NBA. Kevin Love, escudero de LeBron James, desnuda sus problemas mentales
EL IMPARCIAL
miércoles 07 de marzo de 2018, 02:34h
El ala-pívot de los Cleveland Cavaliers ha publicado su padecimiento interno.
Kevin Love fue fichado por los Cleveland Cavaliers como parte del Big Three que pretendían conformar con LeBron James y Kyrie Irving. Esa mezcla de talento, combinada con un bloque de secundarios laboriosos y eficaces, les propulsó hasta tres Finales de la NBA y un anillo. Pero el ala-pívot californiano, sobrino del cantante de los Beach Boys Mike Love, nunca ha llegado a cumplir el rol estelar entregado cuando firmó su contrato. Su rendimiento sólo ha ofrecido rachas que se corresponden con el pedigrí esperado, lejos de la continuidad que ha necesitado su vestuario para acumular más títulos.
El caso es que esta temporada, cuando afrontaba con 29 años otra tentativa de llegar a la cima, sufrió un episodio que nunca le había ocurrido, relacionado con la ansiedad y la presión que sufría por el mal funcionamiento de los Cavaliers -que conllevaría una revolución en la ventana de traspasos invernal y en la brecha con respecto a la primera plaza de la Conferencia Este-. Perdió el control. Ocurrió durante el primer tercio del calendario, en un enfrentamiento ante los débiles Hawks. Se fue a los vestuarios en la segunda parte y no volvió a la cancha. Esta semana ha explica los motivos de aquella fuga.
Lo ha hecho escribiendo para el sitio web The Player's Tribune, un lugar en el que los deportistas exponen sus opiniones de su mismo puño y letra. En el texto explica que sufre problemas mentales, una dolencia que quizá le ha llevado a rendir por debajo de lo esperado todos estos años de exigencia. "El 5 de noviembre, después del descanso de nuestro partido contra los Hawks, tuve un ataque de pánico. No supe ni de dónde venía, no me había pasado antes. No sabía ni si me parecía real, pero lo era. Tan real como una mano rota o un esguince de tobillo. Ese fue el día en el que cambió todo lo que pensaba sobre mi salud mental", avanza.
"Nunca me ha gustado hablar de mí. Cumplo 29 años en septiembre y siempre he sido muy protector con mi vida privada. Me gustaba hablar de baloncesto, no de mi vida. Y ahora me doy cuenta de que me habría resultado muy beneficioso tener alguien con quien hablar durante todos estos años", expone para, a continuación, esclarecer que "Ahora quiero hablar de ello". "En parte por mí, en parte porque creo que no se habla lo suficiente de la salud mental. Y más si eres un hombre o un chico joven. Lo sé por experiencia. Crecí creyendo que sabía cómo se tenía que comportar un chico. Te enseñan lo que es ‘ser un hombre’. Como un guion: ‘sé fuerte, no hables de tus sentimientos, ocúpate tú de tus cosas'", prosigue.
Y el argumento asume que "durante 29 años seguí ese guion. No es nada nuevo: son valores que son tan comunes que están en todas parte". "Durante 29 años pensé en la salud mental como un problema que podrían tener otros. Sabía que a otros les iba bien pedir ayuda pero para mí era me parecía una forma de poner en peligro mi éxito en el deporte o hacer que parecería un tipo raro o distinto. Pero entonces vino el ataque de pánico. Y sucedió en pleno partido", confiesa. En el peor momento afloró un brote de ansiedad, una de los infortunios más nocivos para un deportista de élite, ya que su ejecución depende en gran parte de la convicción en sus posibilidades.
"Fue el 5 de noviembre, dos meses y tres días después de cumplir 29. Contra los Hawks, en nuestra pista. Décimo partido de la temporada. Fue una tormenta perfecta: estaba estresado por asuntos familiares, no estaba durmiendo bien y en pista las expectativas que habían mezcladas con nuestro mal inicio me estaban afectando. Sabía que algo estaba mal desde el salto inicial. Estaba acelerado desde las primeras posesiones. Era algo muy raro. Y mi juego no estaba allí: en la primera parte jugué 15 minutos y metí una canasta y dos tiros libres. Después del descanso, Lue (Tyronn, su entrenador) pidió un tiempo muerto y cuando fui hacia el banquillo mi corazón empezó a ir mucho más rápido de lo habitual", continúa.
