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EDITORIAL

Boadella tiene razón

domingo 01 de abril de 2018, 08:19h

Albert Boadella ha sido el primero en tener el coraje de alertar del grave peligro de la deriva secesionista catalana con una sola frase:”Con mil muertos de ETA, en España ya conocemos las consecuencias del nacionalismo”. Tiene razón el ingenioso y valiente dramaturgo. El vandalismo de los radicales independentistas ya es una copia exacta de la llamada “kale borroka” que asoló el País Vasco durante los años de plomo.

Las pintadas amenazantes en las casas de los políticos, jueces, escritores, artistas y periodistas contrarios a la secesión eran también habituales en Euskadi. Los cachorros de ETA, en una técnica calcada de los nazis, señalaban el objetivo a batir por los terroristas que luego cometían el atentado criminal. En estos últimos días, los radicales independentistas catalanes han marcado con pintadas amenazantes el comercio de los padres de Albert Rivera, la casa del juez Llarena, la de Boadella y las de otras personalidades catalanas que han denunciado los estragos del independentismo. Muchos de ellos ya han sufrido los intentos de agresión y los insultos de los delincuentes en plena calle.

Este sábado, en el pueblo gerundés de Jafre donde vive el gran cómico catalán, centenares de personas han salido a la calle a rendir un homenaje a la valentía del “presidente” de Tabarnia y en defensa de la libertad de expresión. “Porque incitar a la violencia con formas xenófobas es tradición del nacionalismo”.

Los llamados Comités de Defensa de la República y demás grupúsculos de vándalos independentistas han cortado esta semana centenares de calles y carreteras con barricadas incendiando neumáticos, se han enfrentado a la policía con cócteles molotov y a pedradas, han destrozado escaparates, arrasado con el mobiliario urbano. Y anuncian nuevas movilizaciones y actos de “desobediencia civil”. Los vándalos están perfectamente organizados y coordinan sus acciones a través de las redes sociales. Forman el embrión de un ejército revolucionario.

Se trata de unos miles de terroristas callejeros que se dedican a sembrar el pánico en las calles de las principales ciudades catalanas. Ya siguen los pasos de los nazis cuando marcaban las casas de los judíos o de los “proetarras” en las calles del País Vasco. Y sabemos por la Historia los crímenes que unos y otros terminaron cometiendo. De momento, es solo el germen. Pero hay que eliminarlo de raíz antes de que crezca.

No puede consentir el Gobierno, responsable del orden público por el artículo 155, que los vándalos campen a sus anchas. Sin melindres, tiene que impedir, por ejemplo, que los radicales de los Comités de Defensa de la República derriben las vallas de los peajes de las autopistas para que los viajeros no tengan que pagar en un acto de “desobediencia civil”. Lo llevan anunciando desde hace días. Ya es hora de que Rajoy y Zoido se sacudan el miedo y ordenen a los cuerpos de seguridad del Estado, Mossos, Guardia Civil y Policía Nacional, que intervengan con la prudencia necesaria, pero con todos los medios legales, para impedir actuaciones como ésta. El Gobierno tiene que hacer frente a “las consecuencias del nacionalismo” que vaticina el gran Albert Boadella, el hombre que se mofó de Franco y de Pujol desde el escenario de un teatro, cuando todavía vivía el dictador y cuando el líder de Convergencia gobernaba Cataluña como si fuera un emperador. Ahora, desde Tabarnia, denuncia los peligros del nacionalismo que “en España todos conocemos”. Y que no conviene olvidar.

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