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OPINIÓN

Umbral, en las alturas

lunes 28 de enero de 2008, 10:07h
También conocí a Umbral en el Café Gijón. Allá por los años sesenta, tiesos los dos como dos reglas, deambulábamos buscando un hueco entre tantos estupendos: poetas, novelistas, pintores y los del teatro, es decir, gentes de conducta desordenada, que es como se conocía por aquella época a los que nos recogíamos a altas horas de la madrugada. Por entonces, yo era “una joven promesa” y él un dandy con bufanda. Siempre lo recordaré, gruesas gafas de miope y con frío hasta en verano. Era, sin proponérselo, el modelo de personaje extravagante por excelencia. Atractivo, culto y ocurrente con los amigos y nada fácil para el respetable público del café. Todo en Paco era abundancia y llamaba la atención por su sinceridad y su conocimiento perfecto de un castellano admirable.

Pero lo que llamaba más la atención era la señora que le acompañaba: Mari España, su mujer. Luego sus manos para escribir, más tarde sus ojos para ver lo que le daba la gana y sus oídos para pasar por la vida. España es una de las personas más buena, educada y enamorada que conozco. Llamaba la atención por algo imperdonable: no hablaba mal de nadie. Verdaderamente para eso no se sale de casa. Se salía de casa porque no había calefacción en los pisos y por vaciar las jarras de agua atemperada a la que se tenía derecho con la consumición del café con leche. Hablar bien de alguien en una tertulia de café era una cosa de mala educación y evidente falta de talento. Paco la regañaba continuamente y un buen día, España dejó de acudir con asiduidad a la tertulia y siguió con su manía de hablar bien de todo el mundo donde se lo permitían.
Paco, por aquél entonces, trabajaba en el nada fácil arte de la entrevista. Hacía verdaderos esfuerzos por quedar más tonto que el que respondía, y es que esto de parecer bobo es un arte de las personas inteligentes. Una de las aficiones que no disimulaba Paco era la del teatro, por eso conmigo lo pasaba la mar de bien. Cuando abandoné lo de “joven promesa” para convertirme en “autor comercial” no le importó y siguió nuestra amistad. Dedicó muchas críticas a mis obras, publicó varias columnas hablando de mí y de mi último libro de comedias escogidas de la editorial Premios Mayte, que presentó hace un par de años. En la columna de “El Mundo” del día siguiente plasmó sus pensamientos sobre mi teatro.
En el estreno de “El cianuro, ¿solo o con leche?”, yo andaba escaso de entradas y lo mandé al gallinero. La crítica de “ABC” señaló que había estrenado un joven conformista. “¡Jódete! ¡Por mandarme al gallinero!”, me recordaba con memoria implacable.
Paco jamás abandonó ese lugar en el gallinero, es decir, las alturas, donde permanecerá por los siglos… de los siglos…
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