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TRIBUNA

El Ulises de José Salas Subirat

lunes 05 de febrero de 2018, 20:36h

Algunos esquemáticos especialistas afirman que 1922 es el año decisivo de la literatura moderna (el annus mirabilis, “el año de los milagros”, como declamatoriamente lo califican. Esgrimen razones acaso menos valederas que precisas. Se basan en que ese año fueron dados a la imprenta La tierra baldía, de T. S. Eliot y el Ulises, de James Joyce). Aún no sé porque no se tiene en cuenta al genial Ramón Gómez de la Serna y sus imaginativas novelas fundacionales, publicadas ese mismo año, entre las que sobresale El incongruente, que en cierto modo prefigura a Franz Kafka. En otro sentido, admito, eso sí, el caso de James Joyce, que sigue despertando polémicas. Nunca en la historia de las letras una obra ha sido tan criticada (y hasta denostada), a la vez que admirada y celebrada como el Ulises.

Hasta se vuelve personal el encono de algunos intelectuales hacia el genial irlandés. Virginia Wollf, por ejemplo, escribió que era la obra de un “autodidacta, egoísta, insistente, teatral, y en última instancia, abominable. Es el esfuerzo de un estudiante nauseabundo reventándose los granos”. Y añadió: “Si puedes cocinar la carne ¿por qué comerla cruda?”. D. H .Lawrence no fue menos grosero al deslizar: “¡Dios mío, qué burda olla podrida es James Joyce! Nada más que colillas viejas y pedazos de fragmentos de citas de la Biblia; lo demás estofado en el jugo de la deliberada obscenidad periodística”. En cuanto a su compatriota Bernard Shaw, dictaminó concluyente: “He leído varios fragmentos de Ulises. Un asco. Se trata de un registro repugnante de una fase asquerosa de la civilización”. Borges, entre drástico y complaciente, no dudó en declarar que Ulises es un libro escrito para la crítica literaria, no para lectura. Luego completó a manera de elogio: “Joyce fue uno de los primeros escritores de nuestro tiempo. Verbalmente, es quizá el primero. En Ulises hay sentencias, hay párrafos, que no son inferiores a los más ilustres de Shakespeare”. Para Julio Cortázar era meramente un libro cómico.

“Ulises es una novela imposible y apasionante que cada tanto abro para releer –me dijo la inteligente Silvina Ocampo-. Suelo hacerlo en inglés y, a veces, recurro a la traducción que hizo al español José Salas Subirat. Me encanta confrontar los procedimientos empleados para trasladar el texto original a nuestro idioma. Tarea imposible si las hay, porque cualquier intento me parece frustrado debido a las palabras compuestas, o palabras valijas, que Joyce utiliza en inglés, como por ejemplo deepawareness o sublimemadness (conciencia profunda o locura sublime), entre tantas otras.”

Mi amigo Darío Falú no duda en relacionar el Ulises con Tristram Shandy, de Laurence Sterne (1713- 1768), un desprejuiciado escritor y humorista irlandés, que Nietzsche considera “el escritor más libre de todos los tiempo y el gran maestro del equívoco”. Sabemos que Sterne admiró a Cervantes, Rabelais y Jonathan Swift, y que fue uno de los escritores más innovadores e influyentes de la literatura. Pero como sobre gustos no hay nada definitivo, en su momento Tristram Shandy, no fue bien recibida por parte de la crítica inglesa; el severo Samuel Johnson dijo refiriéndose a ella que “nada extravagante puede perdurar”. Aun así, y quizá precisamente por su cuidada extravagancia sigue vigente. Sterne anticipa muchos de los recursos narrativos de las vanguardias literarias de fines del siglo XIX e inicios del XX; en gran medida lo suyo es una suerte de monólogo interior que preanuncia el Ulises de Joyce; además de jugar con la dilatación del tiempo de asombrosa. Tristram Shandy, verbigracia, es una historia evidentemente falsa, sobre todo si se emplea como excusa. También coincidimos con Darío Falú, en que el célebre diácono anglicano Lewis Carroll fue otro antecedente digno de tenerse en cuenta.

Hoy, a poco de que se cumplan cien años de la publicación del Ulises de James Joyce, su novela sigue despertando pasiones encontradas y ni hablar de las nuevas traducciones que se han realizado y siguen confirmando el lugar clave que ocupa en la literatura contemporánea. ¿Cómo referir entonces un libro así? ¿A qué responde la fascinación que ejerce, sólo comparable a su legendaria dificultad para ser leído? ¿Y esta dificultad es efectivamente tal? Que su autor lo veía así y con cierta perversa intensión lo confirma una de sus aseveraciones más citadas: “La demanda que hago a mi lector es que dedique su vida entera a leer mi obra”. El Ulises es como un gigantesco repositorio de recursos que su autor pone a disposición de quienes formamos parte de su gremio.

Pero vayamos al extraño caso de un discreto señor llamado José Salas Subirat, mencionado por Silvina Ocampo. Se trata, como se sabe, del titán que acometió la empresa de verter el Ulises al español, el primero, claro está; hoy su nombre figura entre los mejores traductores del siglo XX, aunque su historia y su rostro, hasta ahora, han sido definitivamente desconocidos para el mundo literario. Digo hasta ahora, porque como todo llega, se acaba de publicar su forzada biografía.

Recuerdo que le pregunté a Silvina sobre el polémico traductor: “¿Y de Salas Subirat, qué sabés?

¿Un personaje casi anónimo para la literatura? –respondió; y siguió explicando, siempre abierta a las sorpresas-. “Con Adolfito y Borges lo conocimos. ‘Pepe’ Bianco lo trajo a cenar una noche aquí, en casa. Era un hombre muy tímido que sabía poco de literatura; lo cual, como imaginarás, nos sorprendió a todos. Fue el primer traductor de Ulises al español. Se parecía bastante en su actitud a Enrique Martorelli Francia, el traductor de la Divina Comedia.”

