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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

F.O.M.O, de Colectivo Fango: las patologías de la cibercultura

domingo 25 de marzo de 2018, 19:38h
Nacido para el festival SURGE, el Centro Dramático Teatral retoma este joven espectáculo que explora distintas vías del efecto de la cibercultura, especialmente en las generaciones que han crecido dentro de ella. El teatro se hace cargo de exponer críticamente las tensiones causadas por su máximo antagonista actual, la cultura de la imagen.

F.O.M.O. (Fear of Missing Out), de Colectivo Fango


Coordinación dramatúrgica: Sergio Martínez Vila
Director de escena: Camilo Vásquez
Intérpretes: Ángela Boix, Fabia Castro, Trigo Gómez, Rafuska Marks y Manuel Minaya
Lugar de representación: Teatro María Guerrero (Madrid). Y gira por España.

La puesta en escena de F.O.M.O. representa un paso más en la lenta incorporación al teatro español de nuevos estilos de vida o formas de actuar, insólitas hasta hace pocos años, pero que en escasísimo tiempo se han adueñado de nuestros comportamientos cotidianos. Los constatamos a cada instante en la calle, y, sin embargo, en rarísimas ocasiones las vemos llevadas a los escenarios. El teatro español no está reaccionando con agilidad a estos rápidos cambios mentales, y, por lo tanto, no les aplica con suficiente dinamismo la lente dramática, la única capaz de hacernos tomar conciencia del severo conflicto que nos causan. No es de extrañar que sean los autores de las últimas generaciones quienes estén tomando la iniciativa de abordar ese aluvión de novedades, y más aún, esas que cuentan con la porosidad de una creación colectiva, que se nutre de la experiencia personal de sus jóvenes actores, en un contacto más fresco e inmediato con lo más nuevo -aquello que los latinos denominaban nova novorum-, de las rutinas flamantes que sustituyen a los viejos hábitos.

Esto es lo que sucede con el grupo Fango, caracterizado por poner en marcha una autoindagación en las nuevas costumbres sufridas en sus propias carnes, para meditar sobre ellas y construir a partir de ahí la obra dramática. A poco que se abran los ojos, se comprueba que la inmensa mayoría de las innovaciones que irrumpen en la vida cotidiana están vinculadas a la nueva cibercultura. De hecho, el colectivo Fango comenzó su tarea teatral afrontando las consecuencias de las manipulaciones mediáticas.


Ahora, dos años después de nacer, han profundizado mucho más en las implicaciones individuales de esa cibercivilización que se infiltra de un modo cada vez más insidioso en nuestras conductas. Ya el título de su pieza: F.O.M.O alude directamente a uno de los efectos más angustiosos del uso diario de las ciberherramientas. F.O.M.O son las iniciales en inglés de Fear of Missing Out, sin traducción oficial hoy al español, literalmente: “miedo a perderse algo”, pero que designa con más exactitud el síndrome de ansiedad por perderse algo que ocurre en las redes sociales. En realidad, el “Missing Out” ya se refería a quedarse fuera de un evento, una reunión, un concierto, una fiesta, y sentirse excluido de un acontecimiento social. Lo revelador es que ahora los sucesos que cuentan son los que acaecen en el ciberespacio y la angustia por perderse algo o quedarse fuera de ellos provoca el síndrome de permanecer conectados a las infinitas terminales de internet a todas horas.

Los componentes del grupo Fango no han elaborado su obra a través de un texto teatral clásico, sino mediante ensayos e improvisaciones a partir de experiencias propias, lo que confluye en una representación de sucesivos sketchs -coordinados por el dramaturgo emergente Sergio Martínez Vila-, cada uno de los cuales traza un rápido apunte sobre alguna de las innumerables consecuencias de ese síndrome. El primero de ellos comienza con la autoexploración corporal de una chica con el vídeo de su teléfono móvil y la proyección de sí misma en una pantalla. Es indiferente si esa pantalla está siendo observada por otra persona o no. Hay aplicaciones como Snapchat que permiten hacer un rapidísimo vídeo con el móvil y compartirlo al instante. Favorece que ese vídeo sea una autoexploración corporal -con frecuencia de carácter sexual-, el hecho de que se autodestruye enseguida después de ser visto, quizá tras unos diez segundos. El intercambio de esos vídeos efímeros constituye hoy una epidemia en extraordinaria e incontrolable expansión.


