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TIRO CON ARCO

Trump en Davos

Dani Villagrasa Beltrán
lunes 29 de enero de 2018, 21:31h

Al día siguiente de la victoria de Trump, que me pareció una derrota del periodismo, en la medida en que ganó con todos los medios de comunicación en contra -no así las redes sociales-, cundió una iniciativa bastante absurda: la compañía New Balance se apresuró a felicitar al nuevo presidente y a los modernos no se les ocurrió otra cosa que quemar sus zapatillas de la marca en señal de protesta y compartirlo en Twitter o Instagram. Así es la revolución en el siglo XXI. -¡Como si no valieran, por lo menos, ochenta pavos!- Los más listos, solo hacían como que las tiraban a la basura.

Había en ello un punto de clasismo ensimismado: nadie quería tocar nada que oliera a Trump ni con un palo. Y ya no digamos tener que pensar qué había pasado para que tanta gente le votara. ¿Que mi vecino ha votado qué? De repente, muchos se despertaron en un país que no conocían.

Poco antes de partir hacia Davos, parece que los Trump solicitaron al Museo Guggenheim de Nueva York un cuadro de Van Gogh y la directora, Nancy Spector, le dijo que no era posible. Pero había otra pieza que sí estaba disponible para decorar la Casa Blanca: un váter de oro de 18 kilates, obra de Maurizio Cattelan. La obra se titula, de hecho, America, y estuvo instalada en el urinario del quinto piso del museo, para uso de los visitantes.

Donald Trump pasó por Davos, el foro mundial de poderosos, con la tranquilidad de saber que Wall Street está contento con sus políticas. El índice Dow Jones ha marcado 11 récords históricos de cotización tan sólo este mes de enero. Suficiente tarjeta de presentación, junto a la reforma fiscal que supone la mayor bajada de impuestos en tres décadas, entre los que, hasta hace poco, arrugaban la nariz al escuchar su nombre.

Trump les dijo a los poderosos que ‘América primero’ no significa América ‘en solitario’, y pareció como si hubiera un suspiro de aprobación: ¡Haberlo dicho antes!, se lee en los rostros de los potentados, contentos de poder sonreír también en público, mientras ven crecer el valor de sus fondos de inversión.

A mí, sólo de verlo me da tembleque, -como la directora del Guggenheim, como los meméticos de las New Balance, sigo riéndome algo nervioso, sin saber qué ha pasado- pero lo cierto es que entre las élites se ha dejado de percibir a Trump como un loco peligroso -quizá loco, nada más-, a pesar de su comportamiento errático y a menudo desconcertante. Si la Bolsa no se cae, muchos de sus adversarios ya temen la reelección.

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