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ENSAYO

Luke Harding: Conspiración. Cómo Rusia ayudó a Trump a ganar las elecciones

domingo 04 de febrero de 2018, 18:55h
Luke Harding: Conspiración. Cómo Rusia ayudó a Trump a ganar las elecciones

Traducción de Francisco J. Ramos Mena. Debate. Barcelona, 2017. 352 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 10,99 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

El periodista de The Guardian Luke Harding nos ofrece una obra de máxima actualidad que supone también un homenaje al periodismo de investigación. En unos tiempos como los actuales donde prima el titular impactante (con independencia de su veracidad), se decanta por contextualizar adecuadamente, consultar fuentes, tirar del hilo y mostrar ante la ciudadanía un trabajo final cuyo objrtivo es asegurar el buen funcionamiento de la democracia.

Obviamente, el hecho de que los protagonistas de la historia sean el binomio Trump-Rusia (Putin) facilita captar la atención del lector. Además, si este último es politólogo o cultiva disciplinas como la geopolítica y la historia, hallará en la obra un producto de inestimable valor. En efecto, Luke Harding fue corresponsal en Moscú del rotativo The Guardian, por lo que conoce sobradamente los “hábitos” de las autoridades rusas, en particular esa tendencia natural por espiar a quien visita su territorio. El autor lo sufrió en carne propia y cabe preguntarse de manera legítima si también Donald Trump forma parte de la videoteca del Kremlin.

Junto a ello, Harding refleja otro hecho nada baladí como es la reaparición gradual a lo largo de los años noventa del siglo XX de los antiguos agentes del KGB, ocupando cargos de relevancia política en la federación rusa y eliminando cualquier tipo de oposición, tanto en el Parlamento como en los medios de comunicación. Al frente de esos antiguos espías hallamos a Putin, para quien la implosión de la URSS había constituido el principal desastre del siglo XX, de ahí su obsesión (nada encubierta, por otro lado) por fomentar el enfrentamiento dentro del bando occidental, al que responsabilizaba de la caída del imperio (con pies de barro) soviético.

A día de hoy no admite duda alguna que Rusia tuvo una presencia destacada en las últimas elecciones presidenciales de Estados Unidos, lo que no supone atribuir en exclusiva a tal factor la derrota de Hillary Clinton. Por ello, resulta de mayor importancia analizar las razones por las que Moscú apoyó de manera tan concreta e insistente a Donald Trump. Al respecto, de la obra de Harding extraemos algunas de ellas.

Por un lado, la candidata demócrata mostraba un mayor antagonismo hacia las veleidades expansionistas de Rusia en su “patio trasero” (por ejemplo, había apoyado las sanciones promovidas por la Unión Europea tras la ocupación rusa de Crimea). Por otro lado, el aspirante republicano, mucho antes de pasar de los negocios a la política, ya se encontraba bajo el radar de los servicios secretos soviéticos/rusos.

En efecto, estos últimos detectaron en el empresario el perfil perfecto para ser instrumentalizado no sólo por sus intereses megalómano-comerciales o por sus algaradas verbales (o vía Twitter), sino porque también cuestionaba algunos de los pilares fundamentales de la política exterior norteamericana. Para Trump la tendencia de Estados Unidos, en particular durante las recientes presidencias de George W. Bush y Barack Obama, de desplegar la democracia y la libertad por el mundo sólo había traído el caos. Se trata de un argumento que ya había difundido en 1987 cuando afirmó que “durante décadas, Japón y otras naciones se han aprovechado de Estados Unidos. La historia continúa hoy cuando defendemos el Golfo Pérsico, un área que sólo tiene una importancia marginal para Estados Unidos por sus reservas de petróleo, pero de la que dependen totalmente Japón y otros. ¿Por qué estas naciones no pagan a Estados Unidos por las vidas humanas y los miles de millones de dólares que estamos perdiendo para proteger sus intereses?” (p. 220). Por tanto, si Estados Unidos renuncia voluntariamente a ser protagonista en el tablero global, facilita la presencia hegemónica de Rusia en el mismo.

Con respecto al futuro, el interrogante que se deberá resolver en el periodo 2016-2020 lo plantea el autor: si Putin había calculado que una presidencia de Trump sería más comprensiva con Moscú que una liderada por Hillary Clinton, ¿realmente ocurrirá así? (p. 114). De momento tenemos ya una primera respuesta a la que alude Luke Harding: el Congreso de Estados Unidos rechazó la propuesta del presidente norteamericano de eliminar las sanciones (económicas y comerciales) que pesaban sobre Rusia.

Esta decisión, además de suponer un varapalo para las expectativas de Putin, nos pone en relación con una idea fundamental: la democracia norteamericana está por encima de quien eventualmente sea el presidente de la Nación. Dicho con otras palabras: su tajante separación de poderes y el sistema de frenos y contrapesos suponen un obstáculo infranqueable para cualquier tentación autócrata. El desarrollo de la investigación puesta en marcha por el FBI, sea cual sea su conclusión final, no sólo arrojará luz sobre las intenciones y las conexiones Trump-Putin, sino que fortalecerá el sistema político estadounidense en su conjunto.

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