Un mequetrefe al que hace 5 años le dije que definiera sus lealtades como mexicano viviendo en EE.UU., entonces en un intercambio de opiniones donde perdió los papeles el pobre careciendo de argumentos, en debate del que huyó cobardemente optando por mejor cancelar nuestro contacto; y a santo de nada ahora de pasada le escribió a mi amiga que mis columnas eran malas, mostrando su inquina guardada por tanto tiempo (cosa muy mala para la salud y porque se frunce el ceño). Mejor alabanza, piropo y reconocimiento no puedo recibir de quien las revisa asiduamente –se entiende que lo niegue– porque su inusitado, gamberro y barbajanesco comentario gratuito y de mala leche, emitido sin poca ni más vergüenza, sencillamente es para obviarse.

En cambio, es usted lo importante querido y respetable amigo lector. Por eso después de casi 9 años de estar aquí en El Imparcial, tengo el grandísimo honor nuevamente de desearle a usted y a sus allegados y al equipo de El Imparcial, lo mejor en el año 18, que no promete ser sencillo, pues el año 2018 –ese en que el siglo se hará mayor de edad– ya nos adelanta que será tumultuoso y eso que apenas llevamos recorrida la minoría de edad de la presente centuria, que ha sido atrabancada. Pero hemos llegado hasta aquí y eso es muy meritorio. Así pues, mi enhorabuena y un abrazo para todos y como en Ecuador, quememos algarabiosos un añoviejo, con alegría y sin trapatiesta, que la primera esa sí, es gratuita.

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