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POESÍA

Francisco Javier Irazoki: Ciento noventa espejos

domingo 25 de marzo de 2018, 17:49h
Francisco Javier Irazoki: Ciento noventa espejos

Hiperión. Madrid, 2017. 212 páginas. 15 €.

Por Inmaculada Lergo

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) ha compuesto Ciento noventa espejos bajo el imperativo de una estructura previa: 95 textos de dos páginas cada uno, con exactamente 190 palabras -es decir 95 x 2- por texto. La justificación de este ingenio la hace a través del reto, o la comprobación, de si el arte que se ajusta a medidas pierde o no como tal; como componer un soneto en prosa, dice Irazoki. Dejo al lector la expectativa y la respuesta, que tendrá bien clara tras la lectura del libro.

En estos espejos, el autor no se contempla a sí mismo, sino a los otros, y es de esa experiencia y contacto con los demás de donde surgen estas prosas, lo que las hace sugerentes y atractivas, tan alejadas por otro lado -como el propio autor- de pomposas vanidades; así como de lecciones morales, porque “el paternalismo –afirma- es una toxicomanía peligrosa donde la haya”. Es por eso por lo que estos juguetes literarios, que se han conjugado en París -donde vive hace más de veinte años-, en España, o en los más diversos lugares del mundo, han tenido como “nutriente” algo tan enriquecedor como escaso: “la duda”. Cuestión que le permite además “ampliar” -dice en un guiño travieso- “el espacio limitado de sus composiciones”. Pero, sobre todo, lo que le permite es hacer con el lector lo que con su amigo José Ángel Hernández: no transmitirle verdades divinas, sino ampliarle el “repertorio de incertidumbres”. ¡Qué inusual regalo para un mundo de pantallas planas en el que apreciar los matices y la doble cara de toda realidad es un bien cada vez más raro y preciado! Porque -desdichada verdad- “aunque la tolerancia progresa, todavía incomoda el hombre diferente”.

Javier Irazoki sabe que la Belleza es libre, que “huye de las prisiones mentales”, y que no se acomoda con gusto al consumo o los parámetros prefijados al uso o la moda, sino que “se desliza por callejones en los que no cabe la comodidad”. El alejamiento de todo dogma y consigna le ofrece entonces la posibilidad de poder disfrutar del caleidoscopio que el vivir y la realidad le brindan; por ejemplo, al esperar excitado un concierto de Vaneesse Thomas; vibrando por igual con Enrique Morente que con Bob Dylan, Bach, Boris Vian, Monteverdi o el más variado y mejor jazz; leyendo sin gafas ideológicas la inagotable riqueza de la literatura; sintiéndose en casa en los lugares más dispares del mundo; reconociendo el arte en sus diversas facetas más allá de lo que deslumbra; descubriendo talentos no mediáticos; paseando por los arrabales “de la supuesta alta cultura”; doliéndose al ver que el consumismo ha producido “yonquis de la obediencia [que] necesitan inyectarse la dosis diaria de sumisión a la moda”; no malgastando palabras o conceptos valiosos como el de ética; bebiendo a sorbos hirvientes tragedias como el atentado islamista en La Belle Équipe de París y otras crueldades similares…

Todo lo que no le impide, sin embargo, colocar un neto “no” a una particular lista de la que entresaco algunos: “No herir a los hombres diferentes, sino celebrarlos. No conocer los himnos con que se dibujan las fronteras de las razas […] No adherirse a ninguna rebeldía cómoda […] No refugiarse bajo del techo del viva yo colectivo […] No aplaudir los disfraces de la crueldad. No a las multitudes que silencian al individuo […] No ser un monje dormido en la niebla de su convento. No ser un segador amargado”.

En uno de los textos, Francisco Javier Irazoki habla de una ocasión en que estuvo en el restaurante de José María Arzak, describiéndola como un viaje al Paraíso, y yo pensé entonces que igualmente estos textos deben leerse como un menú degustación; dándole a cada uno de ellos la calma y el espacio necesarios para saborearlos.

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