En este punto, su narración se vuelve explícita sobre lo sufrido. "Empecé a tener problemas para respirar, es difícil de explicar pero todo daba vueltas como si mi cerebro estuviera intentando salirse de mi cabeza. El aire se volvió espeso, mi boca parecía tiza. Un entrenador asistente gritaba algo de una jugada defensiva y yo asentía pero no me estaba enterando de lo que me decía. Para entonces estaba muy asustado. Cuando me levanté para hacer piña con el equipo, sabía que no podía seguir jugando. Literalmente: me resultaba físicamente imposible. El entrenador Lue vino a preguntarme porque veía que algo iba mal. Le dije que volvía enseguida y me marché corriendo al vestuario. Corrí de sala en sala como si buscara a alguien a quien no encontraba. Solo quería que mi corazón parara de latir tan rápido. Parecía que mi cuerpo me estaba diciendo que iba a morir. Acabé tirado en el suelo del vestuario boca arriba, tratando de tener suficiente aire para respirar. Lo siguiente fue visión borrosa y alguien de la franquicia me llevó a una clínica".
Pasado el episodio, Kevin Love vuelve a la cronología señalando que "volví para el siguiente partido contra los Bucks, dos días después. Ganamos y metí 32 puntos". "No puedo ni explicar cómo de aliviado me sentí por volver a jugar y sentirme yo mismo. Pero mi gran alivio era que nadie sabía por qué me había marchado en el partido contra los Hawks. Había gente en los Cavs que sabía lo que me había pasado pero muchos otros no. Y nadie había escrito sobre ello. Pasaron los días, todo iba bien otra vez pero una preocupación crecía en mí: '¿por qué me preocupa tanto que nadie se entere?'", reflexiona.
"Fue un toque de atención. Pensaba que lo peor ya había pasado pero era al revés. No dejaba de pensar en qué había pasado y por qué no quería que se hablara de ello. Llamadlo estigma, llamadlo miedo o inseguridad –se le puede poner muchos nombres-, pero lo que me preocupaba no era el problema sino lo difícil que me resultaba hablar de ello. No quería que se me considerara menos fiable para el equipo, y todo por ese guion que había aprendido de crío", reconoce.
Y arriba su carta abierta al punto de inflexión en el que el ex compañero de Ricky Rubio en los Timberwolves confirma que "sólo tenía una cosa clara: no podía enterrar lo que había pasado y seguir adelante. Así que hice algo pequeño que acabó teniendo grandes consecuencias: los Cavs me ayudaron a encontrar un terapeuta". "Yo me preguntaba qué problemas eran los que tenía si tenía salud, me ganaba la vida jugando al baloncesto y no tenía nada de lo que preocuparme. No quería ser el primer deportista hablando de cuestiones de salud mental. No quería parecer débil. Eso decía el guion: arréglalo tú todo. Pero es raro si lo piensas: en la NBA tienes preparadores profesionales para ayudarte en muchas áreas. Entrenadores, asistentes, nutricionistas… Pero nadie podia ayudarme cuando estaba tirado en el suelo intentando respirar", arguye.
Entra, a esta altura, en el último tramo de su viaje relativo al conocimiento de sí mismo que le ha deparado el brote de ansiedad que le sacó de la cancha en pleno partido. "A la primera cita con el terapeuta fui con escepticismo, pero me sorprendió. No ponía el foco en la NBA, no creía que fuera la principal razón por la que yo estaba allí y eso fue como un soplo de aire fresco. Hablamos de muchas cosas que no tenían nada que ver con el baloncesto y me di cuenta de cuántas surgen de sitios en los que ni te has preocupado en reparar. Crees que te conoces pero cuando empiezas a quitar capas, es increíble lo que hay por descubrir".
"Desde entonces tengo citas cada vez que estoy en la ciudad, si puedo varias al mes", manifiesta antes de compartir su sosiego al estar "descubriendo el poder de exteriorizar las cosas". "No es un proceso mágico: es aterrador, duro, extraño. No te deshaces de los problemas sólo por verbalizarlos pero eso hace que con el tiempo los entiendas mejor y los hagas más manejables. No estoy diciendo que todo el mundo tenga que ir a terapia. Mi principal lección no ha sido esa sino que hay que enfrentarse al hecho de que necesito ayuda", desgrana, antes de aclarar que todavía no ha superado sus problemas. Y finaliza escribiendo que "quiero terminar con algo que intento recordarme a mí mismo estos días: a todo el mundo le pasa algo que no podemos ver".
"La salud mental es un asunto invisible, pero de una forma u otra nos afecta a todos. Es parte de la vida", corrobora para concluir añadiendo que "no afrontarlo nos priva de la posibilidad de conocernos y nos quita la posibilidad de ayudar a otros. Así que si lees esto y lo estás pasando mal, más allá de lo grande o pequeño que te parezca tu problema, sólo quiero decirte que ni eres raro ni diferente por compartirlo. Al contrario, puede ser la cosa más importante que hagas. Lo ha sido para mí”.