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BIOGRAFÍA

Eduardo Arroyo: Panamá Al Brown. Una vida de boxeador

domingo 18 de marzo de 2018, 19:19h
Eduardo Arroyo: Panamá Al Brown. Una vida de boxeador

Fórcola. Madrid, 2018. 328 páginas. 24,50 €.

Por Carlos Abella

No es fácil olvidar el tremendo y patético final del que fuera el gran boxeador “Panamá” Al Brown. Eduardo Arroyo, (Madrid, 1937) tan buen el pintor como escritor, ha descrito así esos últimos meses, semanas, días y horas de su admirado “Al Brown: “Alfonso pasó los dos últimos años de su vida entre los hospitales y los hospicios… hablaba muy poco y con dificultad; tenía paralizado el lado derecho del cuerpo. Una mañana de noviembre de 1950 unos policías le recogieron… y creyéndole borracho lo llevaron a la comisaria. Estaba en coma. Cuatro meses después, el 11 de abril de 1951, en el hospital de Staten Island, cerca de Nueva York, Alfonso moría de tuberculosis en último grado. Como declaró su médico, Irving F. Klein: ‘Murió sin un amigo o pariente conocido, y, si nadie reclama su cuerpo, será enterrado como se entierra a los indigentes’” (página 258).

Arroyo nos relata que estando ya en el hospital y viendo muy inmediato su fin, Al “Panamá” Brown pidió a una enfermera un papel para escribir una carta pidiendo a la Asociación de Boxeo de Nueva York, a la que había donado bolsas de sus peleas para mantener a boxeadores que cayeron en la pobreza, que por favor le hicieran un entierro digno. Al dia siguiente de enviarla falleció.

Pero Arroyo nos revela un penúltimo episodio, que acredita de lo que es capaz la crueldad humana, porque la noticia (de su muerte) no había llegado aún a las redacciones de los periódicos cuando ya la radio macuto se había puesto a funcionar en Harlem. Allí en su barrio, se había sabido su fin y la noche misma del fallecimiento tres conocidos del boxeador se presentaron en la dirección del hospital reclamando el cadáver y haciéndose pasar por miembros de su familia. El hospital les entregó sin dificultad el cuerpo metido en una vulgar caja de pino. Los amigos de Alfonso lo cargaron sobre el vehículo y lo pasearon durante dos noches por Harlem, y haciéndole pasar por un trasnochador, le obligaron a beber el último trago con ellos. La copa del adiós. Le hicieron entrar, a veces con dificultad, en los bares que Panamá frecuentaba e incluso en algunos de ellos apoyaron el ataúd contra la barra. Al final, demasiado achispados y cansados por esas locas peregrinaciones, lo colocaron al fondo de la furgoneta antes de abandonarlo definitivamente a la puerta del hospital”. “Esos miserables juerguistas -concluye Arroyo- justificaban su comportamiento pidiendo a los parroquianos y a los propietarios de los tugurios dinero para el entierro. Cuando lo recibían, se lo gastaban en el siguiente bar. Incluso muerto, Alfonso producía aun algunos dólares” (página 259).

Finalmente, fueron su antiguo apoderado Ley Busrton, Nat Fleischer, y la National Sport Alliance Fund, quienes pagaron el funeral y el entierro en el cementerio de la resurrección de Long Island. Al año siguiente, el Consejo de Panamá reclamó el cuerpo y lo llevaron a Panamá, enterrándolo en el cementerio Amador Guerrero, en la tumba 3165, que Arroyo describe “muy digna. Se destaca de las otras por su color gris oscuro y su forma. Recuerda ese cuadro de Magritte donde se ve un ataúd como articulado” (pág. 262).

Para llegar a este patético final, hay que recrear a través de la vibrante pluma de Arroyo, el deslumbrante recorrido vital de uno de los púgiles más emblemáticos de la historia del boxeo, al que ya había dedicado una biografia Panamá Al Brown 1902-1951, publicada por primera vez en francés, en 1982, y por Alianza Editorial en español en 1988, y que ahora ve esta nueva edición, y a ella se une el libro Cocteau-Panamá Al Brown, historia de una amistad, publicado por Grasset.

Al Brown tiene el mérito de haber sido el primer iberoamericano coronado campeón mundial de boxeo, título que ganó el 18 de junio de 1929, en Nueva York, al término de un duro combate a quince asaltos ante Gregorio Vidal. A lo largo de su extensa carrera, Brown, disputó 165 peleas profesionales con una gran mayoría de victorias por le vía rápida del KO.

Pero es que la leyenda de Al Brown proviene de su larga estancia en el París de los años treinta, donde quedó prendado de la vida bohemia, pues Al era capaz de bailar, de cantar, y de seducir a uno de los artistas más célebres de la historia de Francia, el intelectual, poeta, y dibujante Jean Cocteau, con el que vivió un largo romance. Brown hablaba inglés, francés y español. Sus mánager le explotaban como sus antepasados lo fueron y a pesar de percibir solo un porcentaje menor del 30% de las bolsas que percibía por sus combates, Panamá Brown llegó a tener una cuadra de caballos de carreras, una mansión en Maisons-Laffitte población en la región de Isla de Francia, y a vestir como un dandi, con una elegancia, acorde con su extraordinario porte y altura.

Su categoría era el peso gallo y en ella reinó durante muchos años, que Arroyo describe con la pasión de quien ha sentido que el ring es el escenario de la vida donde más similitudes hay -con los ruedos taurinos- con la lucha del hombre por su destino, su supervivencia y su plenitud artística. Realizó diez defensas del título, que ostentó de 1928 a 1935, y lo perdió en un “extraño” combate disputado el 1 de junio de 1935, en la plaza de toros de Valencia (España), frente a Baltasar “Sangchili”.

Ahí empezó su decadencia, que le llevó a disputar combates con menores honorarios, y a refugiarse en sus dotes de bailarín para trabajar en un cabaret donde en 1936 le reencontró su antiguo protector, Jean Cocteau, quien le convenció de que podía convertirlo de nuevo en campeón mundial, involucrando en el mantenimiento de su entrenamiento, a sus amigos y entre ellos a Coco Chanel, que le facilitó una finca en las afueras de París para que entrenara, alejado de las tentaciones de la vida nocturna parisina. Gracias a este esfuerzo, Brown pudo disputar de nuevo una pelea por el título mundial, ante el mismo rival español ya mencionado, Baltasar Sangchili, al que derrotó en un dura pelea a los puntos disputada en Paláis des Sports, de París, el 4 de marzo de 1938.

Pero el título fue ignorado por los organismos norteamericanos y la inminencia de la guerra mundial invitó a Al Brown a alejarse de Francia, para instalarse en Nueva York, donde siguió peleando, hasta que cayó en la indigencia ya descrita en los párrafos iniciales de esta reseña, que no debe concluir sin elogiar la muy buena edición de Fórcola y la excelente nota del editor de Fórcola, Javier Jiménez, en la página 275, que cuenta además con una magnifica colección de fotografías del esplendor parisino del boxeador y de las portadas de las numerosas ediciones de esta apasionante biografía, que consagra a Eduardo Arroyo como un enérgico relator de un mundo tan duro y a la vez apasionante como fue el boxeo, capaz de sugerir libros de esta categoría y películas de extraordinario interés humano y artístico.

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