Cada tanto, cuando visitó a mi hija, que vive en Cassà de la Selva, cerca de Gerona, suelo atravesar la frontera con Francia para llegar hasta Perpiñan donde me reciben unos amigos dedicados al proverbial oficio de elaborar vinos. Los pueblitos de ambos lados me deslumbran. Antes de cruzar, aún en territorio español, me desvío un par de kilómetros para subir una empinada montaña, a orillas de la Costa Brava, que conduce al cementerio de Portbou y poner unas flores en la tumba de Walter Benjamin. No es todo. Unos kilómetros más adelante, ya en territorio francés, en Colliure, está la tumba de Antonio Machado, enterrado junto a su madre, que también visito invariablemente para depositar mi tributo, y nunca olvido recitar su inmortal, premonitorio poema “Caminante no hay camino”, a quien el trovador Joan Manuel Serrat agregó sus versos y cantó en su homenaje con sentida voz incomparable que, sin duda, resonará también como caricia en los oído de más de uno de mis lectores:
Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
Caminante no hay camino,
se hace camino al andar...
Golpe a golpe, verso a verso…
¡Ah, don Antonio, qué poeta, qué glorioso caballero español, qué entrañable maestro e inspirador desde el más allá, siempre! ¡Recordar sus versos es disfrutar y a la vez conmoverse plenamente de la melancólica sensibilidad de España!
Nunca perseguí la gloria
Ni dejar en la memoria
De los hombres mi canción;
Yo amo los mundos sutiles
Ingrávidos y gentiles
Como pompas de jabón…
¡Qué curiosos e inextricables los caminos del destino! ¡Qué analogías misteriosas nos ofrece la existencia!
Se me ocurre ahora que si entrecruzamos ambas historias, la de don Antonio Machado y la de Walter Benjamin, podemos remitirnos a la más pura expresión de la integridad humana y, aunque nos entristezca o nos irrite, al horror irracional de dos formas de violencias que azotaron el siglo XX y de la que ellos fueron víctimas: la Guerra Civil Española, que se cobró casi un millón de vidas humanas, la mayoría inocentes, entre ellas la del poeta, que debió huir hacia Francia junto a su madre, y la del filósofo alemán, acosado por la pesadilla del nazismo. Esta topografía, que mencioné al comienzo, engarza dos almas gemelas, definitivamente sensibles. Pero, lo increíble es que estos dos grandes hombres murieron lejos del hogar, con un año de diferencia y, por casualidad, o por algún extraño designio, en países fronterizos, muy vecinos.
Walter Benjamin dejó este mundo por propia decisión tras ingerir una dosis letal de morfina en un hotel del pequeño puerto fronterizo español de Portbou, apenas llegado de la localidad francesa de Port-Vendres. Venía con otros amigos, guiado por la activista antinazi Lisa Fittko, quien narró la experiencia en un capítulo que le dedicó en su libro Mi travesía de los Pirineos. Los acompañaban, además, la fotógrafa Henny Gurland, futura esposa de Erich Fromm, su hijo y tres mujeres que se les unieron casi al final del trayecto.
Al parecer, Benjamín llegó a Portbou muy cansado y desesperado por los contratiempos que debió atravesar el grupo, durante el atardecer de ese día. En el puesto de control de la estación fueron interceptados por la policía española; todos carecían de la visa requerida y allí se los demoró con cierta agresividad. A Benjamin, su amigo Theodor Adorno le había ayudado a obtener un pasaporte de tránsito en España y su destino era los Estados Unidos, donde le esperaban, pero carecía del permiso francés de salida, y eso complicó el asunto. Otros compañeros de viaje en su misma situación consiguieron finalmente pasar; luego atravesar España y llegar a Lisboa. Benjamin antes que resignarse a volver a Francia y caer en manos de la Gestapo, decidió acabar con su vida en el Hotel Francia, donde el grupo fue alojado por la policía. La restricción a las visas obtenidas en Marsella sin permiso de salida, como la que él poseía, fue levantada por las autoridades españolas un día después de su muerte, liberando las fronteras.
¡Pobre Benjamín, con las manos vacías y ante el abismo, la desesperación lo llevó a quitarse la vida!
Estudioso de las transformaciones sociales, el filósofo abrazó el materialismo, pero decidió apartarse de cualquier ideología: jamás militaría en el sionismo ni en el comunismo ni en el fascismo. Para él, la salvación de la humanidad estaba ligada a la preservación de la naturaleza y a la educación. Quedó fascinado con las obras de Friedrich Hölderlin y Emanuel Kant, observadores natos de la existencia, a quienes dedicó sendos ensayos. Estrecho colaborador de la Escuela de Frankfurt (de la que sin embargo nunca estuvo directamente asociado), adaptó su temprana vocación por el misticismo al materialismo histórico, que lo atrapó en sus últimos años, ofreciéndole una visión única en la filosofía marxista a la que él aportó observaciones geniales. Como erudito literario, se caracterizó por sus traducciones de Marcel Proust y Charles Baudelaire, “mis dos almas gemelas”, llegó a confesar. Su ensayo La labor del traductor es uno de los textos teóricos más célebres y respetados sobre la actividad literaria de la traducción.
