www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

DESDE ULTRAMAR

1948: Gandhi asesinado

Marcos Marín Amezcua
jueves 01 de febrero de 2018, 20:09h

Entre las efemérides redondas del año que transcurre, el septuagésimo aniversario del asesinato de Mahatma Gandhi nos mueve a varias reflexiones en el mundo convulso en el que vivimos. Uno que ya lo era cuando fue abatido el egregio indio, aquel 30 de enero de 1948.

No aspiró a gobernar su patria, sino a liberarla. Vivió para ver cristalizada la independencia india, aunque no pudo evitar la partición del subcontinente entre indios y paquistaníes, volcando el antiguo virreinato en un trencadís. Es su lucha en pro de la emancipación de su país en el discurso de la no violencia, lo que ha hecho que pase a la Historia y es tal laboriosidad tesonera lo que me interesa resaltar, porque es esa lid la que lo consagró, inmortalizándolo.

Gandhi enfrentó a la primera potencia de su época, aquella que se había enseñoreado con su nación nutriendo sus más caras fantasías. Porque así fue. En contraste, la Gran Bretaña trabajadora, incluso, sí se solidarizó con Gandhi durante su visita a tal, donde Churchill negose a entrevistarse con él y que expresara en algún momento posterior: “No me he convertido en primer ministro del Rey, para desmantelar el Imperio británico”, fijando su postura frente a la posibilidad de conceder el pedimento de aquel líder descalzo, que ya no era el de alcanzar el status de dominio, sino la libertad absoluta y sin cortapisas.

Porque Gandhi es ante todo, un símbolo. Y como tal, pasó a la Historia. No pudieron con él los atufados virreyes británicos que no comprendieron la dinámica de su afán no violento. Cayeron en sus redes. Lores que debieron afrontar su persona, de Irwin y Willingdon pasando por Lord Linlithgow y hasta el sagaz Mountbatten. Resistió. Infundió el valor a su pueblo en marchas como la de la sal y su campaña “Dejen la India”, con las que supo expresar nítidamente una palabra que no estaba dispuesto a trocar: independencia, así fuera que implicara la liquidación de la joya de la Corona. Disociar de ella el carbúnculo más preciado y emblemático era su meta. Y sucedió….

Gandhi sería pues una insignia, acaso una metáfora y como tal prevalece. Su ñanga figura, enjuta, casi quebradiza, de notable fragilidad por su diezmada salud, alimentada con sus huelgas de hambre –chantaje eficaz, después de todo– y capaz de irradiar, sí, de irradiar una resistencia que rindió sus frutos, lo dotó de su legendaria fisonomía y de su distinguible percha, sinónimo de quien pelea por un estado que anhelaba ser. Y ser por sí mismo.

Ahora bien ¿nos dice algo hoy la no violencia? Es posible que muy poco en este, el año en que conmemoramos también el septuagésimo aniversario de la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tan ninguneados, pisoteados y esquilmados por todos, atropelladamente, de forma mendaz y mezquina. Nadie escapa a su violación planetaria y acribillamiento. Así sea de manera brutal en África o de forma sofisticada en Europa o los Estados Unidos. Sucede. Por citar ejemplos. Por activa o por pasiva.

Si la no violencia implica defender causas justas e intentar que aquellas se consigan sin derramar una gota de sangre, acaso simpatizaremos con ello, pero no cabe duda de que hay que valorar el caso. Que sea cabal, sensato, aún incurriendo en ilegalidad (porque no se nos escapa que lo era, el separar India del Imperio británico). Así de riesgosa puede llegar a ser una defensa en toda regla.

Por otro lado, no cabe duda de que la raquítica figura del prócer indio, consagrado verbigracia, en un sobrio monumento en el bosque de Chapultepec en la Ciudad de México, rodeado de acantos, truenos, eucaliptos y ahuehuetes, siempre con sus infaltables coronas de flores homenajeándolo, nos conmina a intentar que esclarezcamos cómo fue que su frágil presencia movía multitudes con una fuerza inusitada. Indómito carácter de admirable resistencia. El de Gandhi fue un derroche de entereza.

La no violencia es un camino difícil de seguir, porque la contienda supone confrontación. Casi, casi lo impide. Meritorio resultará conseguirlo. En este setenta aniversario del deceso de Gandhi a manos de su asesino, un nacionalista indio, Nathuram Godse, sentenciado a muerte por tan artero crimen, y siendo cabeza o gatillero de un entramado de complicidades, cuán conveniente y oportuno resulta preguntarnos si la no violencia merece enarbolarse como una bandera en pie de lucha de una humanidad que parece que va a peor en materia de tolerancia y de búsqueda de la paz. Nuestro mundo convulso hace ya mucho tiempo que nos advierte que el Hombre sigue siendo el lobo del Hombre y opta por la violencia porque le paga más.

En este aniversario me ha llamado poderosamente la atención las palabras de su nieto, Arun Gandhi, quien ha expresado que a su abuelo se lo coloca en pedestales adorándolo, pero que lo difícil es seguirlo en sus enseñanzas. Este descendiente ha condenado a líderes mundiales con nula estatura moral, como Donald Trump, al que señala como un destructor de décadas de avance en la igualdad racial en su país.

Así pues, la no violencia debe de ser algo más que una frase a recordar en una conmemoración redonda, como la que nos congrega. Ha de ser norma, una defensa apta ante la injusticia y una adecuada herramienta reivindicadora que no exceptúe nada. No es sencillo en un momento tan borrascoso con un presente tan enrevesado como el nuestro. ¿Qué nos queda? Ante las adversidades y defendiendo una causa justa, no rendirnos, Seguir adelante. Estimo que es una de las principales enseñanzas de Gandhi, aun tropezándonos con abrojos, obstáculos de toda laya, riesgos e impedimentos colocados ahí para boicotear nuestro andar y nuestra pertinaz ambición de conseguir una mejora, retándonos. No cejar ante tales es un triunfo y estoy cierto de que Gandhi lo avalaría.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(0)

+
0 comentarios