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POESÍA

Antonio Carvajal: Setiembre en los jazmines

domingo 28 de enero de 2018, 18:10h
Antonio Carvajal: Setiembre en los jazmines

Introducción de Manuel García. Granada, Entorno Gráfico Ediciones, 2017. 184 páginas. 10 €.

Por Inmaculada Lergo Martín

En 1984, tras una larga trayectoria ya como poeta -iniciada en 1968 con Tigres en el jardín-, el actual Premio Nacional de Poesía Antonio Carvajal (Albolote, Granada, 1943) publicó Del viento en los jazmines (Hiperión) y Noticia de Setiembre (Suplementos de Antorcha de paja), dos libros que, debido a la unidad existente entre ambos, han podido reunirse ahora de forma natural en el presente volumen que, con igual fluidez, ha diluido sus respectivos títulos, resultando un sugerente Setiembre en los jazmines, que ha editado la granadina Entorno Gráfico en el nº5 de su colección «O gato que ri», con una tirada especial que se acompaña de unas ilustraciones impresas, iluminadas a mano para cada ejemplar, de la pintora María Jesús Casermeiro. Para el poeta Manuel García, que prologa la edición, dicha unidad obedece, sobre todo, a que ambos están concebidos como cancioneros que recopilan poemas de diversa índole y métrica escritos entre 1963 y 1980, mayoritariamente de arte menor, que habían ido quedando fuera de su primer proyecto de tono mayor, Extravagante jerarquía, y que comparten mismo carácter, que es suavemente «elegíaco» en el segundo y «gozoso» en el primero.

He seguido y comentado en esta misma cabecera de «Los Lunes» de El Imparcial las publicaciones que Antonio Carvajal ha ido editando en la presente década: los poemarios Un girasol flotante (2011), El fuego en mi poder (2015) y Antorchas de solsticio (2017; que podría resultar Premio Andalucía de la crítica al haber sido elegido finalista en estos últimos días), así como la imprescindible antología Cuerpo lento del tiempo (2013), constatando dos extremos que no se contradicen: la inagotable riqueza y variedad que continúa, hasta hoy, desplegando en su obra y la potente unidad de la misma, persistencia de una voz poética inconfundible que hace que podamos leer ahora Setiembre en los jazmines con la misma actualidad que sus últimos libros. El amor y el desamor, la amistad, el paisaje, la vida, lo social… recorren esta obra con esa mezcla particular entre un estallido pletórico de elementos que desbordan todos los sentidos y una sutileza evocadora, soterrada, que alcanza mucho más allá de ellos: «La tierra, con la lluvia, huele a herida / dulce, por la que escapan / con la sangre el carmín de los ponientes, / con el suspiro, el alma». Una poesía que podría definirse con una imagen propia, la del pájaro nocturno, que es «solo vuelo», un movimiento intuido, una brisa, un aroma, un aire entre jazmines… Música, ritmo…, todo ello sobre el poso de la tradición poética de los clásicos y con una continua experimentación formal.

Del viento en los jazmines es ciertamente un libro gozoso, y Noticia de setiembre más reflexivo, donde aflora la herida del desamor («para contemplar el país donde aquellas /acumularon tanta belleza, es necesario / erguirse sobre suelos de cenizas, ambiguas / como la vida y este placer que te concede»); pero en ambos es el amor el impulso, un amor pletórico mostrado sin recelos, un amor ardiente desde su propio deseo («Como la tierra pide / la lluvia, como pide / la nieve una pisada, / ámame, ámame. // Seré calor de vena, seré claror de lágrima / y suspiro que apenas / se te escapa: / ámame»), y que expone sus mejores galas y es puro eros, puro deleite, aun en el recuerdo: «Tienen palabras los jacintos / como el espejo tiene el halo / cuando una boca se le acerca / casi insegura de su tacto. // Y un abandono estremecido / lleva impacientes nuestras manos / hacia la flor, hacia la copa, / que es toda sed, que es toda pálpito».

No se quedan atrás algunas composiciones de tono político -según corresponde a su militancia de izquierdas durante el franquismo- como el homenaje escondido al estudiante asesinado en 1976 Francisco Javier Verdejo («Verde le dejo junto al mar tranquilo; / joven le dejo junto al mar callado»), o el romance que, doliente, canta a una España perdida y atrapada entre las garras de un «halcón de pico maduro»; una «Babel de jardín marchito / y de imposibles palabras»: «Amarga es la adelfa roja / y amarga es la adelfa blanca / y su sombra al que se duerme / bajo su sombra es amarga, / y más amargo es vivir / hoy pleno y sin esperanza / de esta plenitud de ahora / en adelante y mañana».

Ni tampoco la poesía misma, el ansia de la palabra que, aunque el poeta siente que «fuga», domina con envidiable autoridad: palabra, verso, estrofa y poema; música y ritmo…, de manera que el despliegue técnico y la variedad métrica y de tono, como dice Manuel García -que se detiene a comentarlo y precisarlo con múltiples ejemplos- es «apabullante». No creo –afirma- haber leído ningún libro «en donde en tan breves espacio se junten tantas y tan variadas formas métricas». Y en ellas, y bajo ellas, tanta y tanta experiencia, tanta y tanta vida, nunca sucumbida: «Llegó la escarcha a tu puerta, / buscó el insomnio tu casa, / cayó la sombra en tu techo, / brincó el viento en tu ventana, / bajó Noviembre sus nieblas, / dio un seco golpe en tu aldaba / y tú le dijiste: ‘Nunca’. // Y se salvó la esperanza».

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