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TRIBUNA

Crustáceos y moluscos

Juan José Vijuesca
miércoles 17 de enero de 2018, 20:26h

Mi buen amigo Albert, suizoatípico desde que descubrió las gambas a la plancha y el pulpo a feira,- confío en que no me la guarde por esto- es un hombre de bien y de blues del bueno, el de los doce compases. Un gran tipo. Ahora bien, ensu Suiza natal, país de lo idílico y lugar en donde todo lo que tocan lo convierten en oro a buen recaudo, resulta que han prohibido la práctica culinaria de tirar las langostas vivas al agua hirviendo para cocinarlas. El Gobierno de dicho país, como les digo, ha establecido que antes deberán ser aturdidas, en el marco de una revisión de su legislación en materia de protección animal. Las langostas tampoco podrán ser transportadas sobre hielo o agua helada.

Uno se pregunta quién será el aturdidor que las aturda, porque no servirá cualquiera. Aquí en España se requiere estar en posesión del carnet de manipulador para freír un huevo en cualquier bar que se precie. Ya sé que no es lo mismo aturdir a una langosta que a un huevo, pero es que aquí somos muy devotos del culto a la barra y cuidamos bien tanto a la naturaleza viva como a la muerta cuando se trata de tapear.

Hay zonas del caribe que según pescan la langosta son mostradas al comensal y acto seguido pasadas a cuchillo para someterlas a la parrilla sin ni siquiera dejar al crustáceo pronunciar sus últimas voluntades. Es una canallada, pero a veces lo gustativo no repara en detalles. A partir de ahora los crustáceos vivos van a disponer de aturdidores, cosa que me parece bien. Los clientes comensales de estos frutos del mar supongo que no también, pues todo se encarece a la hora de pagar la cuenta. Recuerdo en cierta ocasión haber participado en una de esas comidas especiales con un grupo de amigos. Uno de ellos, y por méritos propios, asumió el compromiso de invitar al resto. Hubo langosta y además de las buenas, de esas que están rellenas de carne hasta las propias antenas. Por aquél entonces no había aturdidores, aun así mi amigo después de pagar la cuenta necesitó apoyo psicológico durante un tiempo.

No tengo el placer de conocer a ningún aturdidor de crustáceos vivos. Por el contrario si tengo amistad con un sexador de pollos, lo cual me acerca a las terapias cognitivas sobre cómo tratar a animales vivos sin que éstos te guarden rencor. En beneficio de mi amigo el sexador de pollos hay que entender que se trata de un trabajo que requiere mucha concentración, destreza, agudeza visual, simpatía con los animales y por consiguiente velar por el bienestar de los susodichos. Pasar horas cada día mirando pollitos por detrás no es ni con mucho pasarse horas contemplado Las Meninas, de Velázquez, pero a cada cual lo suyo. Y vuelvo a lo que nos trae con los crustáceos porque a decir de este amigo mío, lo de aturdir a las langostas tiene enjundia. –A partir de ahora habrá que contar con un anestesista entre fogones- me dice. La cosa se pone interesante.

Esto traerá cola porque los animalistas exigirán las pertinentes pruebas de la anestesia preliminar, cosa de lo más normal. De lo que se trata es de no correr ningún riesgo. O se hacen bien las cosas o no se hacen.Otrosí a tener en cuenta son los agravios comparativos, ¿por qué una langosta goza de unos privilegios que otros seres vivos no tenemos? Se preguntará el cangrejo común. Razones no le faltan, pero hay quienes pasan por la vida solo para dar sabor. Ya saben, ni agua ni pescado.

Uno que no atiende a razones en cuestión de maltratos acostumbra a guardar para sí la sensación térmica del paladar, o sea, esa cosa gustativa. Los que hemos hecho la mili sabemos muy bien de los secretos que tiene el cocinar para un regimiento. Les aseguro que aquello era el tótem de los paladares más exigentes. Estaban los tiempos como para aturdir a la materia prima que andaba alrededor de las enormes ollas. Dicho de otra manera, que lo que no mata, engorda. Pero volviendo a la gastronomía vanguardista, les diré que el sacrificio de las especies dolientes para caprichosos comensales, por aquello de pagar las excelencias sin reparar en cargos de conciencia, nos conduce al denominado oro negro comestible: El caviar. Simples huevas del esturión arrebatadas del seno materno para los placeres de ciertos humanos a modo gourmet y que no deja de ser un bocado lleno de magnicidio. No quisiera ser desagradable, pero es lo que hay alrededor de los paladares más exigentes.

De los moluscos ya ni les cuento. A nadie se le escapa la tortura para berberechos, mejillones, ostras o almejas a los que por allanamiento de morada se les abre su concha sin orden judicial y venga darle al gusto y al regusto del maltrato que mañana es tarde. Lo de matar para comer es una costumbre que viene de antiguo, lo que sucede es que desde el psicoanálisis que hiciera Freud con eso del Yo la cosa ha degenerado tanto que mimar a una langosta es más importante que hacerlo con millones de niños que padecen malnutrición severa. En fin, hay días que la estupidez humana se viste de crustáceo. Mientras tanto Puigdemont comiendo mejillones belgas, como si aquí no los tuviéramos. Pero claro, sedicioso que regresa, en la cárcel ingresa. Amén.

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