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TRIBUNA

Gabriel

Juan José Vijuesca
miércoles 14 de marzo de 2018, 20:44h

Ahora mismo hay tantos lazos como causas a tener en cuenta. Cada uno de un color diferente guarda para sí un motivo de interés, unos más que otros, dicho sea, pero al llevar puesto en lugar visible uno de esos lazos solidarios nos estamos posicionando a favor o en contra de causas de primera necesidad. No es momento para buscar distintivo alguno que pueda identificarnos con el asesinato de Gabriel. Ni a él ni a Mari Luz, ni a tantos otros niños y niñas víctimas de los depredadores más salvajes de nuestra sociedad se le puede honrar con uno de esos símbolos, porque el color de lo horrendo aún no está inventado.

Duele todo. Absolutamente todo. Duele el destino de la maldad, porque al menos la fatalidad, aun siendo de temer, carece de conciencia y de cobardía. Duele la niñez perdida en apenas 100 metros. Duele lo de Gabriel y por eso lloran y se abrazan los guardias civiles, ya saben, miembros de esa fuerza de seguridad del Estado que algunos discriminan por antojo ideológico. Duele más, si cabe, porque el tiempo nos va devorando en ilusiones cada vez que un niño sufre.

Llego a esta parte de mi artículo y confieso que mis renglones principales se resisten, esto me suele pasar cada vez que un niño es víctima de la crueldad más despreciable. La pesadumbre me supera y la palabra escrita se retuerce. Gabriel, el niño rodeado de peces, ya ha cruzado esa barrera de coral que separa lo horrendo de las profundas aguas de un mar de cristal. No llevo lazo porque no he encontrado ningún color disponible. Ni siquiera el negro. Aún no hemos descubierto el color para la desesperación ni para la tragedia con niños de por medio. Matar niños es un crimen tan abominable que nos mutila como especie y frente a eso es imposible exhibir lazos, tan solo se me ocurre estrechar los que por buena obra aman la esperanza de vida. Duele la crueldad porque el dolor de las sonrisas apagadas de un niño significa quedar a merced de oportunidades para conseguir ser mejor persona. Quien deje de ser niño, dejará de amar.

Estoy harto de los minutos de silencio, los crespones negros en banderas a media asta, los días de luto y la estadística del dolor. Lo odio porque seres insensibles hacen que la justicia sea una irreverencia a modo de pecado venial. Lo odio porque las voces con doble corchea son las mismas que condenan y a la vez atemperan el endurecer las penas. Son los que derogan tanto en caliente como en frío porque su doble moral es pareja inseparable de baile en sociedad. Lo odio porque el dolor ajeno queda en ajeno. Lo odio porque coleccionamos colores para cada motivo sin darnos cuenta que asesinar a un niño nunca podrá tener color alguno. La sonrisa de un niño es el único lazo que le distingue. Si le arrebatan la sonrisa ya no queda nada.

Nos acostumbramos al dolor de lo ajeno con tanta facilidad como en buscar excusas. Créanme, nadie vendrá a consolarnos más allá de nuestros deudos que se precien en serlo, porque la sociedad actual nos convierte en seres emancipados frente a los demás. Duele y atemoriza ponerse en el lugar de las víctimas. Sentimos el hondo punzón en lo más profundo. Acusamos el horror más descarnado de lo acontecido; sin embargo, mañana será un caso más de la larga lista de esa crónica negra. Las leyes seguirán teniendo idéntico doblez de interpretación, los políticos no interpelarán las injustas condenas al unísono y la sociedad, esa misma sociedad de adultos a la cual pertenecía Gabriel como niño sonriente, pasará la página del dolor ajeno con suma facilidad a sabiendas de que para este tipo de crímenes no hay lazos de color definido.

La autora confesa del asesinato ha reconocido haber sido ella quien lo cometió. Un frio golpe de hacha y un estrangulamiento fueron la causa para cercenar la vida de un niño de ocho años. Y a esto algunas voces tratan de ponerle un paréntesis haciendo apología entre la izquierda y la derecha, entre el color de la piel y la xenofobia. Uno llora por dentro y por fuera sin remedio.

En fin, Gabriel, allá en donde estés duerme con la tranquilidad de habernos regalado lo mejor de tu niñez, tu inseparable sonrisa. Descansa en paz con los buenos de verdad.
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