Pero aunque el espectador en la pantalla sea solo uno mismo, a partir del fugaz vídeo de su propio cuerpo, sus efectos ideológicos son enormemente significativos. La unidad de la persona queda rota en imágenes fragmentarias, una rodilla, una muela, parte de las nalgas, una peca, el ombligo… Y más aún que esa ruptura de uno mismo, expuesta a ensamblajes quiméricos, lo revelador es la duplicidad física, el desdoblamiento del cuerpo real en otro virtual que lo suplanta. Un afamado director propagó el aforismo donde se sostiene que aquello que no se ve en una pantalla no existe. Tenía una intención política, sobre lo socialmente visible o lo invisibilizado. Pero ahora la tecnología lleva esa máxima al ámbito de lo estrictamente personal: más que nuestro cuerpo, empieza a conocerse mejor la ciberimagen de nuestro propio cuerpo. Cada vez con mayor frecuencia en las nuevas generaciones, en la esfera de su máxima intimidad, lo real queda suplantado por la ciberapariencia.

Fenómeno, obviamente, de incalculables consecuencias. La introducción de una pantalla dentro del escenario, permitiéndonos ver lo real y su ciberimagen, contribuye a tomar conciencia de la avasalladora fuerza de la apariencia para anular lo auténtico. La acción escénica de la actriz se impone, con su contundente veracidad, frente a su duplicación fraccionada en la pantalla. No hay diálogos, sobran las palabras. La falsificación brutal de las ciberimágenes queda ferozmente de manifiesto.


Un sketch de apertura que enmarca, sin ninguna expresión verbal, todo lo que sucederá después. Conviene recordar que este sketch preliminar sintetiza, con una acción íntima muy simple, una ya larga meditación sobre la cultura de la imagen en nuestras sociedades. Un hito en esa reflexión fue el pensamiento de Jean Baudrillard a partir de su ensayo Cultura y simulacro. En él se analizaba cómo los mass media hacían que nuestra mente borrase lo real, para ser sustituido por una simulación que ocupaba el lugar de los objetos reales. Pero cuando Baudrillard denunció esta sustitución, las herramientas tecnológicas se limitaban a las pantallas televisivas y la incipiente proliferación de vídeos. Ahora, por el contrario, el número y la naturaleza de las pantallas se multiplican hasta el infinito, las conexiones digitales son inabarcables y podemos permanecer on line simplemente con llevar un teléfono en el bolsillo. La cultura del simulacro ya no se circunscribe, pues, a la información, sino que estamos inmersos en el simulacro de nuestra más estricta intimidad, con una falsificación - y un poder de falsificación, además de control y de dominio-, que ya no pertenece a las grandes corporaciones informativas, sino también a cualquier individuo anónimo.

Buena prueba de ello es el sketch protagonizado por la actriz Fabia Castro a través de un casting realizado por conexión vía Skype. El tribunal que en la sombra selecciona a los actores, le exige llevar a cabo pruebas cada vez más absurdas, donde el abuso y la humillación se incrementan gracias a la distancia de la cámara y al programa informático. Por desgracia, estamos en los mismos días en los que ha estallado el escándalo del casting para Torrente II, donde se exigió a las actrices enseñar los pechos y bajarse las prendas íntimas, en lo que se ha bautizado ya como casting de Lolitas”, comercializado después en DVD, el enésimo caso de despotismo y abuso en el sector. En F.O.MO., la actriz recibe las órdenes de leer textos absurdos, hacerlo riendo y llorando, enseñando el trasero, dando explicaciones arbitrarias que más parecen satisfacer el sadismo psicológico de los entrevistadores que cualquier expectativa profesional. Evoca los mandatos descabellados de El montacargas, de Harold Pinter, ahora reinstalado en la era de la cibercultura. Fabia Castro comunica con brillantez el afán obsesivo de la actriz por participar en el evento, cadena que la ata a una situación inadmisible, así como los efectos degradantes que producen sus cibertorturadores.