“Es cierto –acepté-. Un caso bastante parecido al de don Enrique. Son esas personas que se deslumbran con un autor y le consagran buena parte de la vida.”

A Enrique Martorelli Francia, amigo de los Bioy, del poeta Carlos Mastronardi y de Borges, tuve también la felicidad de conocerlo. Digo felicidad porque era un ser delicioso que, cada tanto, visitaba al autor de El Aleph. Una persona sencilla, para nada intelectual, que guardaba devoción por Dante Alighieri y acometió una traducción que justificó su vida; le llevó años. Fue publicada en México en la década del 60’.

A esta altura de mi texto, agrego que esta vivencia personal la encuentro anotada en un diario que yo llevaba durante esa época, y que sucedió mientras revisábamos con Silvina Ocampo su volumen de poemas Breve santoral, que con prólogo de Borges e ilustraciones de su hermana Norah, publicó el editor Osvaldo Gaglianone con mi colaboración.

Pero sigamos con el Ulises de Joyce, un libro denso y complejo que no son pocos los críticos que recomiendan leerlo acompañándose de una guía, tal como la realizada en su momento por dos empeñosos analistas a los efectos de comprender mejor las claves de la novela. Lleno de personajes y con una intrincada trama, se trata para muchos de la obra cumbre de la lengua inglesa. Lo que pocos saben, sin embargo, es que quien lo tradujo por primera vez al castellano fue el empleado de una compañía de seguros llamado José Salas Subirat, que con un dominio básico del inglés, realizó una tarea ciclópea ante la cual el mismo Borges había retrocedido en 1947 cuando se le formuló el pedido, ya que traducir al español las 267 mil palabras contenidas en esos dieciocho capítulos, con más de mil páginas de la emblemática novela del siglo XX, era una ardua tarea. “Algo no recomendable para un ocioso como yo”, se defendía Borges.

Ahora bien, la vida de José Salas Subirat fue uno de los grandes misterios de la Argentina, y, por qué no, del habla hispana, que ahora, como señalé, se ha desentrañado en parte gracias a la biografía escrita por Lucas Petersen, titulada El traductor de Ulises. Para desconcierto de todos, el hombre que en 1945 realizó esa proeza descomunal no era ningún erudito, sino un hijo de inmigrantes que terminó la escuela primaria a los 23 años, se ganó la vida como agente de seguros; y, según Silvina, con un dominio acaso limitado del inglés, logró lo que no habían conseguido los mejores intelectuales de la época.

En su momento, el impacto de la traducción fue extraordinario en todo el mundo hispanohablante, aunque no faltaron quienes pusieron reparos, porque consideraban que se trataba de una versión excesivamente ajustada a un castellano que se utiliza en la Argentina. En todo caso, la versión de Salas Subirat fue un logro pionero y una aportación extraordinaria leída y admirada por generaciones de lectores. Más de tres décadas después, en 1976, la editorial Lumen de Barcelona dio a conocer la traducción del poeta sevillano José María Valverde y el efecto de esta segunda versión castellana fue comparable a la que, en su momento, produjo la de Salas Subirat. Valverde supo entender toda la complejidad estilística y los diferentes tonos en los que fue escrito el Ulises, así como traspasar cada significado e inflexión de la narración a nuestro idioma.

La resultante fue el comienzo de una empresa que absorbería a Valverde por más de ocho años, y que concluye en nuevas versiones que acaban de publicarse y republicarse. Agreguemos que en 1996 no le tembló la mano al temerario traductor Eduardo Chamorro a la hora de enmendar, para la edición de Planeta, el texto de Salas Subirat en más de un 50 por ciento, borrando sus (según él) “los excesivos porteñismos”; acto que fue calificado, en esos días, por mi recordado amigo Juan José Saer como de “vandalismo y masacre literaria”.

La historia se repite, no ya como tragedia o farsa sino, nuevamente -y como corresponde-, como epopeya. Un instalador de redes de datos, llamado Marcelo Zabaloy, empleado en una agencia de viajes, sin experiencia previa en la traducción literaria, leyó Ulises por primera vez en 2005 y hacia 2007 empezó a traducir, por puro gusto y para mejor entender el original, un fragmento del capítulo 17 y, según se sabe, sigue adelante. Más en silencio y también por puro gusto, el académico argentino Rolando Costa Picazo ha concluido su versión, que, confieso con toda sinceridad, no he leído y es probable que no lo haga. Dicho esto con todo respeto, debido a que en esta altura de mi vida me abruman los volúmenes fatigosos y me inclino por los textos breves.

En lo personal, como Silvina Ocampo, cuando regreso por algún motivo al Ulises lo hago en la (para algunos, todavía) discutida versión del oscuro José Salas Subirat. Traductor que parece inventado por el mismo Joyce, muy emparentado con Leopold Bloom, alias “Poldy”, antihéroe si los hay, que sigue reclamando sus derechos.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    7386 | María Alicia Farsetti - 07/02/2018 @ 01:25:26 (GMT+1)
    Muy interesante el artículo de Roberto y oportuno, además, en cuanto se están por cumplir los cien años de su edición. El fenómeno Subirat me lleva a recordar una opinión que le escuhé a Jaim Etcheverry sobre la educación, que contribuye a interpretarlo, vale decir que alguien sin experiencia literaria ni especialmente cultivado haya sido capaz de semejante reto: "pocas cosas hacen falta para evolucionar intelectualmente y adquirir poder de abstracción: saber leer, sumar y restar. Lo demás llega solo". Por mi parte El Ulises me resultó plomizo, insoportable.

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