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México: elecciones de fin de sistema

Carlos Ramírez
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carlosramirezhhotmailcom/14/14/22
miércoles 04 de abril de 2018, 20:06h

Las elecciones presidenciales de México el próximo domingo primero de julio están siendo analizadas bajo dos variables: la violencia criminal que ha desbordado al Estado y los miedos a la llegada del ex priísta Andrés Manuel López Obrador, un político populista a la mexicana. Sin embargo, hay una tercera variable que puede tomar a todos por sorpresa: el fin del sistema político priísta.

El sistema político mexicano actual se fundó con la Constitución de 1917, se articuló con el dominio presidencialista y operó a través de la representación corporativa de clase del PRI (nacido como Partido Nacional Revolucionario en 1929, reformado como Partido de la Revolución Mexicana en 1938 y fijado como PRI en 1946).

Aunque se ha estudiado más el sistema presidencialista --no presidencial-- mexicano, en realidad la pieza clave del sistema político ha sido el PRI. Su secreto fue el control de las relaciones sociales, políticas y de producción, bajo el dominio directo del presidente de la república. Las tres claves del PRI fueron: su ideología de la Revolución Mexicana, el modelo económico que producía PIB y bienestar social y el presidente de la república como jefe máximo (al estilo parlamentario).

La Revolución Mexicana fue borrada del PRI por el presidente Salinas de Gortari en 1992, el PIB promedio anual ha sido de 2.2% en el periodo 1983-2018 (contra 6% anual en el ciclo populista 1934-1982) y el PRI y el presidente tienen el 40% de base electoral.

Por tanto, cualquiera que sea el saldo elector, el sistema político priísta ya no funcionará a partir de diciembre de 2018. Aún en el caso --muy lejano, según las encuestas-- de que el PRI gane la presidencia, su capacidad de maniobra va a depender de que opere su propia transición hacia otro sistema/régimen/Estado. Si el ex priísta López Obrador sale victorioso y quisiera regresar al país al viejo populismo priísta 1920-1982, el PRI estará en la oposición y su partido Morena es un cascarón al servicio de un caudillo personal. Y si la alianza PAN-PRD ganara la presidencia, su propuesta de cambio de régimen y gobierno de coalición terminarán por disolver el sistema priísta.

El viejo PRI ha tenido dos grandes etapas: la populista de 1920 (aunque nació en 1929, el gobierno del general Obregón impuso el populismo como definición política) a 1982 y la neoliberal de 1982 al 2018. En los doce años de gobierno presidencialista del PAN (2000-2012) no hubo cambio de régimen y los presidentes Fox y Calderón cogobernaron con el PRI en el congreso.

El sistema político priísta funcionó como trianguló del poder: presidente de la república, PRI y bienestar social como elemento legitimador. Pero el presidente de la república y el PRI perdieron la mayoría absoluta desde 1988 y en la actualidad tienen el 40% de base electoral, lo que señala que el 60% de mexicanos votó contra el PRI. El próximo presidente de la república y su partido tendrán cada uno apenas el 30% de los votos… o menos. Y sin exigencia de mayoría absoluta, el ganador tendrá 70% o más de votos en contra.

En materia de bienestar, el PRI perdió la legitimidad en 1977 cuando el presidente López Portillo decidió sustituir las políticas sociales generales para todos los mexicanos por medidas de búsqueda de “mínimos de bienestar” sólo para los más pobres. El abandono de las clases medias por políticas de estabilización neoliberal basadas en recorte al gasto social, disminución del PIB y bajas salariales para controlar inflación llevó a la destrucción de ese sector social que operaba como colchón a radicalismos. Hoy el 80% de los mexicanos vive con carencias sociales.

Ante la imposibilidad de reconstruir un sistema político basado en un presidencialismo absolutista, un partido mayoritario y una sociedad satisfecha, los electores se enfrentan a opciones electorales reducidas: López Obrador promete terminar con la corrupción y aprobar programas asistencialistas que regalan dinero a los más pobres, el PAN quiere cambio de régimen y renta universal básica como dinero regalado a todos los mexicanos y el PRI busca continuar con la política económica neoliberal del FMI que seguirá con PIB bajo, mayor marginación social y una base electoral menor a 30%.

Lo peor que le va a ocurrir a México es que el próximo presidente de la república vaya a querer mantener el mismo sistema político priísta, pero sin el PRI, ni el presidencialismo fuerte, ni el PIB social como base popular. En 1968 se supuso que la transición del México autoritario a un sistema democrático era la solución, pero hoy se advierte que el problema no era la democracia sino que es la urgencia de una república de instituciones.

El debate sobre el populismo no está de más, sobre todo porque la salida que propone López Obrador no es la construcción de instituciones por encima de los caudillismos. El populismo lopezobradorista, el populismo neoliberal priísta y el populismo panista-perredista buscarían mantener otro sexenio lo que queda del viejo sistema político priísta --presidencialismo y partido desvencijados-- porque ninguno de los tres candidatos presidenciales tiene la calidad de proponer una transición a un sistema de instituciones.

A lo largo de ciento noventa y cuatro años (desde la Constitución de 1824) México se define como república, pero no pasa de ser un régimen caudillista, autoritario y de democracia simulada. Por ello es que desde 1994 se habla de la necesidad de pasar de una república demagógica, priísta y falsa a una república real de instituciones.

Pero como se presentan las cosas, esa transición no ocurrirá con las elecciones presidenciales de julio próximo.

Carlos Ramírez

Maestro en Ciencias Políticas

Periodista, Maestro en Ciencias Políticas, columnista político desde 1990, director del Centro de Estudios Políticos y de Seguridad Nacional S.C., director del portal indicadorpolitico.mx

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