Una exploración todavía más sorprendente del simulacro íntimo lo encontramos en el sketch que nos presenta el actor Trigo Gómez, cuando se desnuda ante una webcam, en lo que parece ser el comienzo de una sesión de cibersexo. Pronto nos desconcierta al enseñar ante la webcam las cicatrices que han dejado en su cuerpo sucesivas heridas, cada una de ellas con su particular historia. El enigmático espectador o espectadora que lo observa a través de la pantalla quizá esté impulsado por la estigmatofilia, esa atracción por mirar tatuajes, piercing o cicatrices, o por una banal curiosidad. La huella de la herida se transforma en un reclamo para recabar la atención, convertirse en espectáculo narcisista de las llagas ocultas de sí mismo, construir un cibersimulacro más importante que el dolor real vivido.

El propio Trigo Gómez en otro sketch proporciona a estas retransmisiones una dimensión política mediante un vídeo que nos enseña cómo aderezar una lubina, una clase de cocina virtual que en un mágico salto mortal se transfigura en una denuncia de la tragedia de los inmigrantes que se ahogan al tratar de cruzar el Mediterráneo. A partir de ahí, este asunto se apodera del espectáculo. Ángela Boix muestra la brutal ansiedad de una espectadora incapaz de procesar y dar sentido a la formidable cantidad de información, caótica y contradictoria, que recibe a diario. La guerra de Siria se convierte en un galimatías anárquico, cuya incomprensión hace estallar en ella un incontrolado sentido de culpa, acompañado de lágrimas y de sangre.


La función cobra un sesgo aún más abrumadoramente político con la saeta flamenca de Manuel Minaya por la muerte de los inmigrantes a las puertas de Europa, o por la indiferencia moral europea frente a ello, o por ambas cosas a la vez. El eje central de la obsesión por la cibercultura, con sus selfies y su atención patológica hacia Facebook, Twitter y WhatsApp, parece quedar un tanto de lado, a no ser que se consideren a los inmigrantes acantonados en las fronteras como los genuinos excluidos, no solo de las redes sociales sino de la propia subsistencia real. No sabemos cómo el dramaturgo Sergio Martínez Vila, que coordina y da con profunda perspicacia unidad a los diversos sketchs, entiende que el sarcasmo protagonizado por Rafuska Marks contra la obsesión por las dietas macrobióticas se puede insertar dentro del síndrome del miedo a perderse algo, el Fear of Missing Out del espectáculo F.O.M.O.

En cualquier caso, este desemboca en un lúcido final sobre la pregunta de cuánto mide un cordón umbilical. Un cordón umbilical, obviamente, simbólico: el que une a las jóvenes generaciones con las de sus padres. En una brillante improvisación que cierra F.O.M.O., con un sagaz broche final, se apunta a cómo ese simbólico cordón umbilical que une o desarraiga ante los progenitores, pasa ineludiblemente por el uso del Smartphone. Aleccionadora contraposición, en un mismo escenario teatral, de la acción dramática y su duplicación en un simulacro virtual en una gran pantalla, donde se simula un arraigo social que no es más que una distorsión y un banal espejismo.

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  • F. O. M. O, de Colectivo Fango: las patologías de la cibercultura

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    7738 | Luis María Bianchi - 26/03/2018 @ 04:19:07 (GMT+1)
    este es el problema de los advenedizos, como no tienen antecedentes se desesperan por enterarse de todo lo superficial, son los tontos inútiles de estos tiempos, están hipnotizados por esta revolución cibernética, la cual en el fondo consiste en aprender a manejar unos electrodomésticos culturales, los cuales de nada les van a servir porque carecen de principios.

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