Walter Benjamin mantuvo una extensa correspondencia con Bertolt Brecht y ocasionalmente, se dice, recibió financiación de la Escuela de Frankfurt bajo la dirección de Theodor Adorno y Max Horkheimer. Las influencias competitivas del marxismo de Brecht, la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, el discurso marxista heterodoxo de Bloch, las Vanguardias Artísticas, la herencia dialéctica hegeliana y el misticismo judío de su amigo Gershom Scholem fueron centrales en sus trabajos, aunque nunca logró resolver sus diferencias completamente. La Tesis sobre la filosofía de la historia (o “Concepto de la Historia”), uno de sus últimos textos, fue lo más cercano a tal síntesis, que junto con los ensayos La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica y Para una crítica de la violencia, son sus textos más leídos.
Desolado, con sus fuerzas agotadas, el 26 de septiembre de 1940, Walter Benjamin escribió estas líneas antes de poner fin a su vida: “Es una situación sin salida, me niego a ser un prisionero nazi; no tengo otra elección que la de terminar con todo. En este pequeño pueblo situado en los Pirineos, donde nadie me conoce, lo he decido. Ruego que transmitan mi decisión a mi amigo Theodor Adorno y que le expliquen la situación a la cual me he visto conducido. También a otras personas que comparten mis ideas. No dispongo de tiempo suficiente para escribir todas las cartas que habría deseado escribir. Adiós a todos.”
Un año antes, con algunas esperanzas puestas en Francia, enfermo y abatido, el poeta Antonio Machado, se enfrentó a la inminente ocupación de la ciudad de Barcelona. Lo acompañaba su madre, también enferma y su hermano José. Se unieron a una caravana de españoles, que huían de la patria, entre los que se encontraban el filósofo Joaquín Xirau, el filólogo Tomás Navarro Tomás, el humanista catalán Carlos Riba y el novelista Corpus Barga.
Tras una última noche en suelo español, en el pueblo de Viladasens, ubicado entre Gerona y Figueres, las cuarenta personas que componían el grupo cubrieron el último tramo hacia el exilio. Apenas a medio kilómetro de la frontera con Francia, tuvieron que abandonar los coches de Sanidad, embotellados en el colapso de la huida. Allí quedaron también sus maletas, al pie de la larga cuesta, donde don Antonio perdió sus escritos. Hubo que enfrentar el frío del atardecer hasta la aduana francesa, que solo gracias a las gestiones de Corpus Barga (que disponía de un permiso de residencia en Francia) pudieron superar. Unos coches les llevaron hasta la estación ferroviaria de Cerbère, donde gracias a las influencias de Xirau se les permitió pasar la noche en un vagón estacionado en vía muerta. A la mañana siguiente, bajo la lluvia “liviano de equipajes”, con la ayuda de Tomás Navarro Tomás y Corpus Barga, el poeta y su madre fueron trasladados en tren hasta Colliure. Sin un solo céntimos en moneda francesa les dieron albergue en el Hotel Bougnol-Quintana. Y allí quedaron a la espera de una ayuda que nunca llegaría. Tres semanas después, en la cama, a los sesenta y nueve años de su edad, sin fuerzas, triste y sin esperanzas, el 22 de febrero de 1939, la muerte visitó al poeta.
De lo que llaman los hombres
virtud, justicia y bondad,
una mitad es envidia,
y la otra no es caridad…
El pintor José Machado, su hermano menor, exiliado y muerto en Chile, que los acompañaba en esos terribles momentos, relataría luego que su madre, saliendo por unos instantes del estado de inconsciencia en el que la habían sumido las peripecias del viaje, y al ver vacía la cama de su hijo junto a la suya, preguntó por él con ansiedad. No creyó en las piadosas mentiras que le dijeron y empezó a llorar desconsoladamente. Murió tres días después, justo cuando cumplía los ochenta y cinco años de edad, haciendo efectiva la promesa formulada un tiempo antes en voz alta en Rocafort de Queralt: “Estoy dispuesta a vivir tanto como mi hijo Antonio”. Ana Ruiz, fue enterrada junto al poeta en ese pequeño cementerio de Colliure, donde reposan los restos de ambos desde entonces.
En una breve, casi improvisada despedida, don Antonio Machado dejó escritas algunas claves personales que dibujan mejor que ningún estudio crítico su perfil humano, su sinceridad ante la patria y su alma grande:
Tengo un gran amor a España y una idea de España completamente negativa. Todo lo español me encanta y me indigna al mismo tiempo. Mi vida está hecha más de resignación que de rebeldía; pero de cuando en cuando siento impulsos batalladores que coinciden con optimismos momentáneos de los cuales me arrepiento y sonrojo a poco indefectiblemente. Soy más autoinspectivo que observador y comprendo la injusticia de señalar en el vecino lo que noto en mí mismo. Mi pensamiento está generalmente ocupado por lo que llama Kant “conflictos de las ideas trascendentales” y busco en la poesía un alivio a esta ingrata faena. En el fondo soy creyente en una realidad espiritual opuesta al mundo sensible.
En fin, dolorosas paradojas de esta vida apasionante y misteriosa que nos ha sido dada.