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CRÓNICA

Gay Talese: El puente

domingo 01 de abril de 2018, 19:34h
Gay Talese: El puente

Traducción de Antonio Lozano. Alfaguara. Barcelona, 2018. 208 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. El indiscutible maestro del Nuevo Periodismo nos ofrece una extraordinaria crónica-reportaje del levantamiento del puente de Verrazano-Narrows, que une Brooklyn y Staten Island, en la que palpita, bullente, la vida de los “boomers”, término con que se hacía referencia a los obreros que padecían la necesidad imperiosa de trasladarse de una gran construcción a otra. Por Paulo García Conde

Hay preguntas que, muchas veces, tenemos a mano pero nunca llegamos a hacernos. Si, por ejemplo, gozamos de la posibilidad de viajar a Nueva York y cruzar alguno de sus muchos y majestuosos puentes, podrá surgirnos la necesidad improvisada de saber en qué año se levantó dicha construcción, o incluso llegar a pensar en lo mucho o poco que esa obra pudo cambiar la vida de los ciudadanos que por primera vez vieron conectados ambos lados de la plataforma. Si tenemos un interés especial en arquitectura, quizá queramos conocer el nombre del ingeniero cuyo apellido permanece enlazado a dicho puente. Pero la cuestión que menos papeletas tiene de abrirse paso en nuestra mente, al cruzar o visualizar un puente así, es cualquiera que tenga que ver con la vida de los cientos de trabajadores que, día y noche, se dejaban en ellos algo más que el sudor para levantarlos.

Lo que hace distinto al Gay Talese periodista (posiblemente retirado tras la agria experiencia vivida con su última obra publicada, El motel del voyeur) es su manera de enfocar las historias, el modo en que entra en ellas para hacer partícipes a sus lectores de una experiencia contraria a otras. Talese busca en sus reportajes la mirada y la voz de quienes menos habituados están a utilizarlas. Considerado uno de los padres del Nuevo Periodismo, cuando en 1959 arrancaron las obras del ambicioso puente Verrazano-Narrows (que uniría el distrito de Brooklyn con Staten Island) decidió cubrir con su pluma el proceso de construcción. Lo hizo convirtiéndose en la sombra de muchos de los trabajadores que, a lo largo de cinco años, pondrían su vida a merced del proyecto.

La narración que El puente propone sigue con detalle a los boomers, término con que se hacía referencia a los obreros que padecían la «fiebre del movimiento»: una necesidad imperiosa de trasladarse de una gran construcción a otra. Hombres fuertes, de origen humilde y carácter nómada. Capaces de desplazarse a cualquier sitio del globo terráqueo donde estuviese a punto de comenzar a erigirse una obra fastuosa. Pero, a fin de cuentas, personas con sus propias vidas, con sus rutinas, con sus familias. Seres anónimos que sin embargo dejaban la mayor huella de todas en los puentes que perdurarían: la de su propio cuerpo. Entre ellos había individuos de carácter rudo, otros más afables, pero todos con un sentido de la responsabilidad particular y con una historia que contar.

Gracias a Talese, en este trabajo los puentes dejan de ser una mera construcción que damos ya por hecha. Nos descubre los riesgos de una labor donde los obreros se desplazan por vigas elevadas a trescientos o cuatrocientos metros sobre el agua, sin contar con más protección que la de un casco que se quebrará en mil pedazos en caso de caer desde una distancia así. Situación que, lamentablemente, se daba casi por defecto en cualquier obra de estas características. En El puente se presentan los accidentes no como un simple registro: aparecen ante nosotros con la crudeza con que el siniestro ha tenido lugar ante los ojos de los compañeros, ante las manos incapaces de soportar el peso del amigo que ha perdido pie y se escurre ahora hacia un final injusto y espantoso. Vemos también las relaciones y vínculos que se forman, para luego difuminarse en busca del nuevo proyecto al que entregarse en cuerpo y alma. No faltan los cientos de kilómetros recorridos cada fin de semana a toda velocidad para pasar un par de días con la familia que han tenido que dejar atrás, lejos, por estar al servicio durante años de una construcción que no es solo un monumento al esfuerzo del hombre, sino un modo de vida.

Pero no son solo los «boomers» quienes llaman la atención de Talese. Están las personas a las que, en una orilla y en otra, la aparición del Verrazano-Narrows cambia inevitablemente la vida. Quienes deben dejar atrás el que ha sido su hogar de siempre para que se habilite sobre ese mismo terreno la vía de acceso al puente. Quienes ven con malos ojos un plan que pondrá en riesgo la estabilidad de su trabajo, de su rutina. Todos estos «quienes» tienen nombre y apellidos, cobran forma en el relato. Conocemos así a una pareja de amantes cuya relación se ve truncada por el obligado cambio de residencia, o al matrimonio con diecisiete hijos que tiene que reubicarse a varias manzanas, también a la madre soltera que lucha en vano hasta el final por permanecer en su piso.

No solo importa el revestimiento de las gigantescas columnas, ni la bonita forma del viaducto o lo bien que quedará en las postales. Importan las vidas que, de distintas maneras, sufren un cambio radical cuando un proyecto así se pone en marcha. Tras lo colosal se manifiesta lo humano, en apariencia más pequeño, pero mucho más profundo e importante que las fases de construcción de un puente (que Talese no tiene inconveniente en tratar para complementar nuestros conocimientos).

El puente, publicado por primera vez en 1964, ha sido rescatado por Alfaguara poco después del 50º aniversario de su aparición (motivo por el cual incluye un prefacio y un epílogo del autor en los que reflexiona al respecto desde esta distancia temporal). Era una de las pocas obras de Talese que faltaban por traducir a nuestra lengua, y quizá una de las más importantes. Un reportaje revestido de crónica que homenajea a los puentes no por lo que son, sino por lo que han supuesto y suponen en la vida de cientos y de miles de personas que, en estas páginas, dejan de ser un número impersonal para convertirse en lo que nunca deberíamos dejar de ser: individuos capaces de levantar obras que se sobrepondrán a nosotros en el tiempo, pero que nunca dejarán de haber sido erigidas por nuestra propia decisión, y mediante nuestro propio esfuerzo.

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