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CARMEN FRANCO

viernes 29 de diciembre de 2017, 11:16h
Por un artículo titulado La Monarquía de todos, publicado en ABC el 21 de julio de 1966, el dictador, que secuestró...

Por un artículo titulado La Monarquía de todos, publicado en ABC el 21 de julio de 1966, el dictador, que secuestró en la calle el periódico, me envió al exilio. En sus Memorias recogidas por Franco Salgado-Araujo, Franco me califica como “el mayor enemigo de Régimen” (Pág. 478, primera edición, septiembre de 1976). En septiembre de 1962, por la reseña periodística del libro de Víctor Salmador, Juan Antonio Ansaldo, caballero de la lealtad, fui juzgado ante el Tribunal de Orden Público acusado de injurias al Jefe del Estado, delito sujeto a 6 años de cárcel. Me defendió el abogado Martín Calderín y me ayudó a suavizar la situación Adolfo Suárez, que tenía un cargo público menor y que se portó conmigo de forma admirable. Presidió el Tribunal Mariscal de Gante, cuya hija fue ministra tras la muerte de Franco, en el Gobierno Suárez. En 1957, la revista de cultura y política, que yo dirigía, Círculo, fue suspendida por orden del dictador, me impusieron una multa cuantiosa que Joaquín Satrústegui se ocupó de pagar con la colaboración de muchos de los partidarios de Don Juan. La censura de Muñoz Alonso prohibió mi firma en el periódico. Durante la dictadura critiqué la dictadura de Franco y, tras su muerte, lo he hecho siempre que lo consideré necesario.

Estaba yo en Filipinas en trabajo profesional, como enviado especial de ABC, cuando Carmen Franco llegó a Manila acompañada de un copioso séquito y del mangoneo indecente del marqués de Villaverde. La saludé por primera y última vez durante la dictadura. Me pareció una mujer encantadora.

Durante muchos años, muerto el dictador, coincidí con ella en la cena de cumpleaños que Cuqui Fierro organizaba a veces en su casa, a veces en el restaurante Horcher. Y, año tras año, mantuve con Carmen Franco conversaciones de especial interés para mí porque iban más allá de lo que cuenta en su libro.

Me parece de justicia decir que Carmen era una mujer sencilla, razonadora, coherente con sus ideas, constructiva y con los pies sobre la realidad. No era fácil el papel de la hija del dictador muerto, cuando una buena parte de sus partidarios se encaramó en el carro del vencedor, escondiendo las cinco flechas simbólicas en el carcaj de la Historia. A lo largo de más de 40 años, Carmen Franco ha significado la discreción, la prudencia, el buen sentido. Ni un aspaviento inconveniente ni una declaración extemporánea. Guardó la memoria de su padre con dignidad y fue un ejemplo de integridad y de sentido común.

Escribo, en fin, estas líneas apesadumbrado por su fallecimiento, para expresar mi opinión altamente positiva sobre la prudencia de esta mujer en las cuatro décadas largas que ha vivido tras la muerte de su padre.