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Tocata y fuga de los independentistas

martes 20 de febrero de 2018, 12:06h

El sistema judicial español permite que los investigados por la Justicia puedan mentir ante los tribunales como parte de su estrategia de defensa. Es comprensible que un ladrón niegue haber robado. Pero no lo es tanto, por muy legal que sea, que los líderes separatistas que han seducido a dos millones de catalanes con la promesa de “llegar hasta el final” para lograr la independencia se arruguen ante el juez Llarena y renieguen de sus principios para eludir la cárcel.

La cobardía de todos y cada uno de los investigados por haber intentado dar un golpe de Estado resulta bochornosa. Y cuesta creer que esos dos millones de catalanes que han votado a los partidos separatistas no se sientan engañados y decepcionados a la vista de las vergonzosas declaraciones de sus líderes.

Fue Carmen Forcadell la primera que se rindió por pasar una noche en la cárcel. Además de pedir clemencia con lágrimas en los ojos, intentó hacer creer al juez Llarena que la declaración de independencia, que ella misma había impuesto marginando a la Oposición y retorciendo el reglamento del Parlament para que fuera votada, era en realidad un acto simbólico, sin trascendencia jurídica y que en ningún momento pretendieron crear la República independiente.

Y tras ella, uno a uno fueron arrugándose a medida que se sentaban enfrente del magistrado del Supremo para poner pies en polvorosa y abandonar la cárcel. Romeva, Rull, Turull, Sánchez, Cuixart, Rovira y Pascual declararon, sin que se les cayera la cara de vergüenza, que se trataba de un mero acto simbólico. Solo Junqueras mantuvo su dignidad y se negó a acatar la Constitución. El resto, no entonó el “Viva España”, porque Llarena no se lo pidió. Y Joaquim Forn, el cerebro gris de la siniestra actuación de los Mossos el 1-O, ha llegado a renunciar al acta de diputado con la intención de ser excarcelado, lo que todavía no ha conseguido.

La actitud más bochornosa, sin embargo, la ha protagonizado Puigdemont y los consejeros que le acompañan en su mansión de Waterloo. El expresidente de la Generalidad, después de proclamar solemnemente la República independiente de Cataluña, después de ser aclamado por las multitudes como el gran caudillo, con nocturnidad y alevosía, disfrazado para no ser reconocido, huyó a Bélgica para salvar el pellejo. Y ahí sigue boicoteando, además, la formación del Gobierno de la Generalidad.

Siguiendo los pasos de Puigdemont, ahora Anna Gabriel, la exlíder de la CUP, el partido anticapitalista, se ha refugiado en Suiza, el país capitalista por antonomasia. La comunista más beligerante y radical del Parlament se ha cobijado a la sombra de los gigantes de la Banca mundial. La defensora de los pobres ahora vive en el paraíso de los ricos. Y Artur Mas, el que puso en marcha el maldito procés para amarrar la poltrona, ha sido el último en rendirse delante del juez Llarena. También ha dicho que todo fue “simbólico”. Los arrogantes secesionistas han resultado ser unos cobardes.

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