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EN LA MUERTE DE STEPHEN HAWKING

miércoles 14 de marzo de 2018, 11:58h
En la capital asturiana de todas mis nostalgias, en el Oviedo de los Premios Príncipe de Asturias, tuve la suerte...

En la capital asturiana de todas mis nostalgias, en el Oviedo de los Premios Príncipe de Asturias, tuve la suerte de mantener dos conversaciones con Stephen Hawking. La primera cuando ganó el galardón en 1989. La segunda, más extensa, cuando la Fundación celebró el XXV aniversario de la creación de los Premios.

Me aseguró el gran científico que él no había formulado la teoría del big bang, que sentía profunda admiración por la obra de Einstein, que no compartía con el genio su idea de un Universo infinito, que nuestro Universo está en expansión y que no se puede descartar la existencia de otros Universos, “tantos como granos de arena en la playa de Ipanema”. A preguntas muy concretas mías, y con la ayuda de su mujer, afirmó que la ciencia física descarta la intervención de Dios en la creación de nuestro Universo, el cual incluso podría derivar en su big bang de otros Universos.

No me negó la existencia de Dios. Stephen Hawking no era ateo sino agnóstico. No se puede probar científicamente la existencia de Dios, no se puede probar científicamente la inexistencia de Dios, pues lo razonable para él como científico era prescindir de este asunto. “Si a esa causa primera que no conocemos la quiere usted llamar Dios, me parece bien, no voy a entrar en una cuestión que carece de interés para mí”, me dijo.

En su Historia del tiempo, uno de los diez libros claves del siglo XX, Stephen Hawking mantenía esa posición, reafirmada después en The grand design. Vale la pena reflexionar sobre este párrafo escrito por el erizante científico británico en su citada Historia del tiempo: “Según la teoría general de la relatividad, ha habido en el pasado un estado de densidad infinita, el big bang, que habría constituido un inicio efectivo del tiempo. De igual modo, si el conjunto del Universo se volviera a colapsar, debería haber otro estado de densidad infinita en el futuro, el big crunch, que sería un final del tiempo. Incluso si el conjunto del Universo no se volviera a colapsar, habría singularidades en las regiones localizadas cuyo colapso ha formado agujeros negros y que supondría el final del tiempo para cualquiera que cayera en ellos. En el big bang y otras singularidades, todas las leyes habrían dejado de ser válidas, y Dios todavía habría tenido libertad completa para escoger lo que ocurrió y cómo empezó el Universo. Al combinar la mecánica cuántica con la relatividad general, parece surgir una nueva posibilidad que no cabía anteriormente: que el espacio y el tiempo puedan formar conjuntamente un espacio cuadridimensional finito sin singularidades ni fronteras, como la superficie de la tierra pero con más dimensiones”. Parece que esta idea, según Hawking, podría explicar muchas de las características observadas del Universo, como su uniformidad a gran escala y también las separaciones de la homogeneidad a menor escala, como galaxias, estrellas e incluso los seres humanos. Pero si el Universo estuviera completamente autocontenido, sin singularidades ni fronteras, y fuera absolutamente descrito por una teoría unificada, ello tendría profundas implicaciones para el papel de Dios como Creador. Einstein se preguntó en cierta ocasión: “¿Qué posibilidades de elección tuvo Dios al construir el Universo?”. Si la propuesta de ausencia de fronteras es correcta, Dios no tuvo libertad alguna para escoger las condiciones iniciales, aunque habría tenido, claro está, la libertad de escoger las leyes que rigen el Universo. Esto, sin embargo, podría no haber constituido en realidad una verdadera elección: bien podría ser que hubiera una sola o un número pequeño de teorías unificadas completas, como la teoría de cuerdas, que sean autocoherentes y permitan la existencia de estructuras tan complejas como los seres humanos, que pueden investigar las leyes del universo y preguntarse por la naturaleza de Dios.

Era Stephen Hawking, en fin, persona extraordinariamente amable, no tenía postrado el sentido del humor, siempre alerta la respuesta del ingenio y la reflexión del genio. Ojalá se hayan despejado para él, en la hora de su muerte, al cruzar la oscura penumbra del más allá, las incógnitas que vertebraron su vida y a las que supo dar respuesta de asombrosa lucidez.